lunes, julio 09, 2012
El tercer párrafo
miércoles, mayo 04, 2011
Se busca a Alex
Busco a Alex. Si alguien sabe de él, le ruego contactarme. Desconozco su dirección, su edad, su apellido y, probablemente si estuviera frente a mí, no lo reconocería. Sólo conservo de él una historia, que ha entibiado mi corazón por años, y escribiéndola pretendo encontrarle.
Yo tenía diez años y ese día primaveral acompañé a mis padres a conocer un Club de Campo en Mantagua. Almorzamos en un lujoso restaurant y luego un monitor tomó mi mano para darle tranquilidad al caballero que intentaba convencer a mi padre de que comprara un departamento de tiempo compartido.
El monitor me llevó con otros hijos a un salón especialmente equipado para la entretención infantil, con la esperanza de que si pasaba un buen día, influyera en la decisión de mis progenitores. Era un lugar tan lindo como intimidante. Había habitaciones con televisores y videojuegos, mesas llenas de cuentos y libros para pintar, millones de lápices de colores y puzles, sillones donde estaba permitido saltar y paredes que podíamos rayar. Mesas de taca-taca, pimpón y, sobre todo, muchos niños. Eso, junto con una libertad impensada para mi edad, era lo más intimidante.
Yo solía ser una niña muy sociable, que se acercaba a cualquier infante desconocido para invitarlo a jugar. Mi desenvoltura asustaba a mis pares y casi siempre terminaba sola. El fenómeno escapaba mi comprensión, nadie parecía valorar la vergüenza, la posibilidad de rechazo y el riesgo que yo corría, por lo que pronto desistí de mi vano intento de hacer amigos y abracé la soledad de mi pieza, llena de muñecas, barbies y tacitas de té.
Fue entonces cuando conocí a Alex. Él me vio vagando por las tentadoras entretenciones sin ambicionar ninguna, y cuando ya me disponía a recorrer los jardines, rogando que el día terminara a la brevedad, me saludó:
-¡Hola! Me llamo Alex, ¿y tú? –nunca olvidé ese nombre que pronunció con una sincera sonrisa y destellantes ojos verdes.
-Coni.
-¿Y qué vas a hacer, Coni?
-No sé. Casi todos los juguetes están ocupados…
-Pero podemos ir a las actividades al aire libre –me sorprendió el plural que tan rápidamente empleó implicando un “nosotros”. ¿Sería una tomadura de pelo? ¿Quería hacerme una broma para reírse de mí con otros niños? No sería la primera vez que me pasaba… Decidí que era mejor estar atenta. –Hay bicicletas, paseos a caballo, piscinas con clases de nado, excursiones en el bosque…
Él parecía muy entusiasmado en su auto-designado rol de anfitrión. Yo tenía miedo.
-No sé dónde quedan –fue todo lo que logré responder.
-¡Yo te llevo! –y antes de que pudiera negarme por precaución, Alex tomó mi mano y me sacó del salón de juegos.
Su mano era grande, suave, tibia, regordeta y sudorosa, pero no me importó que humedeciera la mía, había algo en ella que me hacía sentir especial.
Alex me guió por todo el Club de Campo y me llevó a participar de todas las actividades programadas con una sonrisa incansable, pero no pude encontrar la mía, ni diversión en ninguno de los talleres al aire libre. A penas se percataba de que su elección no provocaba el brillo de la emoción en mis ojos, desistía, y sin perder entusiasmo, me llevaba a otro lugar. Tal vez la piscina habría sido un acierto, sin embargo, al no haber llevado traje de baño, no pudimos averiguarlo. Sólo nuestros pies y manos disfrutaron del agua mientras él hablaba. No recuerdo qué decía, no debe haber sido algo muy profundo ni importante, pero ocultaba el silencio de mi poco usual timidez y acompañaba mi frecuente soledad. Yo no quería hablar, tal vez mis palabras me despertarían, y prefería contemplarlo como a una entretenida película. Nunca se quejó de mi escaso entusiasmo a pesar de todos sus esfuerzos, probablemente veía el miedo en mi cautela y la gratitud en mi rostro redondo.
Las bicicletas definitivamente no fueron una buena idea, con repentina torpeza me enredé en los pedales, caí y me rasmillé las rodillas. Para mi sorpresa, Alex botó de un golpe su vehículo y se culpó a sí mismo mientras me ayudaba a ponerme de pie. Él estaba aliviado de no haberme perdido en lágrimas y pedía disculpas una y otra vez. Yo estaba roja como un tomate, pues solía ser muy buena ciclista: mi comportamiento era inusual, como todo ese día.
La última parada y su número triunfal era la cabalgata a caballo. Su cara de satisfacción y autocomplacencia era radiante y casi no cabía en sus facciones al escucharme suspirar:
-Esto es increíble.
Nos acercamos al instructor para solicitarle un paseo en los enormes y preciosos animales de pelaje brillante. Alex pareció estar a punto de desmayarse, finalmente abatido y derrotado, cuando el encargado le informó que yo no podía montar porque vestía falda, y era requisito llevar pantalones.
-Alex, no te preocupes, buscaremos otra cosa que hacer –intenté animarlo.
