
Se acerca ya el día de pedirle a la Estrella de los Solitarios que desde el cielo busque al indicado
Y lo haga compañía para el nuevo año.
Justo a las doce de la noche,
Estrellita, por favor,
quítame esta soledad,
guía a mi mano a alguien que me quiera de verdad.
Mas este año no te pediré nada,
Contemplaré cómo brillas bajo las Tres Marías en mutismo.
Porque el año que ya me deja trajiste al hombre perfecto,
Que me hizo vivir días como cuentos,
Con sus ojos estrellados,
Sus abrazos apretados,
Sus besos enamorados,
Con noches eternas
De lunas llenas.
Pero la luna en un mes se hizo menguante
Y fugaz su perfección
cruzó mi cielo y lo abandonó.
Pasé el resto del año recordándolo,
Extrañándolo,
Esperando que volviera,
Pero cuando la luna volvió a ser plena
Venía ya sin él.
Es un hermoso recuerdo que me haya querido,
Será un gran capítulo en mi libro;
Sin embargo, este año no te pediré nada Estrellita
Porque el amor que das, lo quitas,
Porque perfecto es mucho,
Porque no quiero más inspiración para mis textos
Sino compañía mientras los escribo,
Porque prefiero que cada palabra de mi mano sea horrenda
A volver a versar la belleza
Con el brillo de vidrios rotos
Que rasgan mis labios al pronunciar “te amor”
Y escuchar “adiós”.













Abres los ojos un día más, se cumple un año más de existencia, y eso lo hace especial. Toda la jornada en la exaltación de tu persona, esperando que el mundo recuerde un número entre trecientos sesenta y cinco.




















No va a venir. Nunca vienen. Después de dar la espalda y abandonar indignada la habitación, una siempre espera sentir ojos en el cuello, pasos acelerados tras los propios, en cualquier segundo una mano en el hombro que te obligue a suspender el alejamiento… pero no vienen. Nunca los ojos, nunca los pasos, nunca la mano, cualquier mano… por favor… porque no era indignación ni desesperación por alejarse, era simplemente una súplica muda de la más mínima muestra de anhelo por mi presencia junto a la tuya… ¡¿Es que no entiendes?! Tu mano no tendría que obligarme, el más leve roce y yo volvería a tus brazos, ¡porque nunca quise abandonarlos! No obstante, tenía que saber si a ti te importaría que los abandonara…