sábado, agosto 18, 2007

Pide un deseo

Qué desesperación, mirar hacia dentro y ver algo que no te gusta. Qué desesperación, mirar hacia fuera y ver algo peor.¡Estorban los ojos! Eso pasa, si la gente los cerrara un momento, la humanidad podría aún salvarse al percibir aquellas cosas que son más importantes que la imagen.

Y hablando de imagen... ¿qué imagen tengo yo? ¿Qué imagen tienes tú? Yo no sé quién soy, se mezclan los sufrimientos, las máscaras de protección y los deseos frustrados, ¿qué te mueve ahora a tu destino? La casualidad tal vez... ¿y la voluntad? No. Ella se pierde por ahí, por ahí en algún error, en alguna persona, en algún invierno, en una cita a la que nadie llegó. Y entonces la rabia, la ira, los gritos, el miedo, el frío... y luego, la inmovilidad. El existir. No el vivir.

El deseo, ese es el problema. Nadie se da el tiempo de descubrir cuáles son sus deseos más íntimos que te llevarán a escoger las acciones que determinen el destino donde esos deseos se saciarán, y morir tranquilo, en la vejez con pelo blanco o no, con nietos o no, con paraguas-o-no, pero tranquilo.

¿Tranquilo? ¿Conoces ese estado? Te apuesto que eres uno más de esos que no identificaron sus deseos y de repente ya estaban en el colegio porque era el deber, en la universidad o instituto porque era el deber, enamorándose porque, puta, en algún momento te TIENES que enamorar, y trabajando porque nuevamente es el deber... ¿Y todas esas cosas que hiciste o debes hacer tienen alguna relación con lo que profundamente deseas? Tus acciones son sólo acciones, sin destino, juegas a la gallinita ciega y así vives y guías tus pasos. ¡Te apuesto! Y tú apuesta que yo también, y ganarás. ¡Vamos al casino! Ganaremos todas las apuestas, total ya sabemos mucho del azar: esa es nuestra vida.

Bebe un poco más, llora la vez número diez mil uno, vomita y toca fondo. Y antes de lavarte por decencia, mírate al espejo así, tal cual, con el vómito escurriendo y pregúntate: ¿Qué tiene esto que ver con lo que alguna vez deseé? Te apuesto que conozco la respuesta: nada. Recién entonces lávate si quieres, si no, da lo mismo. Apaga la radio, apaga la lluvia, todo, ¡apágalo todo! Que no haya interferencia, que ningún sentimiento predeterminado tiña esa búsqueda con un tono ajeno, este es el momento, cierra todo, abre aquello de lo que te quejas y que no conoces: tus deseos. No será fácil, te lo apuesto. Y cuando los identifiques, podrás guiar nuevos pasos, moverte hacia ellos, ni los huesos cansados podrán detenerte si ya sabes hacia dónde vas, dónde queda. Y entonces tomará sentido el colegio, la universidad, las matemáticas, el trabajo: herramientas, ¡herramientas todas! El bastón para caminar hasta allí, hacia el destino donde se sacian los deseos, ya no serás ciego, será perfecto. Te apuesto que entonces todo tomará sentido. Te apuesto que te costará un mundo tomar la decisión. Te apuesto que estar triste es más fácil que atreverse a buscar la solución. ¡Te apuesto! ¡Te apuesto! Vamos al casino... yo ya he perdido tantas veces, ya no creo en el azar, creo en mis deseos, que son tantos, y que no seré tan mediocre de al menos intentar saciarlos. Nadie puede llegar a la perfección, pero es mediocre ni siquiera intentar acercarse a ella.

viernes, agosto 10, 2007

Mechón de pelo

¿Y cómo ver la vida a través de un mechón de pelo? Trazos fragmentados, una película mal proyectada, interferencia… ¿Y cómo ver la vida sin ese mechón de pelo? La versión completa, ¡nitidez! Desnudez…Esta chasquilla molesta mis ojos, pica mi rostro, acalora mi piel, ofusca mi humor; no obstante, sería un acto suicida extirparla con tijeras frías, grandes, reflectantes, espejo malformador, juezas. Suicidio, operación kamikaze a una vida normal, sin velos, ¡pura realidad! Y mientras una gota cae en el vidrio empañado, esta chasquilla empaña mi enfrentamiento con el mundo… ¿Y por qué ha de ser un enfrentamiento? ¿Por qué hay una suposición intrínseca de enardecida batalla, por qué se asume la necesidad vital de armarse hasta los dientes con frenillos, hasta las orejas con aros, hasta los pies con tacos, hasta los cuellos con perfumes… hasta las frentes y ojos con mechones de pelo?