-¡No! Esto es lo único que has querido hacer.
-No es verdad, lo hemos pasado muy bien –ahora yo también empleaba desenfadadamente el plural-. Olvida los caballos…
-¡NO!
Me asusté cuando salió corriendo con su cara encolerizada y los ojos decididos.
Me quedé sola, sin tener claridad hacia dónde me debía dirigir, y notando de pronto que el sol se acercaba a su coronación con el horizonte. No me entristecí, era algo que esperé todo el día que sucediera. Sonreí amargamente al ver que desde un principio tuve razón y al decidir que albergaría sólo lo bello de la jornada. Mi única preocupación era encontrar el camino que me llevara con mis padres.
Cuando, con mi escaso sentido de la orientación, elegí el rumbo más probable, escuché una voz jadeante que gritaba mi nombre. Era Alex que corría a toda velocidad en mi dirección, o al menos, eso me pareció.
-¡Ya lo tengo, Coni! –me dijo al pasar junto a mí y seguir su carrera hasta un auto azul.
No sabía qué pensar. Me dio rabia, pena, agobio y alegría su retorno y su exacerbado entusiasmo, irrespetuoso del duelo que yo acababa de vivir para volver a mi soledad. Lo seguí caminando con precaución, lo vi abrir el auto y sumergirse en la maleta buscando algo. Cuando llegué a su lado me ofreció triunfante unos enormes pantalones de jeans, que debían ser de su padre.
-Puedes cambiarte en el auto, juro que no espiaré. Pero debes apurarte para que alcancemos a pedir un caballo antes que cierren el establo.
Mi expresión debió ser una mezcla de horror y estupefacción. Definitivamente se había vuelto loco, y yo no podía articular palabra ante la visión de mi ridícula imagen con esos gigantescos jeans tratando de subirme al equino.
-¡Vamos, Coni! Te juro que no miraré, voy a tapar la ventana con una manta-. Sí, estaba loco, y había malinterpretado mi preocupación.
-No, olvídalo, me voy a ver horrible con eso.
Él se rió, como si fuera una broma mía o como si estuviera exponiendo banales argumentos. De alguna forma que aún me es un misterio, logró convencerme y meterme dentro del auto. La loca ahora era yo.
Me saqué la falta y me puse los jeans con resignación, asumida como un condenado a muerte, aceptando mi destino y preparándome para el ridículo público. Cuando salí del auto, el rubor en mis mejillas contrastó con la fría brisa marina, que había invitado a todos los posibles testigos a buscar refugio en los salones o departamentos del Club de Campo. Éramos solo Alex y yo.
-¡Perfecto! –sonrió, me tomó la mano y corrimos al establo. Su sonrisa no era irónica.
Creí que moriría de vergüenza cuando intentaba subirme al enorme caballo con una mano afirmando las riendas y con la otra mis nuevos pantalones para que permanecieran en su lugar, transpiraba como si estuviera en el infierno: algo trágico iba a pasar, o me caía del animal estampándome contra el suelo, o se me caerían los jeans dejándome en calzones frente a Alex y al instructor que, muy divertido por la escena, me ayudaba a subir. Este era el momento perfecto para la burla, pero Alex estaba muy serio evaluando el éxito de su solución.
Finalmente lo logré, escapé de mi inminente visita al abismo de fuego, y celebré con una sonrisa. Pero a pesar del esfuerzo, el paseo a caballo es de lo que menos me acuerdo, y la última imagen que tengo de Alex es su nerviosa petición de mi número de teléfono para que nos volviéramos a ver. Recién entonces entendí que no era una broma, que nunca quiso dejarme en ridículo, y me sentí culpable por haber desconfiado de él todo el día, el único día.
Volví con mis padres, y en casa me esperaba una terrible noche en el baño, vomitando el fino almuerzo del lujoso restaurante del Club de Campo. Tal vez no era tan fino y son los ojos infantiles los que exacerban las percepciones. Tal vez el recuerdo de Alex también está exacerbado por el mismo factor, pero luego de trece años aún anhelo verlo y decirle que me arrepiento de no haber ido a su parcela cuando a los pocos días me invitó por teléfono, que aún busco la libreta donde anoté descuidadamente su número y que perdí en una mudanza, que aún lo busco.
Se busca a Alex. Si alguien sabe de él, le ruego contactarme. Te busco, Alex. Si te has reconocido en estas líneas y aún está en pie tu invitación, por favor, contáctame. Juro que esta vez iré con mis propios jeans.
