sábado, octubre 28, 2017
domingo, agosto 07, 2016
Color sol
viernes, enero 15, 2016
Mis amantes
miércoles, agosto 13, 2014
¡Adiós, Papito! Nos vemos en el cielo
Sin embargo, no voy a exagerar en mis palabras, sé que este hombre de dos almas podía tener una forma bien desagradable de decir las cosas, sin filtro, con una honestidad brutal, absolutamente incapaz de guardarse su opinión, y al mismo tiempo con una capacidad impresionante para poner nerviosa a la gente, para narrar las situaciones de tal manera de tener la razón y para ser más exigente que la voz de la consciencia. Ni se les fuera a ocurrir tener la televisión prendida mientras conversamos o interrumpirlo sin dejarle terminar su punto… La verdad es que podía ser bien pesado e impertinente, pero casi todas las veces hacía suyos los problemas que le contaban y trataba de buscarle una solución, ayudar de alguna manera. Y si era exigente, era porque quería que todos sacaran lo mejor de ellos mismos, que se superaran.
Cuando supimos que tenía cáncer, el 9 de agosto de 2011, les dije a mi papás: “Este es el plan: vamos a ser todo lo felices que podamos, todo el tiempo que podamos”. Y así lo hicimos, nos dedicamos a salir, a ir a comer a bonitos restaurants, a ver películas, a asistir a conciertos, a leer muchos libros, a darnos el tiempo de tomar un café cortado, a tener muchas tertulias de vino y guitarra, de chistes y canciones. Nada se dejaba para mañana, la vida la vivíamos a propósito y compartíamos cada instante, nos regaloneábamos, nos dábamos gustitos, nunca nos íbamos a dormir sin decir buenas noches.
Pero lo que más hicimos para cumplir nuestro plan fue viajar. Mi papá siempre decía que una de las cosas que más le gustaba hacer en la vida era viajar. Así que en diciembre de 2011 envié a mis papás a Buenos Aires, en febrero 2012 nos fuimos al sur de Chile, en abril de ese mismo año viajamos a Disney gracias a Andrómaco, y en agosto conocimos la inigualable Isla de Pascua. En enero del 2013 fuimos a Río de Janeiro y Buzios, y en agosto al Cuzco y Machu Picchu. Tenemos miles de fotos de tantos bellos e inolvidables momentos.
Fue una época extraña, porque era por un lado, el peor momento de nuestras vidas por esta desgarradora enfermedad sin cura, y al mismo tiempo, el mejor momento de nuestras vidas porque disfrutamos como nunca, las palabras cariñosas no se guardaban para después y las disculpas se pedían en menos tiempo. No sé si dejamos de tener otros problemas o las cosas que antes nos hacían problema ahora parecían simples y superficiales, todo por la urgencia de ser felices, ahora ya.
Y cumplimos el plan, ¿cierto, mami? Me encargué personalmente de convertirme en la hada madrina de sus cuentos y nos dedicamos a cumplir sus sueños… Quedaron algunos sueños sin cumplir, como ver la parcela convertida en un parque, como ver el departamento que me compré terminado, como ver construida la casa de Manott, como ver crecer a su nieta… Sí, quedaron algunos sueños sin cumplir, pero estoy segura que aunque viviera hasta los cien años se iría con sueños sin cumplir, no porque no luchara por cumplirlos, sino porque no paraba nunca de soñar.
Cumplimos el plan. ¿Y ahora? ¿Ahora que mi papito ya no estará? Bueno, ahora el plan es el mismo: ser todo lo felices que podamos, todo el tiempo que podamos, teniendo sueños que inspiren el futuro, pero viviendo el presente.
Siempre le preocupó la trascendencia, decía que él no se podía morir sin dejar una huella, un legado, y creyó dejarlo en las canciones que escribió y compuso, no sólo infantiles, también folklóricas y baladas. Pero su trascendencia va más allá de lo artístico, está en sus mensajes, en todas las personas que tocó con sus palabras mostrándoles otra manera de mirar, en todos a quiénes inspiró con su ejemplo de fortaleza, perseverancia y de disfrutar la vida a pesar de los problemas, de no dejarse abatir.
martes, junio 24, 2014
Adiós, Gabriel García Márquez
como que las niñas que desobedecen a sus padres se convierten en tarántulas con cara triste,
o que un hombres viejo tenga alas y se debata si es ángel o gallina gigante.
Me enseñó que en la literatura nada es ridículo,
Ni títulos interminables como "La increíble y triste historia de cándida Eréndida y su abuela desalmada", ni que se desmantele y queme un pueblo por el rumor de que algo terrible va a pasar...