Y aquí estoy yo. Y ya no es una gota, sino dos, y el calor va evaporando la sustancia sobre el vidrio, veo un poco más, veo un poco mejor… Mas mi visión no afecta al vidrio, ni a lo que hay fuera de él, es un acto inválido, discapacitado… Al menos no suicida. Nadie aprende a hablar si nunca ha escuchado las palabras de otros, las realidades de otros, y el vidrio me muestra cada vez más su realidad, son cientos de brillantes gotas las que tropiezan en su lento descender, y yo no hago nada, sólo escucho, queriendo aprender a hablar…

Tiembla un poco mi mano, preguntas trilladas de ser o no ser, seguridad o verdad, esta chasquilla es mi escudo, dicen que se ve bien, se parece a la de otras, pertenece a un grupo de características definidas, fácil, cómodo casi siempre; pero todos los escudos pesan, y hay medidas más severas que los kilos.

Mi mano tiembla, toca el vidrio, esparce la sustancia, despeja lo poco que aún quedaba invisible, veo más, veo mejor… Y mi mano ahora está mojada, es el costo, los huevos rotos, está mojada y me da frío… ¡Imagina el frío en la desnudez! ¡La vulnerabilidad en la desnudez! El mundo tendrá una ventaja sobre mí, sabrá de antemano mis puntos débiles, los ataques serán certeros, la competencia un chiste, el resultado una masacre… Pero el mundo al otro lado de ese vidrio empañado es el mismo que ahora se revela gracias a las gotitas acusadoras, ¡el mismo! Sólo unos minutos más viejo.

Sigue temblando mi mano, de frío, de miedo… y luego será de parkinson. ¿Qué tan vieja esperaré a ser para ver lo que es? Enfrentamiento o sosiego, alegría o pura mierda, ¡pero ver! Este mechón de pelo me hace miope, daltónica, ¡defectuosa! Un guerrero no gana batallas por la resistencia de su escudo, sino por la destreza de su mano empuñando la espada.

Mi mano temblaba, pero yo ahora quería usarla. Tomé el mechón de pelo y lo aprisioné tras mi oreja.

sábado, julio 28, 2007

A veces soy normal

A veces soy normal. Conozco a la perfección el cómo razonar lógicamente. Podría decir que tiendo a la bondad. En fin, a veces soy normal.

Hoy no es una de esas veces.

Me son casi irreprimibles los deseos de hacer daño y traicionar. Quiero jugar con alguien que no se lo merezca y engañarlo con alguien que no valga la pena. Anhelo con un aire de vicio ser la causa máxima del padecer de quien creía en las buenas intenciones, y observar indiferente y plácidamente el cómo se tortura, se autoflagela, se disminuye y se obliga a diezmar su amor propio en pedazos desgarradores, el cómo desearía vivir llorando, morir sufriendo, y tratar de entender qué mierda hizo mal… porque tal vez fue su culpa, pensará… ¡no! ¡Definitivamente fue su culpa!, llegará a concluir, y yo guardar sepulcral silencio, pronunciar sólo un cínico “lo siento” y traumar a aquel ser que temerá siempre volver a amar, perjudicando así también a todo quien intente amarlo.

