domingo, octubre 14, 2018

Buenos Aires, II


He ido descubriendo que Buenos Aires es una ciudad que se bebe lento y a tragos cortos, como el café muy caliente. Es intenso y fuerte como un expreso bien preparado. Fue ingenuo de mi parte querer conocerlo todo de una vez, sería quemarse la lengua y perder la oportunidad de saborearlo bien. Quedaré con gusto a poco, lo sé, como rápido se acaba el breve expreso, obligándome así a pedir otro, a volver por más, a ahuyentar el sueño sólo por el placer de disfrutarlo otra vez.

                Cuando preparé mi viaje, me pareció que no había mucho que ver, nada tan deslumbrante: una catedral, los tribunales, el congreso, un teatro, un cementerio, un obelisco, y poco más, como todas las ciudades… bueno, también una casa de gobierno de un color poco común y Caminito, que sí parecía bastante único, pero me preguntaba dónde estaba la magia de la que todos hablaban. Sólo una vez recorriendo entendí que no se trata de lo que ves, sino de lo que sientes, de lo que te das el tiempo de vivir y habitar en esa ciudad.

                Sin embargo, Buenos Aires es traicionero, es publicidad engañosa que te susurra al oído un tango, que te cuenta cuentos Borges, Cortázar y Sábato, que te invita a una escenografía perfecta para el romance y la locura, y que te permite creer que tú puedes ser la protagonista de ese montaje, que cualquiera de esos atractivos argentinos -deliciosa mezcla entre italiano y latino- puede ser el galán misterioso, apasionado, tan masculino, casi violento al compás de Gardel, con esta atmósfera bohemia que deja el puerto entre la neblina del cigarro y el rojo de los labios en la calidez soberbia de un Malbec.

                Los shows, las presentaciones callejeras, no son más que un eco nostálgico que repite en coreografías aprendidas lo que tal vez, alguna vez, fue; lo que probablemente, hace mucho tiempo, algún loco como yo, fantaseó e inventó. La ciudad repite eternamente esa ilusión, que enloqueció a varios, que tal vez nunca existió, pero que sigue atrayendo a cientos como un hechizo, a quienes ingenuamente ansían encontrar el sentimiento de Piazzola, la sensualidad de los movimientos atrevidos, la pierna arriba, su boca en mi cuello cuando entrego al cielo el rostro, su mano sosteniendo mi espalda en el límite mismo de lo adecuado, casi descarado, nuestras caderas tan cerca. Nadie fantasía con la penetración, aunque la desee, sino con todo lo que lleva a ésta, y Buenos Aires hace una promesa que no puede cumplir. ¿Dónde están los hombres que representa el tango? ¿A quién le ocurren las historias que inspiran ese qué se yo? Buenos Aires es una gran obra de teatro, con personajes disfrazados, ¡un divino espectáculo!

Pero no te confundas, esta ciudad es para los románticos, lo que Disney para los niños: te hace creer en la magia, que todo es posible, que alguien, ahora mismo, al verme sola escribiendo acompañada por mi doble expreso, se levantará de su mesa y se me acercará. Valiente y descriteriadamente, se sentará junto a mí, y con sus ojos verdes resaltando en su piel trigueña, me dirá:

¾     ¿Cómo te llamás, linda?
¾     Valeria, ¿y tú?
¾     Facundo. ¿De dónde sos, belleza?
¾     De Chile.
¾     ¡Ah, chilenita, qué bien, bienvenida!
¾     Gracias.
¾     ¿Y qué hacés? ¿Andás con alguien?
¾     No, de paseo nada más, vine sola.
¾     ¿Cómo sola? ¿Por qué?
¾     ¿Por qué no?
¾     Porque te puede pasar algo.
¾     Eso es exactamente lo que quiero: que me pase algo, que me pase alguien, que me mires y te atrevas a acercarte, que quieras mostrarme la capital de beso en beso.

Esa era la prueba de fuego: un chico normal después de eso saldría corriendo, me tomaría por loca o puta.

Él respiró profundamente y puso su mano en mi pierna, antes de decir mirándome:

¾     ¿Vamos?

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