jueves, febrero 24, 2011

El globo

En Valparaíso todos los niños hacen sus tareas. No me lo vas a creer, pero es así. Nadie se atreve a no comerse toda la comida o a no lavarse los dientes después de cada ritual alimenticio, pues nadie se arriesga a que se le niegue la autorización para asistir a la magistral Calle del Niño.

Cada domingo la Avenida Pedro Montt se viste de colores llamativos, globos, chayas y cintas, y en la huella lineal del pavimento desfilan personajes de asombro para todos los infantes: grandes carabineros, con imponentes atuendos verdes, que han cerrado el tránsito para llevar cabo la esperada fiesta; payasos con exageradas sonrisas rojas y risotadas tronantes; malabaristas con pelotas de goma, diávolos, clavas, aros; mujeres gatunas que en las veredas convierten, con maquillaje, a niñas gatunas; parvularias que entregan tizas e incorporan a quien quiera pintar el suelo; caballeros dueños del sabor del cielo en forma de algodón de dulce rosado; señoras amas de la fragancia de la felicidad que transportan en sus carritos rojos y venden como cabritas…

Alonso sentía esa fragancia y sabía que le era ajena, su boca se le hacía agua por cielo y sabía que era demasiado gris para algo tan rosa. Siguió recorriendo la Calle del Niño, haciendo caso omiso de lo deseado, en busca de un lugar que le permitiera disfrutarla sin requerir necesariamente de los padres que no lo acompañaban. Sintió un fuerte golpe en su abdomen que lo obligó a agacharse, y sólo alcanzó a notar el cuerpo de un niño que arrancaba entre gritos desgarradores. Cuando al fin pudo alzar su cabeza de nuevo, la tapó rápidamente con sus manos y se arrojó al piso, pues una persona de mil metros avanzaba en pasos largos, lentos y monstruosos con unas piernas cuatrocientas dos veces más grandes que las suyas.

-Es un hombre en zancos, hijo, tranquilo – es lo que trataba de explicarle el progenitor a su heredero mientras lo consolaba en brazos, pero a Alonso nadie le podía dar a entender qué eran los zancos ni qué hacía tamaño gigante en un lugar para la entretención de niños, así que permaneció escondido entre sus brazos, rezando que desaparecieran monstruo, padres, madres, hijos, vendedores, payasos, chayas inadecuadas que dificultaban su respiración en conjunto con el polvo del pavimento… hasta que se vio obligado a abandonar su posición, pues así se lo solicitaba una obesa señora con delantal a cuadrillé verde que con una voz feliz le preguntaba si estaba bien y si quería pintar con los otros niños.

Al fin tiza en mano y arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y no sabiendo qué dibujar. Había unos trazos blancos en el piso formando una casa, obra de un niñito rubio de ojos azules; pero Alonso no podía imitarlo, porque él no tenía un hogar. También vio un retrato que pretendía reflejar una mamá, un papá y a la autora de manos blancas y vestido rosa; pero Alonso no podía imitarla, porque él no tenía una familia. Por último, se fijó en el movimiento alegre que realizaban los dedos de un morenito gordito bien vestido que ya terminaba un gato pelirrojo y felpudo que jugaba con una bola de lana; Alonso supo que podría imitarlo, porque él sí tenía una mascota: un perro fruto del coito indebido entre una labradora y un pastor alemán, llamado tiernamente “Quiltro” y asediado despiadadamente por pulgas amigas.

Al fin tiza en mano, arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y sabiendo qué dibujar, estaba Alonso, ensuciando el pavimento con un desproporcionado ser de cuatro patas que jugaba con basura, cuando llegó por el aire un agradable silbido. Al parecer no fue el único que lo percibió, pero sí el único que no entendía su real significado. La totalidad de los niños abandonaron inmediatamente las tizas por las que se peleaban y los dibujos en que emplearon tanta dedicación, para salir corriendo en violenta estampida al encuentro con el sonido dulce. En un par de segundos, Alonso se quedó solo, lo perdió todo, tiza, perro desproporcionado, posibles amigos… Pero en un par de segundos más, observó cómo volvían corriendo, ya no violentamente sino eufóricamente, con un globo que les vendió quien silbaba y les compró quien los cuidaba.

Era un juego desatado. Cada niño había elegido un color, y perseguía por toda la calle a quien tuviera el mismo; se cambiaban globos, se disputaban en mortal duelo, se convertían en ranas y en príncipes azules, se reían y volvían a correr. Alonso debió levantarse del piso para no ser aplastado, y para no presenciar cómo todos disfrutaban de algo a lo que él no podía acceder. Vagó por las veredas, intentó silbar. Y cuando las risas de los niños con globos fueron más fuertes que el aire que pugnaba por hacerse sonido desde su boca, se apoyó en un árbol viejo para que su cuerpo no cayera al piso de tanto evitar que lo hicieran sus lágrimas.

Una hoja se abalanzó desde las cansadas ramas al contacto del niño, y Alonso se asombró de lo grande que era esa cuasi-redonda hoja de un verde desteñido, que combinaba con los colores de un otoño próximo. Volcó su mirada hacia el árbol, y encontró una última hoja debatiéndose entre caer y equilibrar: estaba seca, hacía tiempo que no pertenecía al anciano tronco, mas no quiso abandonarlo, tal vez por falta de propósito para volar, o por falta de una corriente de aire satisfactoria para llevar su gran magnitud. Alonso la tomó delicadamente del tallo, y la observó. Tembló unos momentos, pero luego, con una gran sonrisa, se largó a correr entre los niños luciendo su globo plano. Nadie cayó en cuenta de que no estaba hecho de plástico ni de que no poseía aire dentro.

Debió detener su veloz andar, pues él tampoco parecía poseer aire dentro, y su mirada se tropezó con unos ojos que ya no podían mirar de tanto líquido desconsolado que emanaba de ellos. Se aproximó a la niña de la vereda y le ofreció su globo:

-Pero eso que tienes ahí es una hoja, y yo quiero un globo.

-Pero eso que tienes ahí es una lágrima, y yo tengo una sonrisa.

domingo, enero 23, 2011

Moloko

No tengo otra manera de llegar a ti que la imaginación. No puedo acariciarte de otra forma que con palabras. Palabras que te es imposible leer o escuchar, imposible saber que existen, que te las he escrito, y que se inspiran en un recuerdo tan breve de tu ser.

No sé mucho de ti, y lo poco que mi memoria atesora se alberga como un sentimiento cálido suficiente para esta ingenua que toma las aseveraciones de tus labios por verdades. No hay testigos ni fuentes que corroborar, ni las necesito. Me basta la tibieza que provocó el saber de tu existencia en este mundo de rutinas y deberes, donde escasea la magia de los encuentros casuales y la sorpresa de almas semejantes. Me basta tu nombre y lo que tu boca declamó esa primera vez donde no había nada que perder y la escueta probabilidad de coincidir.

Hay tanto que ignoro, y al mismo tiempo, nada que quiera indagar. Si aparecieras una segunda vez en mi vida, no preguntaría nada, conozco de ti lo suficiente para estirarte mi mano con la invitación de acompañarnos otras noches, ojalá también otros días... tal vez los labios además.

Mas la magia escasea, y creo que volver a ver tu rostro, para esta vez memorizar tus facciones, es mucho pedirle a la ciudad.