Me es prácticamente una necesidad, necesidad imperiosa grabar mi nombre con sangre y cicatrices perpetuas en piel ingenua… Entonces cada vez que su ser le sonría al sol, él iluminará las huellas que dejé, y le hará recordar que es demasiado bello sonreír para su estado menesteroso. Entonces cada vez que su ser se entregue abatido a la noche, ella encubrirá las huellas que dejé, y le hará recordar que ella cegó anteriormente otra evidencia pero el dolor prevaleció, y sufrirá por la pena actual y por la pena de mí.
Si sonríes, leerás mi nombre. Si lloras, te sonará mi nombre. Mientras puedas sentir, existirá amargamente en ti mi nombre; y mientras puedas sentir, sufrirás; y llevarás contigo ese sufrimiento como medalla de honor de una guerra execrable, orgullosamente llevarás, cual mártir, mi nombre, entonces, sólo entonces, tu vida tendrá un sentido: recordarme. Y yo nunca lo sabré. Pero habré saciado mi necesidad -hoy anormal- de hacer daño, y disfrutaré imaginándote.

viernes, julio 20, 2007

Eternidades

Me bajo de la micro repleta y quedo frente a un cielo y a un mar.

-¡Avisa antes, po’! –grita el conductor en furia ante mi solicitud sin paradero autorizado.

-¡Ay, mijita, me pisó! –parece que también se escucha cuando mi zapatilla abandona el último peldaño.

El anaranjado intenso, obsequiado a las nubes delgadas por quien ya se escondía, me petrificó al borde del mirador. Ahí me quedé: un atardecer.

-¡Qué lástima que él no esté a mi lado para disfrutar mejor esta belleza!

Y comprendí que, incluso en su ausencia, los colores que me tenían absorta entrarían por mis ojos. Mis ojos estaban ahí, no necesitaban los de él para que esa imagen fuera bella: disfruté.

El cielo se había sublevado, plagió un mural de Miguel Ángel. El mar callaba pues se sabía ladrón también de las palabras de Neruda para definir su propio ser.

Tan imponentes eran estas dos eternidades, que me olvidé que yo existía. La naturaleza parece más real en fotos que en su presencia: demasiado bella, demasiado perfecta, demasiado.

El naranjo intenso ya no poseía ese adjetivo calificativo y mutaba en rojo, en morado… Los verdes intrusos que contrastaban las nubes se tornaban celestes, azules… Un beso saldo a mi cara desvió mis pupilas del cielo, observé el mar: también se sabía admirable y quería recordármelo.

La sublevada ahora era la espuma que incitaba a que se elevaran más y más las olas, que empararan las piedras, que intimidaran la orilla.

El cielo menguaba. El mar parecía dichoso.

Salí de mi ensimismamiento para agitarme en conjunto con el mar. La noche era nuestra y el movimiento ondulante se violentaba, se excitaba… ¡Grita, grita! La ola rompía estruendosamente opacando a la nube, yo con la noche sobre nuestras existencias me sentí libre, bailaríamos todos en compases rápidos, ritmos exacerbados, movimientos apasionados… ¡Noche!, ¡Noche negra, bésame!

Y el estupor frenó mi impulso de alteración que me sabía a eternidad: ¿y el naranjo?, ¿y el verde?, ¿y el color regalado del sol?

¡Cielo, únetenos!

Pero el cielo ya había disfrutado el orgasmo con esos instantes cortos, con su belleza fugaz, con el atardecer brevísimo… Nos dejaba al mar y a mí en soledad: nuestra juerga era demasiado prolongada y extenuante para él, demasiado tangible…

Yo era el exceso. Él la sutileza.

Y comprendí por qué estaba admirando sola las eternidades.

sábado, julio 07, 2007

Mi vecino, el gigante

Yo vivía cerca de un gigante. Era mi vecino. Era tan grande y hermoso que cada vez que nos topábamos yo me obligaba a mantener mi cabeza gacha para no admirarlo; y cada vez que en su ausencia su nombre pretendía volverse suspiro, yo lo obligaba a no ser más que un conjunto de letras, letras grandes, pues era un gigante, pero sólo letras.

Los humanos somos seres de costumbre, y yo condicioné mi cerebro para abortar cada reflexión acerca del gigante que me constaba sería mi sonrisa permanente, pero yo era humana y él gigante, mi sonrisa era demasiado pequeña para provocar la de él, así que me prohibí pensar que podría ser sonrisa, era gigante, mi vecino, nada más. No lo amaba, nunca me permití el tiempo suficiente para terminar de enumerar sus virtudes y hacer irreversible mi profunda e inútil entrega. Así que nunca lo amé. Era tal vez demasiado grande para mí, y por eso me contenté pensando que seres igualmente grandiosos serían sonrisa para él.