jueves, febrero 24, 2011
El globo
Cada domingo la Avenida Pedro Montt se viste de colores llamativos, globos, chayas y cintas, y en la huella lineal del pavimento desfilan personajes de asombro para todos los infantes: grandes carabineros, con imponentes atuendos verdes, que han cerrado el tránsito para llevar cabo la esperada fiesta; payasos con exageradas sonrisas rojas y risotadas tronantes; malabaristas con pelotas de goma, diávolos, clavas, aros; mujeres gatunas que en las veredas convierten, con maquillaje, a niñas gatunas; parvularias que entregan tizas e incorporan a quien quiera pintar el suelo; caballeros dueños del sabor del cielo en forma de algodón de dulce rosado; señoras amas de la fragancia de la felicidad que transportan en sus carritos rojos y venden como cabritas…
Alonso sentía esa fragancia y sabía que le era ajena, su boca se le hacía agua por cielo y sabía que era demasiado gris para algo tan rosa. Siguió recorriendo la Calle del Niño, haciendo caso omiso de lo deseado, en busca de un lugar que le permitiera disfrutarla sin requerir necesariamente de los padres que no lo acompañaban. Sintió un fuerte golpe en su abdomen que lo obligó a agacharse, y sólo alcanzó a notar el cuerpo de un niño que arrancaba entre gritos desgarradores. Cuando al fin pudo alzar su cabeza de nuevo, la tapó rápidamente con sus manos y se arrojó al piso, pues una persona de mil metros avanzaba en pasos largos, lentos y monstruosos con unas piernas cuatrocientas dos veces más grandes que las suyas.
-Es un hombre en zancos, hijo, tranquilo – es lo que trataba de explicarle el progenitor a su heredero mientras lo consolaba en brazos, pero a Alonso nadie le podía dar a entender qué eran los zancos ni qué hacía tamaño gigante en un lugar para la entretención de niños, así que permaneció escondido entre sus brazos, rezando que desaparecieran monstruo, padres, madres, hijos, vendedores, payasos, chayas inadecuadas que dificultaban su respiración en conjunto con el polvo del pavimento… hasta que se vio obligado a abandonar su posición, pues así se lo solicitaba una obesa señora con delantal a cuadrillé verde que con una voz feliz le preguntaba si estaba bien y si quería pintar con los otros niños.
Al fin tiza en mano y arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y no sabiendo qué dibujar. Había unos trazos blancos en el piso formando una casa, obra de un niñito rubio de ojos azules; pero Alonso no podía imitarlo, porque él no tenía un hogar. También vio un retrato que pretendía reflejar una mamá, un papá y a la autora de manos blancas y vestido rosa; pero Alonso no podía imitarla, porque él no tenía una familia. Por último, se fijó en el movimiento alegre que realizaban los dedos de un morenito gordito bien vestido que ya terminaba un gato pelirrojo y felpudo que jugaba con una bola de lana; Alonso supo que podría imitarlo, porque él sí tenía una mascota: un perro fruto del coito indebido entre una labradora y un pastor alemán, llamado tiernamente “Quiltro” y asediado despiadadamente por pulgas amigas.
Al fin tiza en mano, arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y sabiendo qué dibujar, estaba Alonso, ensuciando el pavimento con un desproporcionado ser de cuatro patas que jugaba con basura, cuando llegó por el aire un agradable silbido. Al parecer no fue el único que lo percibió, pero sí el único que no entendía su real significado. La totalidad de los niños abandonaron inmediatamente las tizas por las que se peleaban y los dibujos en que emplearon tanta dedicación, para salir corriendo en violenta estampida al encuentro con el sonido dulce. En un par de segundos, Alonso se quedó solo, lo perdió todo, tiza, perro desproporcionado, posibles amigos… Pero en un par de segundos más, observó cómo volvían corriendo, ya no violentamente sino eufóricamente, con un globo que les vendió quien silbaba y les compró quien los cuidaba.
Era un juego desatado. Cada niño había elegido un color, y perseguía por toda la calle a quien tuviera el mismo; se cambiaban globos, se disputaban en mortal duelo, se convertían en ranas y en príncipes azules, se reían y volvían a correr. Alonso debió levantarse del piso para no ser aplastado, y para no presenciar cómo todos disfrutaban de algo a lo que él no podía acceder. Vagó por las veredas, intentó silbar. Y cuando las risas de los niños con globos fueron más fuertes que el aire que pugnaba por hacerse sonido desde su boca, se apoyó en un árbol viejo para que su cuerpo no cayera al piso de tanto evitar que lo hicieran sus lágrimas.
Una hoja se abalanzó desde las cansadas ramas al contacto del niño, y Alonso se asombró de lo grande que era esa cuasi-redonda hoja de un verde desteñido, que combinaba con los colores de un otoño próximo. Volcó su mirada hacia el árbol, y encontró una última hoja debatiéndose entre caer y equilibrar: estaba seca, hacía tiempo que no pertenecía al anciano tronco, mas no quiso abandonarlo, tal vez por falta de propósito para volar, o por falta de una corriente de aire satisfactoria para llevar su gran magnitud. Alonso la tomó delicadamente del tallo, y la observó. Tembló unos momentos, pero luego, con una gran sonrisa, se largó a correr entre los niños luciendo su globo plano. Nadie cayó en cuenta de que no estaba hecho de plástico ni de que no poseía aire dentro.
Debió detener su veloz andar, pues él tampoco parecía poseer aire dentro, y su mirada se tropezó con unos ojos que ya no podían mirar de tanto líquido desconsolado que emanaba de ellos. Se aproximó a la niña de la vereda y le ofreció su globo:
-Pero eso que tienes ahí es una hoja, y yo quiero un globo.