Esta luna me conformo con la tibieza, con el tenue candar que permite lo vivido; no sé si el amanecer tenga tan poca ambición.

jueves, enero 13, 2011

Transición

Camino por la ciudad, y su brisa tibia me acompaña. Todo me sorprende y me parece hermoso, como una galería de arte, donde contemplo las pinturas con admiración aunque sin entender completamente su significado.

La ciudad está llena de bellos cuadros móviles, y su estética es la realidad, que me desconcierta, como si mi caminar no formara parte de ella y mis pasos flotaran sin intervenir nada de lo que observo en silencio.

Floto en la vida, mi camino es difuso ahora que cerré otra puerta. Otra puerta que logré adornar con laureles cuyo aroma no puedo percibir. Pensé que la alegría sería mayor...

Ya aprendí a leer, ya aprendí a ser profesional, dos puertas cerradas de instituciones que diseñó la sociedad para preparar a sus habitantes para la vida. Aprobé con distinción, estudié tantas horas, amargas noches en vela, cumplí con todo lo sugerido y lo impuesto; pero no me siento preparada... y floto por la ciudad que juega con mi pelo y tiñe mi piel color sol. Es la transición en búsqueda de otro edificio, de una nueva institución, una puerta más, ahora toca aprender a trabajar...

¿Es la vida una serie de puertas? ¿Somos todos caminantes incesantes? ¿O soy sólo yo la que no pertenece a ningún lugar, la que siempre está de paso?

Mi vida está en pausa, esperando que alguien realice esa llamada y ponga play otra vez para llevarme de vuelta a la realidad, suspendiendo mi flotar, con una nueva canción, ¿cuál será el estilo musical en esta oportunidad?

miércoles, octubre 27, 2010

Voz

No sé lo que está diciendo, podrían incluso ser solo barbaridades e insultos, pero se me presenta ya casi como una certeza mi irremediable enamoramiento: me estoy enamorando de su voz.

Sin embargo, el sentimiento no brota caprichoso por su simple emisión y el que llegue a mí en sonido: es más sublime que eso. Mariposas se liberan de su capullo cuando esa voz masculina se emula suave, juega despreocupada, adquiere formas dulces, se regocija en sí misma y se entrega en posiciones francesas.

Es un perfume de belleza obvia, comúnmente reconocido, pero no por eso las rosas dejan de ser hermosas, y hermosa esa voz ruboriza mis mariposas al punto de sentirse indignas de posarse en sus pétalos, los pétalos de ese aire que hizo metamorfosis en idioma.

Porque he escuchado a la misma persona hablarme horas en el dialecto compartido, y aunque mis labios le sonríen, la primavera se desata cuando su boca se dispone en posiciones que me son ajenas y florece esa voz profunda que algo le explica a una compatriota. Podrían ser barbaridades, injurias, no obstante, su aliento articulado en palabras francesas me sabe a declaración amorosa, a promesa inquebrantable, a deseo cariñoso y desenfrenado, a propuesta indecente pero caballerosa… Y entonces se me llena de pajaritos la cabeza, las mariposas se esconden en mi vientre (¡maldita primavera!), me enamoro de esa voz que me toca tan profundo en instintos irracionales, ondulando felinamente, contorneándose sensualmente, apoderándose del espacio todo, con el aroma romántico creado por la danza de su lengua y sus labios.

domingo, septiembre 26, 2010

El plan

Está bien, no más máscaras para mí hasta que sea absolutamente necesario. No más construcción de fortalezas impenetrables hasta que el ataque enemigo sea evidente. No más piqueros temerarios hasta comprobar que el azul de la piscina es efectivamente agua. No más intentos de olvido, porque es imposible.

Con este nuevo marco de acción aguardo la señal, el debido tiempo en que me des permiso para entrar a la primavera, esta vez de día, no más estrellas para mí, sólo el brillo de tus ojos estrellados. Correría a tus brazos con flores y atardeceres de septiembre, mas necesito saber si hay agua, esta vez debo estar segura de que sí tienes agua...

Este es el plan: yo te querré y tú me querrás. E iremos desnudando nuestros corazones en un simétrico compás, dando sentido a cada movimiento en mutuo descubrimiento de ese inexplicable motivo que nos sumerge en unísona fascinación, en irreprimible atracción. No es magia, cariño, pero incluso si lo fuera, es conjuro ancestral de aquellos que hacen llover para que las plantas puedan crecer, para que los frutos logren madurar: es la naturaleza, es la vida, nada más. Es imposible no tener miedo, porque toda vida muere, pero es heroico danzar aún teniéndolo. ¿Escuchas la música? Ya no son sólo tambores, es armónico canto y un dulce piano, bailemos un lento, un paso tú y un paso yo, si quieres yo puedo empezar… mi mejilla acariciará la tuya, tus brazos protegerán los míos, mi nariz se encontrará con la tuya, tus pestañas de sol iluminarán mi rostro, mis labios te besarán… Seremos héroes cautos, tenemos un plan, iremos paso a paso, y cuando estés listo cuéntame tu marco de acción y dame la señal. Todos nos harán espacio en la pista, nuestro baile tendrá tal belleza que nos envidiarán.

Porque es imposible olvidar, estoy cansada de intentarlo, ¡llevo años! Creo que es parte del hechizo la prisión del recuerdo, ¿o es que acaso podrías olvidarme tú? Juro por la Estrella que no aventuraré otro olvido, ahorraré fuerzas para la difícil espera, esperaré tu señal, y si llueven mis ojos sin lograr florecer en tu vida siquiera un dulce fruto, al menos atesoraré cada detalle de ti como piedra preciosa, que no vive, que no crece, pero adorna. Y tendré la prisión más hermosa en la que nunca nadie ha vivido.

domingo, septiembre 05, 2010

El fin de la espera


Sé que fue una tontera invitarte, sé que no debí, mas al menos ahora la espera termina y sólo queda olvidarme de ti.

No me arrepiento ni de los besos ni de las caricias que te di, tampoco de haberte negado que hiciéramos el amor, porque era el punto justo de entrega, el reflejo físico de nuestros sentimientos: cariño y pasión, que aún no llegan a lo más profundo. Y fue muy lindo, sentir nuestra desnudez abrazándose, como si fuera lo correcto, lo más natural del mundo, los besos y los movimientos espontáneos tan coordinados, como sabidos desde siempre, coreografía de almas gemelas…

Me preguntaste por qué te amo. Y enumeré: porque tienes los ojos más hermosos que he visto, porque eres tan inteligente y a la vez tan ingenuo, porque tocas piano y guitarra, porque te gusta bailar, porque juegas cartas, porque eres más alto que yo, porque a mi familia le encantas, porque haces sorpresas, porque me haces sentir linda y especial. Entonces me retaste. Dijiste que no podía siempre necesitar de otro para validar que soy linda y especial, me dijiste ¡ya lo eres!, no me necesitas a mí para eso. Y tus palabras me tocaron como el reflejo de un espejo y te di la razón. No obstante me quedó dando vueltas la pregunta, ¿por qué te amo? No amo una sumatoria de cualidades, amo la certeza de que seríamos buenos compañeros de vida, de que podríamos envejecer juntos sin aburrirnos, de que podría amarte hasta el fin de mis días.

Te pedí que te quedaras conmigo, querías, lo sé, pero tenías un compromiso, un cumpleaños que compartir con ella tal vez… Y entonces lo vi. Vi en tus ojos hermosos la desconexión, la señal de que no tienes prisa, de que no estás listo para volver. Ay, mi niño, no sabes cómo me dolió ver en tus ojos que no, que nuevamente no. ¡¿Qué demonios pasa contigo que no creces, que no maduras de una vez?! ¿Qué demonios pasa conmigo que no te olvido de una vez?