A veces compartíamos un rato, y me otorgaba sus oídos cortésmente, que yo sabía no escuchaban mis palabras, y me dirigía sus ojos benevolentes, que yo sabía no veían mi figura, y me ayudaba dispuesto con sus manos, que yo sabía no me sentían, y me regalaba sus gestos, que yo sabía no tenían intención.

A veces compartíamos un rato, hablábamos de lo lindas que estaban creciendo las frutillas, de lo difíciles que estaban los tiempos bajo nuestro sol de cuento… Él me decía que comer honguitos era despreciable porque uno podía morir envenenado, y yo habría dejado de hacerlo por darle en el gusto y hacer que sus altos ojos brillaran más aún, pero, ¿realmente cambiaría en algo nuestra situación? ¿Realmente si yo no comiera honguitos habría bajado su ángulo recto de visión para verme viéndome? Otras veces él me contaba sus sueños magnánimos, sus aspiraciones gigantes, y yo quedaba deslumbrada, no podía más que confirmarle que las cumpliría, pero como enorme era todo en él, titánicas eran sus frustraciones y desilusiones… Yo trataba de consolarlo, de explicarle que la naturaleza de mi especie era muy lejana a su gigante corazón noble, pero nada mío surtía efecto en él, como nada suyo permitía yo que surtiera embrujo en mí.

En una de esas conversaciones que teníamos sólo por tenerlas y sin dejar que ninguna palabra pesara más de lo que el aire requería, me contó que se había enamorado de Pulgarcita. Gigante amaba a Pulgarcita. Y yo desesperé.

Mis brazos eran más largos que los de ella y podrían darle abrazos más apretados; mis labios eran más gruesos que los de ella y podrían en los suyos parecer un roce al menos; mi voz podría gritar más fuerte un te amo; mis piernas más grandes podrían caminar más distancias junto a él; mis manos más extensas podrían secar más lágrimas desconsoladas; mis sueños eran más idealistas que los de ella y podrían parecerse más a los de él… Yo desesperaba.

¡Pero Gigante! ¿Cómo es posible? ¡Tú mereces alguien mejor, alguien a tu alta altura! ¡Pero Gigante! ¿Qué has visto en ella? ¿Cómo la has podido ver, si es tan diminuta? ¡Pero Gigante! ¡Dime por qué! ¡Pero Gigante! ¿Realmente crees que con su pequeñez podrá satisfacer tu vida? Al menos yo podré satisfacer la suya, me dijo; y yo callé.

Mi gigante sonreía. Pulgarcita era su sonrisa.
Y el gigante realizó gigantes actos y conquistó el pequeño corazón de Pulgarcita. Y yo volví a mantener mi cabeza gacha en su presencia y seguí no amando al gigante porque continué en mi acto reflejo de desplazarlo de mi mente cada vez que sus virtudes se asomaran. Y el gigante se quedó con Pulgarcita. Y yo me quedé aquí, dejando a los gigantes para las fantasías y odiando a las pulgarcitas que admiro. Y yo me quedé aquí, todavía sin amar, pero ya conciente de que para mí sólo existen los humanos, nada más que humanos, corrientes, tamaño normal, como yo, una más, de igual a igual.

jueves, junio 28, 2007

La observación

Ella los observa a todos y yo la observo a ella.
Noto cómo sus pupilas se mueven decididamente
a un extremo y otro de su cavidad ocular,
cree no ser percibida percibiendo a otros,
pero yo la percibo.

Es tan delgada,
su cuerpo toda una misma línea gris uniformada,
Liceo veintisiete creo leer,
pero su pelo también lineal puede confundirme los números al caer gravitatoriamente sobre ellos.
Liceo veintiuno tal vez.