-Pero eso que tienes ahí es una lágrima, y yo tengo una sonrisa.
jueves, abril 29, 2010
Leer por gusto

Con este cuento gané el Primer Lugar Nacional en la categoría de 15 a 18 años del concurso Leer por Gusto, del Ministerio de Educación e Isabel Allende. Ese debe haber sido el día más feliz de mi vida. Gané mil dólares y varios libros, pero lo más valioso fue el reconocimiento de saber que lo que escribo por gusto, gusta a otros.
-¡¡¡VALE!!! ¡Apaga esa televisión y haz algo productivo!
Productivo/a: “1. Que produce, capaz de producir: terreno productivo. 2. Que produce utilidad, ganancia: empresa productiva”.
Con esa definición de mi diccionario enciclopédico Larousse, a los nueve años, poco podía hacer, pues carecía de un terreno y era muy pequeña para tener una empresa… Así que volví a encender la televisión…
-¡Valeria! ¡Hija! ¡¿Hasta cuándo ve tele?! ¿Por qué no hace algo útil como su madre o como su hermano?
Bueno, ahora sí tenía parámetros más asequibles, pero no por eso más agradables… Mi mamá pasaba todo el día en las labores de la casa, limpiando, cocinando, ordenando, comprando, planchando, lavando, etc, ¡¿y se suponía que yo tenía que hacer todas esas cosas también?! Pero, ¿para qué? ¿Qué íbamos a hacer con dos almuerzos? ¿O con dos bolsas con el pan? ¿Qué limpiaría yo, si ella ya lo había hecho? ¿Qué ordenaría yo, si ella ya había puesto todo en su lugar? Y en cuanto a mi hermano, bueno, no había mucho que imitar… su día de púber consistía básicamente en asistir al colegio, jugar básquetbol y tirarse en la cama a escuchar música o a leer. Yo también iba al colegio, ¿eso no contaba acaso como algo útil ya? Y juro que había tratado de jugar básquetbol con Franco, pero, o él se resistía a perder el tiempo con una jugadora tan mala, o me llegaba un pelotazo en los dientes. Me quedaban dos opciones, y el hecho de haber escuchado tantas veces el casete de Pimpón hasta rayarle la cinta, reducía todo a una sola: leer.
Leer… Mmm… La verdad siempre había escuchado decir que leer era muy bueno, pero por algún extraño motivo nunca veía a nadie hacerlo -excepto a mi padre, que parecía obsesionado con el tema-. Supuse que era lógico, entonces, omitir las cosas que nos hacen bien, como el deporte y la lectura; y abusar de las que nos hacen mal, como la comida chatarra y las pocas horas de sueño…
Pero por muy lógico que fuera para la sociedad entera, yo todavía tenía que hacer algo útil y al fin sabía qué.
En el living de mi casa había un librero con muchos títulos, unos que parecían tener sólo diez páginas y otros que eran casi mórbidos de contenido, mas esos se encontraban en la sección adulta del estante, y yo ya me había deslizado por el suelo para revisar la sección infantil que estaba en cajón inferior. Varios de los libros allí almacenados ya los había leído por el colegio, de hecho, los habían comprado únicamente por mí. Otros no sonaban muy interesantes –“Las Crónicas de Narnia”, crónicas… eso sonaba demasiado periodístico… y de Narnia, ¡¿quién era Narnia?! Definitivamente alguien con muy mala suerte, pues sus padres parecían haberla querido perjudicar con ese nombre…-; otros eran excesivamente extensos –“Canción de Navidad”, ese sí debía ser entretenido, siempre me gustó la Navidad, pero por la cantidad de hojas que lo integraban, lo terminaría para dicho feriado, y faltaba bastante aún…-; otros estaban muy empolvados, y eso implicaba antigüedad, y eso me significaba prehistoria, y eso nada que me atrajera… En mi ardua inspección me sorprendió mi padre, que parecía sinceramente feliz de haber encontrado a su hijita en esa labor; y al verme algo complicada, se apresuró a elegir algún tomo que supuestamente yo encontraría interesante. Eso debería haber sido muy simpático: ya no tendría que estar moliéndome las rodillas contra el piso, ni rascándome la nariz por el polvo; sin embargo, cuando lo veo entregarme un grueso libro, adjunto a una rotunda sonrisa, me apresuré a sacar el primer texto que tuviera una cantidad de hojas más razonable y objetar que ya me había llamado la atención aquel nombre…
-¿La Porota? ¡Ah! Ese es de Hernán del Solar… sí, es bonito… supongo que está bien para empezar…
¡¿Empezar?! ¿Empezar qué, exactamente? O sea… ¡¿eso quería decir que, después de leer “La Porota” –que no podía sonar más ridículo… genial… noventa y cinco páginas sobre una semilla…-, tendría que buscar otro?! Ay, señor… en qué me había metido…
“Era un nombre demasiado largo para una persona tan menuda. Se llamaba Beatriz María Magdalena de los Ángeles Osorio y Castroviejo. Y medía apenas noventa y siete centímetros. Por eso, tal vez, todo el mundo prefería llamarla sencillamente Porota. Y con este nombre se la conocía en todas partes”.