Si fueras un poquito más valiente, un poquito más hombre… si me quisieras un poquito más… Mis palabras te tocaron como el reflejo de un espejo y me diste la razón: si tan sólo un poquito más… Etapas distintas de la vida, dijiste, y yo pensé ¡pamplinas! Pero es verdad, sólo me queda olvidar.

Debo admitir que me enterneció tu infantil respuesta: “¿y qué pasa si me olvidas y yo vuelvo a conquistarte?”. Tal vez ya no esté aquí. Y espero no estarlo, no esperar más el milagro ni regalos planetarios, no quiero que vuelvas porque a las estrellas se lo he rogado. Quiero seguir con mi vida, quiero ser feliz, quiero que algún día alguien quiera hacerme feliz. Y ese no eres tú. Tú sólo disfrutas de la felicidad que yo te doy. Y no te culpo, asumo mi responsabilidad, te he malacostumbrado, malcriado, mi niño bello. Pero ya no más, ahora viene el castigo severo. No para ti: para mí. Porque no soy tu madre, no es mi rol enseñarte. ¿Quién soy yo para educarte en el sentimiento? Yo amo así, ¡tan intenso! Pero no quiere decir que sea lo correcto. No debo esperar a que aprendas, debo aceptar que nunca se te encenderá el corazón con el fuego que entibiará mi hogar. Debo olvidarte y resignarme, debo aceptar que con tu fuego moriré de frío. Yo necesito más. Yo necesito amar a un hombre, no jugar con un niño.

“Cuando las cosas están cerca no las quiero, y cuando están lejos las echo de menos”… ay, maldito afán masculino… pobrecitos ustedes, así es imposible la felicidad. Y yo me iré lejos, si logro hacer tripas el corazón, no para que me eches de menos, sino para buscar una especie más sana de amor. Porque de eso sé, sé de amar, no de miedos, no de cobardías, no de huídas al sufrimiento. Saber de amor es saber de dolores, y sufrimiento es una medallita de oro que llevo orgullosa en el pecho, porque me permitió la plenitud de la vida, respirarme la primavera, beberme el invierno todo, ser una con la existencia y fuerte con la adversidad, nada da miedo cuando llevas amor por dentro… Y tú tienes tanto miedo a sufrir, que me hace pensar que no tienes una gota en tu sangre de ese sentimiento. Así no vale la pena, prefiero que te quedes con ella y sean moderadamente felices en su existencia cómoda. Yo, aunque me quede sola, peregrinaré peleando batallas, dejando mi sangre en los campos, amando a la flor y a su prado, iré por la vida como los héroes, y moriré joven con un cuerpo embellecido por cicatrices, porque no recordamos en nuestros libros a los que viven más, sino a los que viven mejor, y yo llevaré en mis viajes un cuaderno donde escribiré el testimonio de mis ojos que presenciaron la vida. Cuando muera, podrás leerla para conocer cómo se veía.

Porque eres un principito y yo no soy princesa, no tengo torre ni quiero construirla para esperarte sola y paciente en ella. Yo soy hechicera, que combina esencias, que baila con largas faldas y sus pies en la tierra, que bendice, que maldice, que llora, que ríe, que corre, que vive, que hace lo que esté a su alcance para lograr lo que quiere. Soy hechicera que puede sacar su espada y matar, soy hechicera hermosa que puede llorar con la belleza de un atardecer. Y tú eres un principito que gusta de lo que no puede tener, que rechaza lo que tiene, ¡te amo! Pero he de olvidarte, porque en mi peregrinaje necesito la compañía de quien me cuide aún no estando en peligro, de quien luche por mí aún teniéndome a su lado.

Te deseo lo mejor, tú deséame suerte y fuerza para desterrar el poema de tu nombre que versé en mi corazón.

jueves, agosto 26, 2010

El día después de mañana

Nunca un error me dio tanta felicidad ni supo a chocolate como ayer. Dulce equivocación mía que aseveraba la ruptura definitiva de un corazón agujereado, y se encontró con la verdad de una respuesta inesperada: el beso. Nuestro beso, mi amor. El mejor beso que mis labios nunca podrán reproducir, antídoto automático al tormento, alegría instantánea, poema sin palabras...

Casi puedo escuchar lejanos rumores en lenguas antiguas y foráneas, de otros tiempos, de otras tierras, que en sus conversaciones sabias dejan en evidencia mi ingenuidad y mi torpeza; pero hay un saber más antiguo que el razonamiento, y es la intuición del cuerpo, que me grita en silencio: es cierto, espéralo. Y da lo mismo el resultado, porque este error fue mágico, y le regalaría mi corazón en pedazos por otro beso y otro abrazo.

domingo, agosto 22, 2010

La última noche y mañana

Mañana me lo va a decir, al fin me lo va a decir. He esperado casi un mes por una respuesta y mañana la tendré… tal vez si yo hubiera esperado más, ésta sería positiva… Pero ya decidió, y está bien, sólo hace lo que encarecidamente le pedí: “¡bésame o rómpeme el corazón de una vez por todas!”. Esta noche debo prepararme.

Sólo tengo esta noche, porque mañana me lo dirá, dirá que no quiere hacerme daño, que soy una gran mujer, que ya encontraré a alguien que me merezca, alguien mejor; dirá que siga adelante con mi vida, que gracias por todo, pero que no me ilusione, que lo intentó, que no funcionó… tal vez me ofrezca su amistad como consuelo, algo que forzosamente deberé rechazar porque evitará mi presencia de todas formas protegiéndome de vanas esperanzas…

Eligió romperme el corazón, lo sé. Y mañana me lo dirá. Debo asumirlo esta noche para no sorprenderme mañana, debo llorar con esta luna para no hacerlo mañana, debo dejar de creerle a las estrellas y volver a recurrir a Dios si realmente quiero que se abra el cielo, porque mañana todo será infierno. Me lo merezco por pagana, me lo merezco por impaciente, me lo merezco por haber arruinado otra vez, increíble, ¡otra vez!, un intento de la vida que insistió en devolverme a mi príncipe azul… ¡Ríndete vida!, no soy la Julieta de este drama, sólo soy un obstáculo más para el final feliz de la real protagonista, soy la hermanastra malvada para la pobre Cenicienta, ¿cómo pude estar tan equivocada?, ¿cómo no me di cuenta que no llevaba en mis pies ningún zapatito de cristal?