Como si no creyera suficiente su estrechez de existencia,
no cambió sus ropas grises para apoyarse junto al gris muro
y desde allí, camuflada, escondida, espiante,
observarlos a todos, analizarlos a todos,
extirparles a cada uno sus virtudes y llevárselas en esos ojos que las convertirán en personajes perfectos e irreales de su cuento,
de su cuadro, de su canción...
no sé.

Y los observa y les despoja,
y la observo y juzgo.
¡Ladrona, ladrona! ¡Arréstenla!
¡Se las lleva, se las quita!
¡Ahí está! ¿Qué no la ven?
¡Que las devuelva! ¡Las lleva en sus ojos!
Ahí las esconde ahora, pero sólo por ahora,
porque después las publicará en alguna cosa que ella llame creación
y obligará a los usurpados a pegar derechos de autor
por sentirse identificados con sus propias virtudes,
historias, vestimentas, gestos, ¡vidas!
¡Quítenselas, que se las lleva!

Estúpidos...
Bueno, ignórenla y confúndanla con la pared si quieren,
omítanla, después se verán aplaudiéndola.

Su disfraz para mí es demasiado evidente
y sus ojos ladrones excesivamente descarados,
no la perdono.

Tú los observas a ellos,
y no sabes que así mismo te observo yo.
Aunque estemos en una estación de buses
a mí no se me hace normal que permanezca esa mochila a tus pies.
¿Por qué no la usas?
¿Por qué no te vales de su contenido?
Porque prefieres esos colores que te brinda el Liceo veintiuno
o veintisiete, u once o dieciséis
y que te hacen anónima.
¿Por qué muerdes tus uñas?
¿Por qué las reduces a muñones y las ingieres despreocupadamente?
Porque alimentándote de ellas conservarás esa delgadez
rectilínea y grosera,
vomitiva y reptílica
y que te hace anónima.

Dejas de observarlos a todos
y yo no renuncio a observarte a ti.
Finges ver la hora,
finges chequear tu pasajes,
finges preocuparte por los horarios de salida exhibidos,
pero finges.
Insistes en comer tus uñas y poco a poco te volteas,
me das la espalda.
Pretendes hacer cualquier cosa menos algo premeditado
y yo sé que recurres a tácticas sutiles para parecer
estar espontáneamente ocupada,
yo lo sé:
yo las ocupo.

No observas a nadie, y,
porque has tomado tu mochila y me has huido, ladrona,
yo no te observo a ti.
Sin embargo aquí me quedo escribiéndote,
robándote.
Eres mía.

Yo te observé.

martes, octubre 10, 2006

Yo le escribo a un hombre

Yo le escribo a un hombre.

Yo le escribo a un hombre que conocí mediante la palabra, que se dibujó con mayúsculas y tildes bien puestos, que me hizo saber su pensar con adecuadas comas y su sentir con vocablos simples en declaraciones rebuscadas. A este hombre al que le escribo lo conozco perfectamente, él se ha abierto como un libro -ya he dicho que lo conocí mediante la palabra-, un libro del que poseo la primera edición y el único ejemplar. ¡Oh, libro mío, he de leerte hasta memorizar cada página, cada párrafo! Mas no sus versos, porque este libro no rima, este hombre no es un cursi poeta, este ejemplar denuncia con la palabra, se denuncia, y así es como lo he conocido de manera tan acabada, el lenguaje guarda los secretos -el cuerpo no- Y YO SÉ LEER.

Yo le escribo a un hombre, hombre-libro, hombre-no-poeta, hombre-confesor, confesor que confiesa sus deseos y pecados tal vez mintiendo y de nuevo pecando, todavía deseando -¿deseándoME?-. Confesor que me confiesa, que me extrae la verdad, que me obliga a confesar, sin jamás pedirme que lo haga, sin nunca ofrecerme una salvación y un perdón, sin la mínima insinuación de una promesa al paraíso y la gloria… sin haber yo pecado… podría inventar que lo he hecho, podría fabricar infracciones a los diez mandamientos, podría realmente cometerlas… y él sería mi confesor y yo quien se confiesa y tendríamos una relación.

Yo le escribo a un hombre, un hombre-libro, hombre-único-ejemplar, hombre, hombre, la palabra, la palabra, te la leo, te recito, tus vocablos suenan tan bien en mi voz, pero no son ninguna música; tus vocablos se modulan tan bien en mi boca, pero no son ningún beso -¿besaME?-.