Bueno, al menos había descubierto en el primer párrafo que el libro trataba sobre una niñita y no sobre una planta o algo similar. Leí unas cuatro páginas más y me dormí con el libro sobre la cara. Honestamente, recordaba muy poco de lo que decían esos dos pares de planas… Si eso era “útil”, pues a mí no me parecía, y no me quedaba gran intención de continuar haciéndolo. Obviamente esas intenciones se extinguieron al escuchar continuamente las preguntas de mi padre sobre cómo iba la lectura, si me estaba gustando, si me sentía identificada con el autor o con algún personaje... Cada vez sus interrogatorios se hacían más específicos y mis respuestas prototipo, menos satisfactorias: “Sí, me gusta mucho”, “Bonito, bonito…”, “¡Súper interesante!”…
-Hijita… ¿Y terminó el libro ya?
¡Claro que no! Se podría incluso decir que ni siquiera lo había comenzado, pero si confesaba aquello, quedaría en evidencia mi mentira.
-Eeehhh… No…
-¡¿NO?! ¡¿TODAVÍA NO?! Pero si ya llevas más de un mes en ese cuento tan cortito…
¡¿Cortito?! ¿Noventa y cinco páginas, con sólo seis dibujos en blanco y negro, le parecía cortito?! Eso era algo absolutamente refutable, pero su rostro reflejaba una mezcla de indignación y desilusión: no me quedaba otra alternativa…
-Sí, pero ya me falta muy poquito… Cuando lo termine te aviso para que lo comentemos, ¿ya?
Su contestación no la conformó más de una palabra, y sus movimientos, varios pasos lejos de mí. Sí, ahora estaba forzada a terminar la historia de la Porota…
Eran las diez de la noche, habíamos terminado de cenar y de ver las noticias en familia –mi suplicio más tortuoso, pues me aseguraba con eso, pesadillas para el resto de la noche-, y luego de ponerme el pijama, me acosté junto a Paloma, mi muñequita de trapo. Extinguí la luz de mi velador, sin embargo mis ojos no conseguían imitarla, tal vez por miedo a soñar las sangrientas historias que había visto previamente por televisión, o tal vez porque mis sábanas se rehusaban a darme calor, o tal vez porque mi colchón simplemente no estaba de ánimo para brindarme comodidad… no sé… El caso es que no podía dormir, y llegué a envidiar a mi muñeca, que con sólo formar un ángulo de ciento ochenta grados, ya cerraba sepulcralmente esas bolitas de plástico que tenía por ojos.
Fue entonces cuando recordé que Porota también tenía una muñeca que dormía con ella en la misma pieza, pero en camitas separadas. Se llamaba Mimí, y era la predilecta de la niña; la llevaba a todas partes, le cantaba, le contaba cuentos, le cocinaba en su cocinita de juguete y la cuidaba a toda hora. Pero un día la pequeña se levantó de su lecho y no encontró a Mimí en el suyo, siendo que estaba segurísima de haberla dejado allí, ¿dónde se podría haber metido? ¿Cómo había podido salir de la habitación? En mis desesperados intentos por dormir, me formulaba estas interrogantes, y pronto me intrigaron tanto que decidí volver a prender la luz y leer un poco, por último para que me diera sueño…
-¡HIJA! ¡¿QUÉ HACE DESPIERTA A ESTA HORA?! ¡SON LAS TRES DE LA MADRUGADA! ¡Cierra ese libro y duérmete, que mañana tienes que ir al colegio!
¿Tres de la madrugada? ¡Imposible! Yo sólo iba a leer un ratito… Pero es que la historia de la Porota y su muñeca estaba realmente entretenida, ¡y era de verdad! El autor me reiteraba a cada momento que eso había ocurrido realmente, y ¿quién era yo para desconfiar de él? ¡Imagina! ¡Mimí le hablaba a Porota y la había invitado a ir con ella a la ciudad de los muñecos! Si Paloma me hablara a mí, sería tan lindo…
Pero yo ya estaba crecidita para andar jugando con muñecas. No era adulta, pero el hecho de confesar, entre los amigos, que aún dormía o me divertía con mis juguetes, era motivo de burla… Todos querían ser adultos. Y yo quería ser como todos…
Esa mañana, mientras íbamos en el auto, rumbo al colegio, mi padre me dio un sutil ultimátum, que me hizo entender la urgencia con la que debía terminar el cuento que tanto me había demorado en leer, porque estaba bastante floja para mis cosas; cuando era pequeña era más responsable y ahora que crezco, me parezco más a los niñitos de mi curso que no hacen nada que les sirva para el futuro; debes cultivarte para ser una persona íntegra y así lograrás todo, o gran parte, de lo que pretendas, hija mía... Por eso pasé los recreos leyendo sentada en los bancos más alejados del quiosco, pues allí se concentraba el ruido de la felicidad de mis compañeros. Muy por el contrario de lo que yo pensé, mi comportamiento no pasó desapercibido. ¿Es, acaso, ley que cuando uno requiere soledad, todos se aproximen a extirpártela; y cuando ruegas que alguien te rescate de ese estado, nadie lo note?