Esta es la última noche, la última noche de mi vida, de mi vida que se va, porque no se juega con magia, porque los conjuros se devuelven, porque las brujas siempre terminan mal, mueren casi siempre, y mi corazón morirá mañana a manos de la daga implacable de sus palabras, ni sangre quedará con la cual escribir mi agonía; por eso debo preparar mi epitafio esta noche, la oscuridad donde aún poseo latidos, es menester aprovechar estas últimas horas donde aún no hay dolor, sólo certeza de tortura, consciencia de justicia. Pues no albergo ni la más mínima duda: hoy me pidió que habláramos mañana; si su respuesta fuera el beso, por sus miedo y por la lógica de que todo lo bueno cuesta y llega a su debido tiempo, no se habría resulto en menos de un mes. Es cierto que nuestros fugaces encuentros, con el calendario de los cometas, llevan años cruzando mi cielo periódicamente, iluminándolo todo con su hermosa estela de polvos de Estrella de los Solitarios, mas sería masoquista permitir la más diminuta de las esperanzas, los tambores del tiempo suenan y suenan, pero sólo anunciando la proximidad del verdugo y de mi juicio final: mi último deseo es un sorbo de vino que me embriague de la valentía que necesito para desanudar culpas añejas, ajenas, arrepentirme, superar el miedo, mi miedo, y no llorar, porque tú no lo sabes, pero no volverás, y la única razón por la que te dejo ir con un suspiro, es que no llevas amor para mí guardadito, ¡salva a Julieta del suicidio!, y vivan felices para siempre. A mí me queda el consuelo de que conocí la profundidad de tus ojos alumbrados de pestañas de sol, me quedo con tus ojos, y con la tenue esperanza, de una estúpida que no aprende de sus errores y siente lo mismo, de que mañana me dirás “yo tampoco puedo seguir cerrando los ojos, cariño”.

martes, agosto 17, 2010

Miedos

Volviste a volver, y es tanto lo que siento en el pecho que mi mano casi no lo puede traducir a lenguaje; no obstante, la obligo al intento, porque no me cabe ya en el corazón, y temo que si no lo escribo, va a estallar. Las taquicardias son más frecuentes ahora…

Tu sola presencia hizo evidente el amor que no he dejado de sentir por ti, es tan claro ahora, ¿no lo ves? Yo no puedo seguir cerrando los ojos.

Este cuerpo mío, siempre se me ha hecho tan grande, desproporcionado, grotesco, incapaz de delicadeza, pero en tus brazos es perfecto, armónico, nuestras formas encajan, siento la comodidad de pertenecer a un lugar tan mío… nunca me he sentido más bella, pero más que un sentido estético, es una certeza del ideal, de que no tengo que ser nadie más para merecer la sonrisa y provocar la tuya.

Y entonces, el miedo. Tu miedo. Los hombres no crecen con la magia, sino con la fantasía, y te desconcierta el destino, la coincidencia, la insistencia de fuerzas superiores, la caprichosa hada madrina, el alineamiento de los planetas que otra vez, increíble, ¡otra vez!, nos junta las existencias. Y el miedo enturbia ese amor que llevas guardadito por mí, sin saberlo. Un miedo que paraliza tu boca y tus manos. Mi amor, ¡yo también tengo miedo!, miedo a perderte, a que son sólo casualidades y coincidencias, a que te vayas otra vez, increíble, ¡otra vez! Pero este miedo me tiene atenta, lista, expectante… ¡porque volviste a volver! Y no me cabe en el corazón. Un corazón que estuvo tanto tiempo vacío y que acumulaba amor que se pudría por el estancamiento, por no poder brindárselo a nadie, pero que ahora reconoció nuevamente que lleva tu nombre y tengo a quien entregarlo… a no ser que, por miedo, no quieras recibirlo…

Y entonces el miedo. Mi miedo. Las mujeres crecen con la magia y con Disney, príncipes azules y finales felices, pero es muy cruda la realidad, es tan frecuente el rechazo, no hay duendes que te cuiden, no hay animales que te ayuden, no hay hadas madrinas que permitan el momento perfecto… sólo hay brujas y villanos… ¿A qué estoy atenta? ¿Para qué estoy lista y expectante? No quiero enterarme que no hay ningún amor guardadito para mí, no quiero envejecer en la espera ignorante de que no hay nada que esperar… tengo miedo, ya no a otra negativa, sino al ridículo, porque otra vez, increíble, ¡otra vez!, aposté el corazón y me quedé con un órgano lleno sólo de sangre… a no ser que, por fin, quieras recibirlo…

El miedo, el miedo, ¡hay tanto miedo aquí! ¿Hay amor aquí? ¡Bésame o rómpeme el corazón de una vez por todas! No escucho los tambores del tiempo, me estoy quedando sorda, me beberé yo el vino de mis caderas, maldeciré a la estrella y asumiré que todo fue producto de mi imaginación, sólo alcohol de mala calidad, y en la mañana despertaré como lo hacen todos, diciendo nunca más, lo juro, nunca más tomo…

Pero mis ojos están tan abiertos, se esfuma el sueño, lo veo tan claro, es tan evidente, ¿no lo ves? ¡Al diablo el miedo! Porque cuando vuelvas a volver se abrirá el cielo y no tendré taquicardia nunca más.

martes, agosto 10, 2010

Ni me acordaba

Lo quiero tanto, y le temo tanto.

Tantas veces se ha cruzado en mi vida y aunque me consta que cada una de ellas ha sido un fracaso en que la respuesta obvia es el adiós, ¡la vida insiste!, y yo no puedo más que recibirlo con los brazos abiertos y el corazón desprotegido e ilusionado cada vez que él vuelve a volver… tal vez esta vez sí, ahora las cosas son distintas, esta vez funcionará, ahora sí que funcionará… sin embargo, él es el mismo, y yo, como una estúpida que no aprende de sus errores, siento lo mismo.

No, ya no siento lo mismo, esta vez el suspiro emocionado que brota cuando el aire toca su voz, se mezcla con escalofríos y un leve temblor, porque amo la boca que la emite mas, por instinto de supervivencia, ya no confío en las palabras que modula. Y me encantaría volver a escuchar mi nombre y un te quiero de esa boca que anhelo, pero aunque él lo repitiera mil veces, tal vez nunca terminaría de creerle, tal vez siempre esperaría aterrada el momento de una nueva desaparición, otro abandono.

Y yo estoy bien, estaba tranquila, incluso podría decir que relativamente cercana a la felicidad, en paz al menos… ¡pero él insiste!, ¡la vida insiste!, el destino me tiene de juguete, y otra vez la ilusión y la esperanza de la posibilidad, y la inminencia de la desilusión.

Tengo miedo, creí que él era una historia, una anécdota más de mi mala suerte, pero bastó que llamara a mi celular y nuevamente es presente. Y justo ahora, que ya ni me acordaba que lo amaba…

viernes, julio 02, 2010

La observación

Ella los observa a todos y yo la observo a ella.
Noto cómo sus pupilas se mueven decididamente
a un extremo y otro de su cavidad ocular,
cree no ser percibida percibiendo a otros,
pero yo la percibo.

Es tan delgada,
su cuerpo toda una misma línea gris uniformada,
Liceo veintisiete creo leer,
pero su pelo también lineal puede confundirme los números al caer gravitatoriamente sobre ellos.
Liceo veintiuno tal vez.
Como si no creyera suficiente su estrechez de existencia,
no cambió sus ropas grises para apoyarse junto al gris muro
y desde allí, camuflada, escondida, espiante,
observarlos a todos, analizarlos a todos,
extirparles a cada uno sus virtudes y llevárselas en esos ojos que las convertirán en personajes perfectos e irreales de su cuento,
de su cuadro, de su canción...
no sé.

Y los observa y les despoja,
y la observo y juzgo.
¡Ladrona, ladrona! ¡Arréstenla!
¡Se las lleva, se las quita!
¡Ahí está! ¿Qué no la ven?
¡Que las devuelva! ¡Las lleva en sus ojos!
Ahí las esconde ahora, pero sólo por ahora,
porque después los publicará en alguna cosa que ella llame creación
y obligará a los usurpados a pegar derechos de autor
por sentirse identificados con sus propias virtudes,
historias, vestimentas, gestos, ¡vidas!
¡Quítenselas, que se las lleva!

Estúpidos...
Bueno, ignórenla y confúndanla con la pared si quieren,
omítanla, después se verán aplaudiéndola.

Su disfraz para mí es demasiado evidente
y sus ojos ladrones excesivamente descarados,
no la perdono.

