llenándome toda la cara,supe que era verdad lo que creía:
a ti te trajo una estrella.
Debes haber escuchado alguna vez la leyenda de las Tres Pascualas,
las hermanas que se ahogaron en el lago de Concepción
por la pena de enamorarse de un mismo y traicionero amor…
Dicen que la luna se compadeció
y que sus almas subieron al cielo en forma de estrellas,
desde donde aún esperan
que vuelva el hombre que las besó
a cumplir su promesa,
formando el también conocido como Cinturón de Orión.
Pero no creo que hayas oído la leyenda de la Estrella de los Solitarios,
que brilla intensamente en línea recta bajo la hermana del medio.
Esa es el alma de un campesino amigo de las tres Pascualas, que siempre las amó,
esperanzado de que alguna de ellas le correspondiera su sincero sentimiento
que mantenía en silencio
como un secreto.
La leyenda cuenta que murió de pena junto al lago,
solo y desconsolado,
por no haber podido salvar a ninguna de las tres del suicidio.
La luna le permitió estar cerca de ellas, con el más intenso brillo.
Dicen que si tu corazón está herido y en soledad,
puedes pedirle a la Estrella de los Solitarios
a las doce de la noche del último día del año
que te traiga un amor sincero
para estos meses nuevos,
y que la pena quede sólo como un recuerdo,
junto a los meses viejos.
Y dicen que al poco tiempo,
te envía a la persona correcta,
porque él la vio desde el cielo…
Yo le pedí, mientras estallaban los fuegos artificiales,
que ahogara en el lago mi pena,
que si podía
que me enviara al amor de mi vida,
pero que me conformaba con su soledad brillante,
con mi corazón en paz.
Y entonces al poco tiempo te vi llegar,
y permutaste mis lágrimas por sonrisas,
alegrándome los días,
esperanzándome la existencia…
alegué coincidencia,
pero ahora que iluminas la cara mía
con sólo abrir tus pestañas crespas,
debes tener en los ojos el mensaje del astro,
que me indica que fue el Solitario:
a ti te trajo una estrella.



Abres los ojos un día más, se cumple un año más de existencia, y eso lo hace especial. Toda la jornada en la exaltación de tu persona, esperando que el mundo recuerde un número entre trecientos sesenta y cinco.




















No va a venir. Nunca vienen. Después de dar la espalda y abandonar indignada la habitación, una siempre espera sentir ojos en el cuello, pasos acelerados tras los propios, en cualquier segundo una mano en el hombro que te obligue a suspender el alejamiento… pero no vienen. Nunca los ojos, nunca los pasos, nunca la mano, cualquier mano… por favor… porque no era indignación ni desesperación por alejarse, era simplemente una súplica muda de la más mínima muestra de anhelo por mi presencia junto a la tuya… ¡¿Es que no entiendes?! Tu mano no tendría que obligarme, el más leve roce y yo volvería a tus brazos, ¡porque nunca quise abandonarlos! No obstante, tenía que saber si a ti te importaría que los abandonara…