Las primeras en acercarse fueron mis amigas, que me incitaban a jugar en la cajita de arena con ellas, y, por algún extraño motivo que no logré comprender, sí se alejaron, pero enfadadas. Luego llegaron unas cuantas profesoras con ojos preocupados y sonrisas amables, que insistían en si me ocurría algo, o si todo iba bien en mi casa. Después llegó la monjita que siempre estaba en la capilla que me gustaba visitar para encontrar una cuota de silencio -es que a veces la felicidad ajena es TAN ruidosa...-, y me formuló las mismas preguntas que habían hecho mis maestras anteriormente. ¡¿A qué se debía todo eso?! ¿Por qué recibía más apoyo cuando agarraba un libro y buscaba un poco de tranquilidad, que cuando lloraba por las crueldades de mis compañeros? ¡Irracional! ¡Simplemente irracional!
Preferí ahorrarme comentarios, en una de esas así también ahorraba tiempo para finalizar, por fin, el tan nombrado cuento, que cada vez se ponía más emocionante: Porota había ideado un plan para salvar la ciudad de las muñecas de una invasión de murciélagos chupa-aserrín. Le mostré el libro a la monjita y pestañé un par de veces. Ella sonrió amablemente, al igual que lo habían hecho las profesoras, sin embargo no vi en sus ojos preocupación, tal vez porque los cerró... No pronunció otra palabra, mas tampoco ejecutó otro movimiento, se quedó a mi lado, imperturbable. Por mí, mejor...
Finalmente, se acercaron a mí, y a mi nueva acompañante, dos de los más valientes niños de mi curso, los únicos que se atrevían a hacer lo que todos los otros querían hacer, y me preguntaron por qué no iba a jugar como los niñitos normales. Me sonrojé. No pude evitarlo, me estaban tratando de anormal por darle en el gusto a mi padre con su endemoniado acto útil, que ahora también me daba en el gusto a mí, arrastrándome a la anormalidad. La monjita abrió los ojos y, pasivamente, como siempre, se dirigió a ellos:
-¿No la ves que está leyendo?
-¿Y por qué lee? Eso es súper fome.
-Porque le gusta la literatura, como a los grandes.
Sus últimas cuatro palabras aseguraron un respeto, de parte de todos mis compañeros, por el resto de la enseñanza, que todavía le agradezco a esa monjita que no logró enseñarme más oraciones que el padrenuestro y el avemaría.
La Porota salvó la ciudad y le asignaron el título de Muñeca de Trapo Honoraria para siempre jamás. Mi padre fue feliz por los pocos minutos que duró nuestra crítica literaria, y luego su carácter se volvió exigente y menesteroso de sonrisa, a la espera de mi próxima lectura, que esta vez pretendía escoger él. Paloma recibió la atención que yo había dejado de darle por vergüenza a ser quien era: una niña aún. Y yo… Yo cerré mi niñez en esas páginas, y abrí mi madurez en otras. Guardé todo lo relacionado con ese mágico mundo de las muñecas y las tacitas de té en un título que debo haber leído unas cinco veces, en busca de la inocencia que me obligué a perder, para ser grande, para ser como todos…
Qué paradójico pensar que lo que empecé a hacer para ser como el resto, me llevó exactamente a un grupo poco popular; a un grupo reducido de aficionados a la literatura, que juegan a ser escritores, que fantasean con la idea de un título propio en una librería, y que luego ríen sonrojados de sólo haberlo pensado; a un grupo de tímidos aficionados que hoy escriben sobre lo que les hizo sentir un relato específico, algunos en busca de un premio, otros en busca de reconocimiento, habrá algunos que lo hacen en busca de asesinar el tiempo con algo productivo… yo lo hago en busca de una reconciliación con mi niñez, con la Porota, con Paloma, y con todos los libros de mi estante, pues los juzgué por la cantidad de páginas o sus nombres, y no por su contenido.
“La Porota”… ¡¿Qué clase de libro es ese para el análisis de una adolescente de diecisiete años, aspirante a escritora, postulante a un concurso de Isabel Allende?! Simplemente el mejor que pudo escoger. Porque habría sido muy pomposo escribir profundos análisis con rasgos de tesis de título, con densas narraciones sobre extensos textos clásicos y mundialmente reconocidos autores, y puede que resulte efectivo para el ganador de este concurso, pero yo leí que el propósito de éste era ver el efecto de un libro en el participante, y, para mí, “La Porota” produjo uno de los efectos más preciados: leer por gusto.
sábado, septiembre 13, 2008
Un par de audífonos
Bocas moviéndose sin emitir sonido y cabezas asintiéndole a la nada rítmicamente, todos escapando de la cacofonía de la ciudad -o de sus pensamientos- para reemplazarla por reguetón, una canción romántica o el Rumpy.Dedos en el pasamano siguen una música para los espectadores imaginada: ¿síntoma de locura o consecuencia inevitable del avance tecnológico?
En los oídos de Santiago un par de audífonos y, en la imaginación, el videoclip que puede ser la vida, el vocalista en el que te puede convertir un mp3.