Tú los observas a ellos,
y no sabes que así mismo te observo yo.
Aunque estemos en una estación de buses
a mí no se me hace normal que permanezca esa mochila a tus pies.
¿Por qué no la usas?
¿Por qué no te vales de su contenido?
Porque prefieres esos colores que te brinda el Liceo veintiuno
o veintisiete, u once o dieciséis
y que te hacen anónima.
¿Por qué muerdes tus uñas?
¿Por qué las reduces a muñones y las ingieres despreocupadamente?
Porque alimentándote de ellas conservarás esa delgadez
rectilínea y grosera,
vomitiva y reptílica
y que te hace anónima.

Dejas de observarlos a todos
y yo no renuncio a observarte a ti.
Finges ver la hora,
finges chequear tu pasaje,
finges preocuparte por los horarios de salida exhibidos,
pero finges.
Insistes en comer tus uñas y poco a poco te volteas,
me das la espalda.
Pretendes hacer cualquier cosa menos algo premeditado
y yo sé que recurres a tácticas sutiles para parecer
estar espontáneamente ocupada,
yo lo sé:
yo las ocupo.

No observas a nadie, y,
porque has tomado tu mochila y me has huido, ladrona,
yo no te observo a ti.
Sin embargo aquí me quedo escribiéndote,
robándote.
Eres mía.
Yo te observé.

lunes, junio 07, 2010

Penélope

Quiero pensar que me llamo Penélope; aunque no sea así.

Partiste por una razón mayor que tú, y yo te espero; por eso creo que me debo hacer llamar Penélope. En mi larga espera elaboro el más grande y más hermoso tejido con hebras de sueños, palillos de amor y bordados de recuerdos; por eso creo que me debo hacer llamar Penélope. Mis más cercanos me recomiendan que no aguarde tu llegada, que aproveche mi propio tiempo; por eso creo que me debo hacer llamar Penélope. Junto a mí se acercan hombres que me pretenden y me lo manifiestan; por eso creo que me debo hacer llamar Penélope, pero el hecho de que no se llamen Odiseo y que esto no me sea relevante, creo que invalida el que me deba hacer llamar Penélope.

¡Oh, Odiseo! Mi amor, partiste y yo te espero; sin embargo sólo llegan otros… No te cambio por ellos, pero debo reconocer que los escucho, pues también escucho que mi vida debería seguir y no siquiera rumores de que la tuya vuelve a la mía.

¿Cuánto puede una mujer esperar? Para siempre. ¿Cuánto DEBE una mujer esperar…?

A veces recuerdo que no te llamas Odiseo y que yo tampoco Penélope. A veces recuerdo que mi vida no es una epopeya. A veces esto es un consuelo cuando bebo el fruto de Dionisio con los que me pretendieron y accedí. A veces con ellos miro al cielo en un intento de ver un futuro juntos, y se atraviesa un avión, entonces sonrío pensando que puedes ser tú al fin, porque a veces se me olvida que ya llegaste de la odisea, y que a pesar de eso, aún espero que vuelvas.

Por eso quiero pensar que me llamo Penélope; aunque no sea así, porque Penélope esperó y Odiseo volvió.

jueves, abril 29, 2010

Leer por gusto

Con este cuento gané el Primer Lugar Nacional en la categoría de 15 a 18 años del concurso Leer por Gusto, del Ministerio de Educación e Isabel Allende. Ese debe haber sido el día más feliz de mi vida. Gané mil dólares y varios libros, pero lo más valioso fue el reconocimiento de saber que lo que escribo por gusto, gusta a otros.


-¡¡¡VALE!!! ¡Apaga esa televisión y haz algo productivo!

Productivo/a: “1. Que produce, capaz de producir: terreno productivo. 2. Que produce utilidad, ganancia: empresa productiva”.

Con esa definición de mi diccionario enciclopédico Larousse, a los nueve años, poco podía hacer, pues carecía de un terreno y era muy pequeña para tener una empresa… Así que volví a encender la televisión…

-¡Valeria! ¡Hija! ¡¿Hasta cuándo ve tele?! ¿Por qué no hace algo útil como su madre o como su hermano?

Bueno, ahora sí tenía parámetros más asequibles, pero no por eso más agradables… Mi mamá pasaba todo el día en las labores de la casa, limpiando, cocinando, ordenando, comprando, planchando, lavando, etc, ¡¿y se suponía que yo tenía que hacer todas esas cosas también?! Pero, ¿para qué? ¿Qué íbamos a hacer con dos almuerzos? ¿O con dos bolsas con el pan? ¿Qué limpiaría yo, si ella ya lo había hecho? ¿Qué ordenaría yo, si ella ya había puesto todo en su lugar? Y en cuanto a mi hermano, bueno, no había mucho que imitar… su día de púber consistía básicamente en asistir al colegio, jugar básquetbol y tirarse en la cama a escuchar música o a leer. Yo también iba al colegio, ¿eso no contaba acaso como algo útil ya? Y juro que había tratado de jugar básquetbol con Franco, pero, o él se resistía a perder el tiempo con una jugadora tan mala, o me llegaba un pelotazo en los dientes. Me quedaban dos opciones, y el hecho de haber escuchado tantas veces el casete de Pimpón hasta rayarle la cinta, reducía todo a una sola: leer.

Leer… Mmm… La verdad siempre había escuchado decir que leer era muy bueno, pero por algún extraño motivo nunca veía a nadie hacerlo -excepto a mi padre, que parecía obsesionado con el tema-. Supuse que era lógico, entonces, omitir las cosas que nos hacen bien, como el deporte y la lectura; y abusar de las que nos hacen mal, como la comida chatarra y las pocas horas de sueño…

Pero por muy lógico que fuera para la sociedad entera, yo todavía tenía que hacer algo útil y al fin sabía qué.

En el living de mi casa había un librero con muchos títulos, unos que parecían tener sólo diez páginas y otros que eran casi mórbidos de contenido, mas esos se encontraban en la sección adulta del estante, y yo ya me había deslizado por el suelo para revisar la sección infantil que estaba en cajón inferior. Varios de los libros allí almacenados ya los había leído por el colegio, de hecho, los habían comprado únicamente por mí. Otros no sonaban muy interesantes –“Las Crónicas de Narnia”, crónicas… eso sonaba demasiado periodístico… y de Narnia, ¡¿quién era Narnia?! Definitivamente alguien con muy mala suerte, pues sus padres parecían haberla querido perjudicar con ese nombre…-; otros eran excesivamente extensos –“Canción de Navidad”, ese sí debía ser entretenido, siempre me gustó la Navidad, pero por la cantidad de hojas que lo integraban, lo terminaría para dicho feriado, y faltaba bastante aún…-; otros estaban muy empolvados, y eso implicaba antigüedad, y eso me significaba prehistoria, y eso nada que me atrajera… En mi ardua inspección me sorprendió mi padre, que parecía sinceramente feliz de haber encontrado a su hijita en esa labor; y al verme algo complicada, se apresuró a elegir algún tomo que supuestamente yo encontraría interesante. Eso debería haber sido muy simpático: ya no tendría que estar moliéndome las rodillas contra el piso, ni rascándome la nariz por el polvo; sin embargo, cuando lo veo entregarme un grueso libro, adjunto a una rotunda sonrisa, me apresuré a sacar el primer texto que tuviera una cantidad de hojas más razonable y objetar que ya me había llamado la atención aquel nombre…

-¿La Porota? ¡Ah! Ese es de Hernán del Solar… sí, es bonito… supongo que está bien para empezar…

¡¿Empezar?! ¿Empezar qué, exactamente? O sea… ¡¿eso quería decir que, después de leer “La Porota” –que no podía sonar más ridículo… genial… noventa y cinco páginas sobre una semilla…-, tendría que buscar otro?! Ay, señor… en qué me había metido…

“Era un nombre demasiado largo para una persona tan menuda. Se llamaba Beatriz María Magdalena de los Ángeles Osorio y Castroviejo. Y medía apenas noventa y siete centímetros. Por eso, tal vez, todo el mundo prefería llamarla sencillamente Porota. Y con este nombre se la conocía en todas partes”.