Yo le escribo a un hombre que conozco a la perfección, más que a la palma de mi mano, pues nunca he analizado mi mano, nunca he entendido tal dicho y siempre me ha preocupado el que exista gente que invierte su tiempo en memorizar el recorrido de los pliegues de su piel, los colores de las venas, la posición de los lunares que tal vez hay… es preocupante tal inversión… no han de ser hombres de negocios, y yo le escribo a un hombre que conocí mediante la palabra y a la perfección. Sé exactamente qué frases susurradas en su oído harían existir su voz; sé exactamente qué silencios gatillarían el gorgotear de literatura en sus manos; sé exactamente qué finales harían ver arte en sus ojos y sé cómo hacerlo olvidar que el arte importa. ¡Olvídate, hombre! ¡Olvídalo todo! ¡Olvida la prudencia, la adecuación, la coherencia, la cohesión! Olvida el arte de vivir y seré tu cultura. Olvida que hay que cuidar los sueños para no despertarlos y seré tu realidad. La palabra es hermosa, es infinita, inmortal, y tú también lo eres porque te conocí mediante la palabra y el medio te forma y terminas siendo el medio y eres hermoso, eres infinito, inmortal, eres palabra, por eso te ruego que la olvides pues no puedo hacerle el amor a una letra, masturbar un texto, amar una abstracción, asumir que eres una idea… Olvida y yo aprenderé otras cosas sobre ti, juro aprender a la perfección, como siempre… aprenderé con qué frecuencia respiras, aprenderé si mientras besas miras, aprenderé a reconocer tus mentiras, aprenderé la temperatura que soporta tu cuerpo antes de sacarse la ropa, aprenderé si tiemblas cuando tocas, aprenderé cómo me mojas, aprenderé cuánto escuchas de lo que hablo, aprenderé a montarme en el orgasmo, en tu regalo… Aprenderé si tu palabra se parece a tu ser.

Yo le escribo a un hombre bello que no deja oraciones inconclusas, dispara siempre un punto final… yo gusto de los tres suspensivos y no sé distinguir bien cuándo él pretendió un aparte…

Yo le escribo a un hombre que inventó un nuevo amor, inventó una nueva manera de amar, plagió un sentimiento ya existente, lo deformó, lo monstruoficó y lo encontré bello y lo amé. Es un amor original. Es un amor exasperante. Es un amor ligero, liviano, se lleva como un collar al cuello y todos perciben que te adorna mas no ven el ornamento -porque es inventado, porque es nuevo-. Es un amor lindo como una joya, inútil como una joya, duradero como el metal más noble pero sin su valor. Este amor es como un niño, tan liviano, tan frágil, que con sus colores nuevos, sus olores recientes, sus imágenes primeras, su belleza virginal brinca flotando con delicadeza al lado de nuestra vida, sin envejecer… también sin madurar. Se desliza a nuestro lado, nos hace reír con sus juegos, con sus travesuras demasiado infantiles para ser dañinas… para ser tomadas en serio… Este niño nuestro a veces se come toda su comida y se hace fuerte, quiere ser grande, hacer cosas de grande, y se desespera cuando nosotros, sus papis, le hacemos ver que aún no puede aspirar a tanto, que es muy pequeño, que se puede lastimar -su papá más que nada-. Y este niño, que es nuestro amor, se taima, patalea, ¡yo quiero, papá!, ¡yo quiero ser grande!, ¡no me trates como un pendejo porque no lo soy! Y en ese momento se da cuenta que sí lo es, porque esa palabra tan brusca, tan obscena no cabe en su boquita nueva… tampoco la palabra sexo… Y nuestro amor es un niño, y yo le escribo a un hombre -¿amaME?-.