Todos los santiaguinos cantan y bailan, pero sólo para sí mismos y en silencio.
jueves, abril 03, 2008
La historia de un Tú y un Yo
La señorita amaba incondicionalmente, perdidamente, pero nunca fue correspondida, porque ellos besaban a una persona que no existía, ¿cómo iban a amar, si al mirarla sólo veían una máscara vacía?
Un día conoció a un caballero fuerte, ganador de varias batallas, indiferente a todas las que no le merecían causa. Heroicamente llegó a salvarla el día que no se disfrazó: tragedia total, desnuda todos supieron cómo herirla, se miró al espejo y no supo si era realmente una señorita… ¿quién era? Un montón de lágrimas, preguntas y amor truncado: eso era. Él la abrazó hasta que su rostro ingenuo sonrió con sonrisa propia. Y fueron felices.
El abrazo aflojó entonces. El fuerte caballero ya no tenía fuerzas para seguir protegiendo, dijo misión cumplida y se fue. La señorita lo buscó, sin caballo y sin espada, salió tras él.
-¿Dónde estabas? ¿Por qué te fuiste?
-Porque las tormentas caen sobre mí, no te empaparé con ellas.
-No, no lo harás, porque yo secaré cada gota. No puedo evitar que llueva, pero puedo ser tu refugio mientras escampa.
Y entonces hubo muchos diluvios y sequías, pero descubrieron que las historias de amor no tratan sobre caballeros que rescatan señoritas, sino sobre personas que acompañan mutuamente sus días… y los días cambian de clima. Si este amor sobrevivió un verano, un otoño, un invierno y una primavera; entonces sobrevivirá la vida entera.
sábado, febrero 16, 2008
El día del padre de Panchita
Tras la insistencia de los comerciales televisivos, las propagandas visuales, las promociones de rebaja y las preguntas de conocidos sobre qué regalarían este año, llegó el día del padre.Francisca tenía sólo seis años y dos pesos en su monedero de juguete. Quería comprarle un set de herramientas a su adorado papá, pero en la revista de precios recibió la revelación de que, aunque se hubiera privado ya un par de veces de comprarse la golosina diaria, no podría darse el gusto de envolver en papel fluorescente lo que ella quería para su progenitor.
Esta angustia la invadió toda la noche de vísperas. Acudió a su hermana mayor en busca de consejo, pero había salido a una fiesta; probablemente ella ya había hecho la compra tras privarse de varios dulces… Acudió a su madre en busca de consuelo, pero recibió una sonrisa condescendiente:
-No te preocupes, hijita. Sólo regálale un abrazo, un beso y él estará muy feliz y agradecido –y la misma madre le regaló a su hija un abrazo apretado y un beso en la frente, pero la niña estaba lejos de sentirse feliz por la angustia y agradecida de la pobre solución.
Así debió irse a la cama, mas no a dormir. No podría, la culpa no la dejaba, ¡¿por qué fuiste tan golosa, Panchita?! Pucha, por esas torpes calugas ahora mi papá se quedará sin regalo y yo me quedaré con caries. Y ni siquiera estaban tan ricas… estaban muy duras… pero el chocolate del otro día sí que valió la pena… No, no… ¡Rayos! ¿Y cómo va mi papá a construir una mansión para mi mamá, un auto para mi hermana y una cuna para mi muñeca si no le regalo el súper set de herramientas para aficionados?
La intención de Francisca era permanecer toda la noche en vela con el fin de idear un plan maestro; sin embargo aún no poseía la habilidad de su hermana y cayó en su habitual profundo sueño.
Las risas sinceras de su madre en los oídos y el rayo naranja de luz en su ojo, devolvieron a la pequeña a la realidad. ¡Válgame! ¡¿Qué hora es?! ¡LAS ONCE DE LA MAÑANA! ¿Qué hago, qué hago, qué hago…? Las risas volvieron a inundar la casa, las de la madre, las de la hermana, las del padre… Estaban todos reunidos, tal vez ya celebrando el día del jefe de familia y disfrutando de los espectaculares regalos… Mi hermana le debe haber regalado un yate, porque mi papá siempre dice que el mar es lo más lindo que hay, que no es sólo agua azul, y por eso mismo ella sintió el deber de ayudarlo a darse cuenta de que está en un error, que sí es agua azul… Mi mamá le debe haber regalado un reloj mágico que nunca esté atrasado y que cuando él se despierte tarde, retrocede el tiempo para evitar los retos de su superior…
¿Por qué reían sin ella? ¿Por qué no la habían esperado para tomar desayuno y abrir los regalos? ¿Acaso sabían que ella había priorizado los dulces antes del regalo de su padre? Panchita se quedó un momento más en cama, podía fingir aún dormir hasta que las risas cesaran, hasta que la celebración y la ceremonia de apertura de regalos hubieran finalizado. Fingió dormir, trató de realmente hacerlo. Pero el rayo de luz entre las nunca bien cerradas cortinas insistía: Francisca, levántate, levántate, obséquiale a tu papi al menos el abrazo y el beso del que habló tu madre.
La niña se levantó. Y mientras se lavaba los dientes antes de bajar al comedor, se sentía pequeña y avergonzada por no proveer un regalo en el día del padre, ni una mansión, ni un auto… Ni un yate, ni un reloj… Ni una mísera caluga… ¡Ni medio martillo para el súper set de herramientas para aficionados!