Bueno, al menos había descubierto en el primer párrafo que el libro trataba sobre una niñita y no sobre una planta o algo similar. Leí unas cuatro páginas más y me dormí con el libro sobre la cara. Honestamente, recordaba muy poco de lo que decían esos dos pares de planas… Si eso era “útil”, pues a mí no me parecía, y no me quedaba gran intención de continuar haciéndolo. Obviamente esas intenciones se extinguieron al escuchar continuamente las preguntas de mi padre sobre cómo iba la lectura, si me estaba gustando, si me sentía identificada con el autor o con algún personaje... Cada vez sus interrogatorios se hacían más específicos y mis respuestas prototipo, menos satisfactorias: “Sí, me gusta mucho”, “Bonito, bonito…”, “¡Súper interesante!”…

-Hijita… ¿Y terminó el libro ya?

¡Claro que no! Se podría incluso decir que ni siquiera lo había comenzado, pero si confesaba aquello, quedaría en evidencia mi mentira.

-Eeehhh… No…

-¡¿NO?! ¡¿TODAVÍA NO?! Pero si ya llevas más de un mes en ese cuento tan cortito…

¡¿Cortito?! ¿Noventa y cinco páginas, con sólo seis dibujos en blanco y negro, le parecía cortito?! Eso era algo absolutamente refutable, pero su rostro reflejaba una mezcla de indignación y desilusión: no me quedaba otra alternativa…

-Sí, pero ya me falta muy poquito… Cuando lo termine te aviso para que lo comentemos, ¿ya?

Su contestación no la conformó más de una palabra, y sus movimientos, varios pasos lejos de mí. Sí, ahora estaba forzada a terminar la historia de la Porota…

Eran las diez de la noche, habíamos terminado de cenar y de ver las noticias en familia –mi suplicio más tortuoso, pues me aseguraba con eso, pesadillas para el resto de la noche-, y luego de ponerme el pijama, me acosté junto a Paloma, mi muñequita de trapo. Extinguí la luz de mi velador, sin embargo mis ojos no conseguían imitarla, tal vez por miedo a soñar las sangrientas historias que había visto previamente por televisión, o tal vez porque mis sábanas se rehusaban a darme calor, o tal vez porque mi colchón simplemente no estaba de ánimo para brindarme comodidad… no sé… El caso es que no podía dormir, y llegué a envidiar a mi muñeca, que con sólo formar un ángulo de ciento ochenta grados, ya cerraba sepulcralmente esas bolitas de plástico que tenía por ojos.

Fue entonces cuando recordé que Porota también tenía una muñeca que dormía con ella en la misma pieza, pero en camitas separadas. Se llamaba Mimí, y era la predilecta de la niña; la llevaba a todas partes, le cantaba, le contaba cuentos, le cocinaba en su cocinita de juguete y la cuidaba a toda hora. Pero un día la pequeña se levantó de su lecho y no encontró a Mimí en el suyo, siendo que estaba segurísima de haberla dejado allí, ¿dónde se podría haber metido? ¿Cómo había podido salir de la habitación? En mis desesperados intentos por dormir, me formulaba estas interrogantes, y pronto me intrigaron tanto que decidí volver a prender la luz y leer un poco, por último para que me diera sueño…

-¡HIJA! ¡¿QUÉ HACE DESPIERTA A ESTA HORA?! ¡SON LAS TRES DE LA MADRUGADA! ¡Cierra ese libro y duérmete, que mañana tienes que ir al colegio!

¿Tres de la madrugada? ¡Imposible! Yo sólo iba a leer un ratito… Pero es que la historia de la Porota y su muñeca estaba realmente entretenida, ¡y era de verdad! El autor me reiteraba a cada momento que eso había ocurrido realmente, y ¿quién era yo para desconfiar de él? ¡Imagina! ¡Mimí le hablaba a Porota y la había invitado a ir con ella a la ciudad de los muñecos! Si Paloma me hablara a mí, sería tan lindo…

Pero yo ya estaba crecidita para andar jugando con muñecas. No era adulta, pero el hecho de confesar, entre los amigos, que aún dormía o me divertía con mis juguetes, era motivo de burla… Todos querían ser adultos. Y yo quería ser como todos…

Esa mañana, mientras íbamos en el auto, rumbo al colegio, mi padre me dio un sutil ultimátum, que me hizo entender la urgencia con la que debía terminar el cuento que tanto me había demorado en leer, porque estaba bastante floja para mis cosas; cuando era pequeña era más responsable y ahora que crezco, me parezco más a los niñitos de mi curso que no hacen nada que les sirva para el futuro; debes cultivarte para ser una persona íntegra y así lograrás todo, o gran parte, de lo que pretendas, hija mía... Por eso pasé los recreos leyendo sentada en los bancos más alejados del quiosco, pues allí se concentraba el ruido de la felicidad de mis compañeros. Muy por el contrario de lo que yo pensé, mi comportamiento no pasó desapercibido. ¿Es, acaso, ley que cuando uno requiere soledad, todos se aproximen a extirpártela; y cuando ruegas que alguien te rescate de ese estado, nadie lo note?

Las primeras en acercarse fueron mis amigas, que me incitaban a jugar en la cajita de arena con ellas, y, por algún extraño motivo que no logré comprender, sí se alejaron, pero enfadadas. Luego llegaron unas cuantas profesoras con ojos preocupados y sonrisas amables, que insistían en si me ocurría algo, o si todo iba bien en mi casa. Después llegó la monjita que siempre estaba en la capilla que me gustaba visitar para encontrar una cuota de silencio -es que a veces la felicidad ajena es TAN ruidosa...-, y me formuló las mismas preguntas que habían hecho mis maestras anteriormente. ¡¿A qué se debía todo eso?! ¿Por qué recibía más apoyo cuando agarraba un libro y buscaba un poco de tranquilidad, que cuando lloraba por las crueldades de mis compañeros? ¡Irracional! ¡Simplemente irracional!

Preferí ahorrarme comentarios, en una de esas así también ahorraba tiempo para finalizar, por fin, el tan nombrado cuento, que cada vez se ponía más emocionante: Porota había ideado un plan para salvar la ciudad de las muñecas de una invasión de murciélagos chupa-aserrín. Le mostré el libro a la monjita y pestañé un par de veces. Ella sonrió amablemente, al igual que lo habían hecho las profesoras, sin embargo no vi en sus ojos preocupación, tal vez porque los cerró... No pronunció otra palabra, mas tampoco ejecutó otro movimiento, se quedó a mi lado, imperturbable. Por mí, mejor...

Finalmente, se acercaron a mí, y a mi nueva acompañante, dos de los más valientes niños de mi curso, los únicos que se atrevían a hacer lo que todos los otros querían hacer, y me preguntaron por qué no iba a jugar como los niñitos normales. Me sonrojé. No pude evitarlo, me estaban tratando de anormal por darle en el gusto a mi padre con su endemoniado acto útil, que ahora también me daba en el gusto a mí, arrastrándome a la anormalidad. La monjita abrió los ojos y, pasivamente, como siempre, se dirigió a ellos:

-¿No la ves que está leyendo?