Me enseñó que el arte no surge con palabras bonitas, sino con la belleza de la creatividad.
Me enseñó que una novela no es buena necesariamente si recuerdas la historia,
es buena cuando recuerdas qué sentiste al leerla.
Me enseñó que el único límite de la literatura es la imaginación del escritor.
Y fue uno de los que me enseñó, entre página y página,
que la literatura es mi verdadero amor,
que cada noche deseo la compañía de un libro antes de dormir para poder soñar,
que la trascendencia es que un libro lleve tu nombre en su portada,
y que la inmortalidad es que te lean incluso después de morir.
Gabriel, no por el premio Nobel, por la creatividad surrealista de tus palabras, te leeremos cien años, ¡mil años!, porque mientras existan escritores como tú, no habrá en mis noches soledad...
domingo, junio 15, 2014
Fulgor
martes, abril 09, 2013
Punto de inflexión
Ese mágico segundo en que realmente lo vi y realmente lo escuché, y entendí lo hermoso que era. El privilegio de la confianza y la fortuna, la fortaleza de saber valorarla. El compromiso con su desnudez y el arrojo para protegerla, no con ropajes y finas sedas, con espejos, miles de espejos que lo exhibieran tan bello como yo lo vi, y le convencieran.
Ese bello segundo, punto de inflexión. Eres más humano ahora para mí.
lunes, diciembre 24, 2012
Carménère
lunes, julio 09, 2012
El tercer párrafo
domingo, abril 01, 2012
Aprendizaje desgarrador
domingo, noviembre 27, 2011
Sed
sábado, julio 02, 2011
Un capítulo
Ya fue el adiós, y el alivio de haberlo dicho todo y de despedirse con un beso es de una belleza poética, tenue y tranquilizadora. Sin embargo, muy a mi pesar, la ilusión no se retiró contigo: aún te espero; algo me dice como consuelo que volverás… tal vez mi masoquismo. No obstante, no duele, como la incertidumbre o como la frustración de la expectativa diaria.
Ya fue el adiós, y estoy en paz. Te espero sin esperar, no me paraliza la vida el sentimiento ni me moviliza a buscarte la ilusión. Hoy me sobrecoge la dulzura de nuestra despedida y la tibieza que me acompaña en el pecho esboza mi sonrisa.
Que el círculo se haya cerrado tan prolijamente es un sueño cumplido, libertad para mi corazón. Sólo me pesa que haya tenido que tener un final, esta historia en la que aún había tanto que narrar, tantos capítulos que planeamos y que nunca llegamos a escribir. Tal vez fue lo mejor, menos recuerdos son menos recursos para sufrir cuando los protagonistas deciden vivir cada uno su propia novela.
Pero yo no olvido. Quedó pendiente nuestro paseo por Valparaíso. También ir a comer comida árabe y pedir sushi en abundancia. Incluso insinuamos un viaje a Brasil. Leer juntos, sacarte una foto, ir a bailar. Y lo más importante: decir que sí cuando me volvieras a pedir que me quedara a dormir contigo.
Quedó pendiente, pero ya fue el adiós, y es tiempo de vivir mi novela.
domingo, mayo 29, 2011
En tu departamento
En el departamento a oscuras, el ventanal que exhibía Santiago de noche parecía un cuadro luminoso. Bebimos Martini, sentados frente a frente, contemplando la sobrecogedora vista, y sólo las luces de la ciudad dibujaban tu rostro. Me puse de pie para robarle algo de protagonismo al paisaje y seguiste mi impulso, pero no dejaste de hablar de esos interesantes y profundos temas que me encanta escuchar excepto cuando se nos regala la soledad.
Me volví a ti y con un dedo en los labios predispuse tu boca para el beso que aún no ocurría. Luego tomé tus manos y las guié a tu pieza sin dejar de mirarte a los ojos, casi temiendo que se rompiera el hechizo y que Santiago te volviera a hipnotizar. Una vez junto a tu cama, solté tus dedos y con los míos me saqué la polera gris y desabotoné lentamente tu camisa a cuadros. Di un paso más cerca para que sintieras la tibieza de mi piel, abrazándome a tu cuello. El contacto te hizo despertar y, como recién entendiendo mi intención, con una mano aferraste mi cintura y con la otra mi cabeza para protegerla mientras tu rápido pero delicado movimiento me acostaba en la cama de blanco cobertor.
-Eres incluso más bello a la luz de la luna.
Y me besaste por fin.
miércoles, mayo 04, 2011
Se busca a Alex
Busco a Alex. Si alguien sabe de él, le ruego contactarme. Desconozco su dirección, su edad, su apellido y, probablemente si estuviera frente a mí, no lo reconocería. Sólo conservo de él una historia, que ha entibiado mi corazón por años, y escribiéndola pretendo encontrarle.