-¡Feliz día, papito! –gritó Francisca entregándole al festejado un arrugado papel cerrado con uno de sus elásticos para el pelo.
-Gracias, hija, no tenías por qué moles… –pero la sorpresa y sobrecogimiento de Don Juan Luís Rojas no le permitió terminar la frase: su hija le regalaba un clavo que encontró cuando bajaba la escalera y ahora lo miraba con la más linda y radiante cara de satisfacción.
-¿Te gustó, papá? ¡Con él podrás construirle una mansión a mi mamá para que vivan para siempre, y un auto a mi hermana para que llegue a la hora que quiera, y una casa de muñecas para mí, y un yate para ti y el mar!
Don Juan Luís trató de no llorar: Panchita tenía razón, con esas cosas pequeñas podía construir su vida.
sábado, julio 07, 2007
Mi vecino, el gigante
Yo vivía cerca de un gigante. Era mi vecino. Era tan grande y hermoso que cada vez que nos topábamos yo me obligaba a mantener mi cabeza gacha para no admirarlo; y cada vez que en su ausencia su nombre pretendía volverse suspiro, yo lo obligaba a no ser más que un conjunto de letras, letras grandes, pues era un gigante, pero sólo letras.Los humanos somos seres de costumbre, y yo condicioné mi cerebro para abortar cada reflexión acerca del gigante que me constaba sería mi sonrisa permanente, pero yo era humana y él gigante, mi sonrisa era demasiado pequeña para provocar la de él, así que me prohibí pensar que podría ser sonrisa, era gigante, mi vecino, nada más. No lo amaba, nunca me permití el tiempo suficiente para terminar de enumerar sus virtudes y hacer irreversible mi profunda e inútil entrega. Así que nunca lo amé. Era tal vez demasiado grande para mí, y por eso me contenté pensando que seres igualmente grandiosos serían sonrisa para él.
A veces compartíamos un rato, y me otorgaba sus oídos cortésmente, que yo sabía no escuchaban mis palabras, y me dirigía sus ojos benevolentes, que yo sabía no veían mi figura, y me ayudaba dispuesto con sus manos, que yo sabía no me sentían, y me regalaba sus gestos, que yo sabía no tenían intención.
A veces compartíamos un rato, hablábamos de lo lindas que estaban creciendo las frutillas, de lo difíciles que estaban los tiempos bajo nuestro sol de cuento… Él me decía que comer honguitos era despreciable porque uno podía morir envenenado, y yo habría dejado de hacerlo por darle en el gusto y hacer que sus altos ojos brillaran más aún, pero, ¿realmente cambiaría en algo nuestra situación? ¿Realmente si yo no comiera honguitos habría bajado su ángulo recto de visión para verme viéndome? Otras veces él me contaba sus sueños magnánimos, sus aspiraciones gigantes, y yo quedaba deslumbrada, no podía más que confirmarle que las cumpliría, pero como enorme era todo en él, titánicas eran sus frustraciones y desilusiones… Yo trataba de consolarlo, de explicarle que la naturaleza de mi especie era muy lejana a su gigante corazón noble, pero nada mío surtía efecto en él, como nada suyo permitía yo que surtiera embrujo en mí.
En una de esas conversaciones que teníamos sólo por tenerlas y sin dejar que ninguna palabra pesara más de lo que el aire requería, me contó que se había enamorado de Pulgarcita. Gigante amaba a Pulgarcita. Y yo desesperé.
Mis brazos eran más largos que los de ella y podrían darle abrazos más apretados; mis labios eran más gruesos que los de ella y podrían en los suyos parecer un roce al menos; mi voz podría gritar más fuerte un te amo; mis piernas más grandes podrían caminar más distancias junto a él; mis manos más extensas podrían secar más lágrimas desconsoladas; mis sueños eran más idealistas que los de ella y podrían parecerse más a los de él… Yo desesperaba.
¡Pero Gigante! ¿Cómo es posible? ¡Tú mereces alguien mejor, alguien a tu alta altura! ¡Pero Gigante! ¿Qué has visto en ella? ¿Cómo la has podido ver, si es tan diminuta? ¡Pero Gigante! ¡Dime por qué! ¡Pero Gigante! ¿Realmente crees que con su pequeñez podrá satisfacer tu vida? Al menos yo podré satisfacer la suya, me dijo; y yo callé.
Mi gigante sonreía. Pulgarcita era su sonrisa.
Y el gigante realizó gigantes actos y conquistó el pequeño corazón de Pulgarcita. Y yo volví a mantener mi cabeza gacha en su presencia y seguí no amando al gigante porque continué en mi acto reflejo de desplazarlo de mi mente cada vez que sus virtudes se asomaran. Y el gigante se quedó con Pulgarcita. Y yo me quedé aquí, dejando a los gigantes para las fantasías y odiando a las pulgarcitas que admiro. Y yo me quedé aquí, todavía sin amar, pero ya conciente de que para mí sólo existen los humanos, nada más que humanos, corrientes, tamaño normal, como yo, una más, de igual a igual.