-¿Y por qué lee? Eso es súper fome.

-Porque le gusta la literatura, como a los grandes.

Sus últimas cuatro palabras aseguraron un respeto, de parte de todos mis compañeros, por el resto de la enseñanza, que todavía le agradezco a esa monjita que no logró enseñarme más oraciones que el padrenuestro y el avemaría.

La Porota salvó la ciudad y le asignaron el título de Muñeca de Trapo Honoraria para siempre jamás. Mi padre fue feliz por los pocos minutos que duró nuestra crítica literaria, y luego su carácter se volvió exigente y menesteroso de sonrisa, a la espera de mi próxima lectura, que esta vez pretendía escoger él. Paloma recibió la atención que yo había dejado de darle por vergüenza a ser quien era: una niña aún. Y yo… Yo cerré mi niñez en esas páginas, y abrí mi madurez en otras. Guardé todo lo relacionado con ese mágico mundo de las muñecas y las tacitas de té en un título que debo haber leído unas cinco veces, en busca de la inocencia que me obligué a perder, para ser grande, para ser como todos…

Qué paradójico pensar que lo que empecé a hacer para ser como el resto, me llevó exactamente a un grupo poco popular; a un grupo reducido de aficionados a la literatura, que juegan a ser escritores, que fantasean con la idea de un título propio en una librería, y que luego ríen sonrojados de sólo haberlo pensado; a un grupo de tímidos aficionados que hoy escriben sobre lo que les hizo sentir un relato específico, algunos en busca de un premio, otros en busca de reconocimiento, habrá algunos que lo hacen en busca de asesinar el tiempo con algo productivo… yo lo hago en busca de una reconciliación con mi niñez, con la Porota, con Paloma, y con todos los libros de mi estante, pues los juzgué por la cantidad de páginas o sus nombres, y no por su contenido.

“La Porota”… ¡¿Qué clase de libro es ese para el análisis de una adolescente de diecisiete años, aspirante a escritora, postulante a un concurso de Isabel Allende?! Simplemente el mejor que pudo escoger. Porque habría sido muy pomposo escribir profundos análisis con rasgos de tesis de título, con densas narraciones sobre extensos textos clásicos y mundialmente reconocidos autores, y puede que resulte efectivo para el ganador de este concurso, pero yo leí que el propósito de éste era ver el efecto de un libro en el participante, y, para mí, “La Porota” produjo uno de los efectos más preciados: leer por gusto.

viernes, marzo 12, 2010

Capricho de corazón vacío

Mi dedo toca varios interruptores, desconectándome del mundo, apagándolo todo. Así es mejor, porque se me antoja la cama, se me antoja la noche... Se me antoja un abrazo, un acompañante, pero los antojos son caprichosos y no se satisface el mío con ninguno de los postulantes. Tal vez la caprichosa soy yo.

La cama y la noche. Mi cuerpo con suave olor a jabón y crema humectante, recibiendo el suspiro de la cortina que baila con el viento de verano. Todo tiene sabor a ese día en que volviste y te quedaste las horas oscuras contándome lo perfecto que eras para mí. Debí fingir que lo ignoraba, al menos que lo dudaba...

Se me antoja el pasado, se me antoja ese momento ilusionado, maravillado de mutuo encantamiento. Y renunciaría al futuro, al derecho natural de avanzar en el tiempo, por ser feliz en la ignorancia, en la esperanza de la posibilidad.

Mi cuerpo y el suspiro tibio del viento. Las estrellas esperando que les hable; pero no tengo nada que contar, la luna lo sabe y me sonríe triste: por primera vez tengo el corazón vacío. Y se me antoja que atesore un nombre, tu nombre, pero para eso tendrías que volver a volver y eso es mucho pedirle a la noche de verano.

lunes, febrero 08, 2010

Miré a mi alrededor

Miré a mi alrededor y no vi a nadie que me esperara. Miré al pasado y vi a todos los que fueron mis amores, enamorados. Miro al futuro y no veo cómo las cosas podrían cambiar... Me siento tan sola. Las amigas me alegran la cara, pero no el corazón; este corazón que tengo vacío, descolorido, entregué todo cuanto albergaba a los que me tomaron la mano con una promesa y una ilusión, todo, tanto, que ya no le quedan ni latidos ni color...

¿Será que gusto tanto del amor pero no sé amar? ¿Será que mi cariño es amargo? Porque yo los quise tanto, y todos se fueron a otros brazos, a otras caricias mejores tal vez... serán más felices con ellas tal vez... pero yo los quise tanto... y fueron míos, durmieron en mi regazo, los cuidé como al tesoro más preciado, dijeron que me querían tanto, y no pude retenerlos, se me escaparon entre los dedos, se fueron, me dejaron...


Extraño amar, me duele este corazón vacío, que de vacío ni duele, pero que echa de menos amar. Mas miro a mi alrededor y todos los corazones están emparejados, y los que podría anhelar no deparan en mi voz. Miro al pasado y todos los que fueron mis enamorados no quieren una segunda oportunidad. Miro al futuro y todo lo que veo es soledad... me siento tan sola... Tan sola que cierro los ojos para no ver más, no ver lo que no tengo, no ver lo que perdí, no ver lo inalcanzable y no verme la cara cruzada de llagas aguadas, no verme las manos impotentes que tienen tanto amor que entregar y que nadie quiere. Siento que se me va a podrir el corazón de tanto amor sin nombre, como agua estancada que se pone verde al no poder entregarse al río, al mar... Me ahogo en el estanque de mi pecho y me sentencio a la ceguera, porque estoy tan sola, y duele más porque no siempre lo estuve, porque cada beso fue un paso en el camino, porque nadie tomó mis labios como último destino…


Miro a mi alrededor y no hay nadie que busque mi proximidad. Miro al pasado y no hay nadie que espere mi retorno. Miro al futuro y no hay nada, porque mis aguas no fluyen, porque nadie querrá beber aguas envenenadas…

sábado, enero 02, 2010

Estrella de los Solitarios

Se acerca ya el día de pedirle a la Estrella de los Solitarios que desde el cielo busque al indicado
Y lo haga compañía para el nuevo año.

Justo a las doce de la noche,
Estrellita, por favor,
quítame esta soledad,
guía a mi mano a alguien que me quiera de verdad.

Mas este año no te pediré nada,
Contemplaré cómo brillas bajo las Tres Marías en mutismo.
Porque el año que ya me deja trajiste al hombre perfecto,
Que me hizo vivir días como cuentos,
Con sus ojos estrellados,
Sus abrazos apretados,
Sus besos enamorados,
Con noches eternas
De lunas llenas.

Pero la luna en un mes se hizo menguante
Y fugaz su perfección
cruzó mi cielo y lo abandonó.

Pasé el resto del año recordándolo,
Extrañándolo,
Esperando que volviera,
Pero cuando la luna volvió a ser plena
Venía ya sin él.