Yo le escribo a un hombre que inventó un nuevo mecanismo de amor, un amor que se parece a un niño sutil; sin embargo, a veces deja de ser niño para mutar en oso, conservando su inocencia y ternura, adquiriendo su imponente majestuosidad. Este amor se me hace oso, y sé que al hombre a quien le escribo no le ofenderá la comparación, hay quienes emiten analogías con flores, atardeceres y otras bellezas obvias, no obstante, él no me juzgará en mi figura literaria porque al hombre el que le escribo es un hombre-no-poeta… no requiere cacofonías para ser poema, para ser arte, pero ya manoseé ese punto y acordamos olvidarle, olvidar el arte y sus derivados -¿manoseaME?-.

¡En fin! ¡Yo le escribo a un hombre! Yo le escribo a un hombre que fabricó sin intención conciente otro amor, y yo digo que ese amor se me hace un oso. Oso majestuoso, imponente, digno de respeto; nuestro amor es un invento, es nuevo, lo que no exime la solemnidad. Este oso no se toma a la ligera -aunque camine ligero-, cuando el hombre al que le escribo y yo nos congregamos en la palabra confesando, sin necesidad de advertencias, asumimos que es un acto serio. Serio y bello. ¡Qué lindos son los osos! Oso fuerte, desde nacido posee la potencia para derribar realidades -cosa que no hará hasta que lo estime absolutamente necesario-, y la conserva a medida que crecen sus pelos. Existen otros osos, pero cuando éste abandona su cueva, cuando desiste de invernar, todos los otros son restados, despojados, de su importancia… Simplemente este oso es más fuerte; simplemente su pelaje nos sume más en admiración; simplemente su natural magnitud amenaza con vencer al depredador -y al par si fuera imprescindible- y se confunde otra vez con el niño rebelde que quiere, que se impone, que te hace creer que puede, que puede, y tal vez podría, pero vuelve a ser oso y vemos cómo ruge, sin alcanzar a oír su rugido… sin alcanzar a ver si hubiera podido… Oso que inverna sin que se haga invierno, oso que se guarda en su cueva entre cordilleras y el hielo lo conserva, pero no hace frío, pero no es invierno, y el oso sigue siendo oso y el oso es nuestro amor. Oso que inverna, sin esperar una estación determinada para despertar, los rayos del sol y las gotas de la nube lo tientan por igual. Oso temporero que ruges sin sonido y con majestuosidad para luego desaparecer en tu albergue. Oso que inverna, oso temporero, oso desaparecido, y aún así, no te extraño. Este oso se autoexilia de nuestras vidas sin drama, sin pena ni gloria, sin lágrima, para invernar tiernamente, sin congelarse hasta la muerte y sin darnos la sensación de que ya no está, aunque ya no esté, sin volcarnos en la nostalgia de la ausencia… y vuelve a ser niño, porque así pasa con los niños, antes de nacer no se extrañan, no se aman, la familia se conforma por dos, un tú y un yo, y cada tú y cada yo lucha por el bien común. Pero la alegría de los progenitores al nacer el niño, es como la alegría de toparse con la existencia de la palabra… Y la desilusión al no leer lo deseado, como la pena de que el hijo no sea del sexo esperado.

Yo le escribo a un hombre, y recuerdo que, de hecho, es hombre, no oso a quien no poderle hacer entender, no niño a quien tener que entender, sino hombre, ¡hombre! Hay hombres que han inventado aviones para conquistar un sueño, Hitler casi eliminó una raza en pro de su sueño, Martin Lutter King movió masas porque tenía un sueño, y este hombre me regala un amor inventado, un amor niño, un amor oso y palabras… ¿por qué no me regala, simplemente, amor? Entonces es cuando sufro y me sumerjo en decepción y frustración: no estoy entre sus sueños. Por eso no ha inventado un avión, ni eliminado una cordillera, ni movido masas: no soy uno de sus sueños. Tal vez, cuando se topa con mis palabras, ingenuamente piensa que sí soy uno, me lo cuenta, me lo explica… ¡Pobrecito!, no se da cuenta, mientras me lee, que no soy sueño, soy fantasía… ¡Pobrecita!, no me quiero dar cuenta, que mientras mis palabras no se le escriben, son otras sus sueños, con otras cumple fantasías…

Yo le escribo a un hombre. Yo le escribo a un hombre… porque eso es todo lo que le puedo hacer.



05/01/06