Es un hermoso recuerdo que me haya querido,
Será un gran capítulo en mi libro;
Sin embargo, este año no te pediré nada Estrellita
Porque el amor que das, lo quitas,
Porque perfecto es mucho,
Porque no quiero más inspiración para mis textos
Sino compañía mientras los escribo,
Porque prefiero que cada palabra de mi mano sea horrenda
A volver a versar la belleza
Con el brillo de vidrios rotos
Que rasgan mis labios al pronunciar “te amor”
Y escuchar “adiós”.

martes, diciembre 01, 2009

Ruido Ambiente

El ruido ambiente empezó a disminuir con delicadeza, interrumpida por un grito súbito de alegría o el estallido de un vaso en el piso. Las conversaciones a nuestro alrededor mutaban a manos tomadas y besos contra la pared. El cielo más oscuro y cada vez menos cigarros en la cajetilla. Tú y yo interrumpidos por la música que ya pocos bailaban, pero ambos le éramos sordos. Toda la vulgaridad y el exceso de la noche son aplacados por nuestras voces que brincan sutilmente del cine a la maldad del hombre, de la vida a la psicología, de la literatura a Dios. Y nuestros ojos reemplazan las estrellas en la sorpresa de este encuentro primero, porque este era el lugar y el momento menos pensado para la seducción en la inteligencia.

Tú te acercaste por mi vestido, yo por tu risa; con una intensión superficial fuimos atraídos inevitablemente a lo más profundo del alma y, sin tocarnos, sé que tú también te sentiste desnudo… No era la idea, fue casualidad, salió el tiro por la culata: tú me querías encandilar con palabras rebuscadas y preguntas asertivas que esperaban un gesto de asombro, ignorancia y admiración por respuesta; lo sé, yo quería lo mismo. Sin embargo, fuimos envueltos en un diálogo sin fin, en una trampa, que fue descubriéndonos mientras hablábamos, desvistiéndonos las máscaras… No caí en tu juego, ni tú en el mío; ambos caímos en un juego nuevo que la noche planeó, y el ruido ambiente empezó a disminuir con delicadeza, los individuos se convertían en parejas, el cielo más claro y los vasos definitivamente vacíos… Es conocimiento mutuo que podríamos encontrar el sol, tal vez varios soles, en el baile de nuestras palabras, y nos inundó un suspiro y el silencio en la certeza.

Entonces me dijiste:

-Tú sabes que esto va a suceder.
-Sólo falta saber quién lo confesará primero –agregué.

Tomaste mi mano y nos transformamos en una pareja más, dejamos nuestro puesto elevado y nos unimos a la juventud promedio. Confesaste primero, y cuando tus labios se acercaban a los míos, sentí que me iba a equivocar, pero me equivoqué.

domingo, octubre 25, 2009

Arrebato de perdonar

Ha habido veces en que he estado dispuesta a perdonar, en que escucho su voz y sé que la extraño, en que me encuentra su risa y recuerdo cuando yo la provocaba. Entonces, un impulso súbito de acercarme y confesar que no importa, que carezco de todo orgullo propio, un arrebato de perdonar.

Pero pronto recuerdo que no hay interés en mi disculpa, que no existe la mínima intención de recibirla, de recibirme… y me quedo aquí, con mi orgullo aparente, con mi soledad evidente.

Tal vez es obra de una sabiduría superior, una gracia medieval, que impide la enmienda de la amistad, pues probablemente nunca fue tal. Y así en el silencio son estériles las diferencias, no pueden nacer las peleas… tampoco las sonrisas… no surge nueva vida, pero tampoco heridas de muerte.

Su timbre suena en mi aire, y a veces me dan ganas de perdonar; sin embargo, en mi soledad estoy a salvo, aquí estoy a salvo.

miércoles, octubre 14, 2009

Admiración

Lo admiro. He de reconocer su grandeza en brindarle valor a lo deleznable. Contrita me quedo ante mi reacción primera de desdén hacia la estúpida. Pero él es probo al ver virtud en su pobreza de todo menos de lo obvio. Él es probo. Él es grande…

Tal vez carecer de inteligencia y pertinencia es una virtud. Tal vez le deja espacio ese vacío para la belleza.

Y tan magnificente es el espíritu de él que no sólo admira aquel ser que, tal vez erróneamente, desprecié, sino además lo pretende y canaliza sus sonrisas a proliferar las de ella, aboca sus esfuerzos a la comodidad de ella, que nada perturbe, ¡que nada perturbe!, que nadie inmute su vacío rebasado de encandiladoras linduras…

viernes, septiembre 18, 2009

Conjuro de amor

Con esta mano que acariciaste paciente dedo por dedo, en esta noche de luna llena, derramo la certeza de que volverás. Tú no lo sabes, pero volverás, para aprender a amar, y hasta que tus pasos no te traigan a mí todos tus caminos serás monótonos, sin pena, sin dicha, sólo sonrisas y lágrimas, ningún gesto reflejará la verdad de tu alma y ningún espejo tu identidad, sin poder conocerte ni entregarte jamás. Tus pies se cansarán, las piernas blandas, no existe en el mundo cama que pueda brindar a tu cuerpo reposo, y el alivio sólo llegará cuando tu mente recuerde mi nombre y me busques y me encuentres. Volverás, y el alivio se convertirá en sopor, y el sopor en hermoso y reparador sueño.

Con esta boca que te enseñó placeres tibios, en esta noche de luna llena, grito que me amarás. Porque yo vivía mis días y tú los mezclaste con los tuyos, porque te ofrecí risas y tú me pediste un te quiero, porque te pedí compañía y tú planeaste un futuro, porque me conformaba con tu voz preguntando por mi estado, y tú me regalaste sorpresas sólo posibles en cuentos de hadas… por eso me amarás, porque ahora, mientras te vas, y mientras te alejas sin que se te oprima el pecho, sé que no estás listo para eso, pero volverás, porque tú mismo escribiste el conjuro y elegiste mi voz, y ahora que te tapas los oídos, la luna danza conmigo y nos reímos porque siempre has dado el primer paso, porque siempre eres tú el que busca mis labios y el que sin previo aviso se congela asustado diciendo no te amo, dejándome con los brazos estirados. La luna lo sabe, una estrella se lo contó, la estrella que te trajo y que reconocí en tus ojos alumbrados de pestañas de sol. La Estrella de los Solitarios no se equivocó, ella sabe que eres tú, y yo sé que volverás, porque este es tu conjuro de amor, esta es la magia con la que teñí tu cuerpo, con mi lengua cada rincón.

Volverás niño, volverás cuando seas hombre, cuando lo hayas vivido todo siendo siempre un visitante, porque yo soy tu tierra, porque en mi vientre está el fuego que calentará tus manos, porque ya has conocido la profundidad de mis ojos almendrados, porque has provocado el gemido intenso y la lluvia de felicidad, porque puedes correr toda tu vida, pero volverás, porque necesitas aprender a amar, porque nunca imaginaste mujer de uñas fuertes y caricia de mar, porque jamás escuchaste vociferar teamos a un huracán, ni saboreaste besos dulces en el desierto inmenso, en el sentimiento eterno.

En esta noche de luna llena, con estas manos y esta boca mía, esparzo la luz blanca del conjuro que tendrá tu pecho atado, dejándote vivir en libertad siempre sediento, y cuando te hagan hombre los tambores del tiempo, volverás por el sorbo de vino de mis caderas que te embriague de la valentía que necesitas para desanudar los lazos de cargas añejas, ajenas. Sólo entonces tendrás la fuerza para admitir que hace años me elegiste para amar.

En esta noche de luna llena, existes tranquilo mientras te olvido, y a mi me tranquiliza la Estrella con un guiño, recordándome el único motivo por el que te dejo ir con un suspiro: el conjuro que llevas en la piel, en cada lunar, un conjuro de amor con mi nombre… tú no lo sabes, pero volverás.