Yo tenía diez años y ese día primaveral acompañé a mis padres a conocer un Club de Campo en Mantagua. Almorzamos en un lujoso restaurant y luego un monitor tomó mi mano para darle tranquilidad al caballero que intentaba convencer a mi padre de que comprara un departamento de tiempo compartido.
El monitor me llevó con otros hijos a un salón especialmente equipado para la entretención infantil, con la esperanza de que si pasaba un buen día, influyera en la decisión de mis progenitores. Era un lugar tan lindo como intimidante. Había habitaciones con televisores y videojuegos, mesas llenas de cuentos y libros para pintar, millones de lápices de colores y puzles, sillones donde estaba permitido saltar y paredes que podíamos rayar. Mesas de taca-taca, pimpón y, sobre todo, muchos niños. Eso, junto con una libertad impensada para mi edad, era lo más intimidante.
Yo solía ser una niña muy sociable, que se acercaba a cualquier infante desconocido para invitarlo a jugar. Mi desenvoltura asustaba a mis pares y casi siempre terminaba sola. El fenómeno escapaba mi comprensión, nadie parecía valorar la vergüenza, la posibilidad de rechazo y el riesgo que yo corría, por lo que pronto desistí de mi vano intento de hacer amigos y abracé la soledad de mi pieza, llena de muñecas, barbies y tacitas de té.
Fue entonces cuando conocí a Alex. Él me vio vagando por las tentadoras entretenciones sin ambicionar ninguna, y cuando ya me disponía a recorrer los jardines, rogando que el día terminara a la brevedad, me saludó:
-¡Hola! Me llamo Alex, ¿y tú? –nunca olvidé ese nombre que pronunció con una sincera sonrisa y destellantes ojos verdes.
-Coni.
-¿Y qué vas a hacer, Coni?
-No sé. Casi todos los juguetes están ocupados…
-Pero podemos ir a las actividades al aire libre –me sorprendió el plural que tan rápidamente empleó implicando un “nosotros”. ¿Sería una tomadura de pelo? ¿Quería hacerme una broma para reírse de mí con otros niños? No sería la primera vez que me pasaba… Decidí que era mejor estar atenta. –Hay bicicletas, paseos a caballo, piscinas con clases de nado, excursiones en el bosque…
Él parecía muy entusiasmado en su auto-designado rol de anfitrión. Yo tenía miedo.
-No sé dónde quedan –fue todo lo que logré responder.
-¡Yo te llevo! –y antes de que pudiera negarme por precaución, Alex tomó mi mano y me sacó del salón de juegos.
Su mano era grande, suave, tibia, regordeta y sudorosa, pero no me importó que humedeciera la mía, había algo en ella que me hacía sentir especial.
Alex me guió por todo el Club de Campo y me llevó a participar de todas las actividades programadas con una sonrisa incansable, pero no pude encontrar la mía, ni diversión en ninguno de los talleres al aire libre. A penas se percataba de que su elección no provocaba el brillo de la emoción en mis ojos, desistía, y sin perder entusiasmo, me llevaba a otro lugar. Tal vez la piscina habría sido un acierto, sin embargo, al no haber llevado traje de baño, no pudimos averiguarlo. Sólo nuestros pies y manos disfrutaron del agua mientras él hablaba. No recuerdo qué decía, no debe haber sido algo muy profundo ni importante, pero ocultaba el silencio de mi poco usual timidez y acompañaba mi frecuente soledad. Yo no quería hablar, tal vez mis palabras me despertarían, y prefería contemplarlo como a una entretenida película. Nunca se quejó de mi escaso entusiasmo a pesar de todos sus esfuerzos, probablemente veía el miedo en mi cautela y la gratitud en mi rostro redondo.
Las bicicletas definitivamente no fueron una buena idea, con repentina torpeza me enredé en los pedales, caí y me rasmillé las rodillas. Para mi sorpresa, Alex botó de un golpe su vehículo y se culpó a sí mismo mientras me ayudaba a ponerme de pie. Él estaba aliviado de no haberme perdido en lágrimas y pedía disculpas una y otra vez. Yo estaba roja como un tomate, pues solía ser muy buena ciclista: mi comportamiento era inusual, como todo ese día.
La última parada y su número triunfal era la cabalgata a caballo. Su cara de satisfacción y autocomplacencia era radiante y casi no cabía en sus facciones al escucharme suspirar:
-Esto es increíble.
Nos acercamos al instructor para solicitarle un paseo en los enormes y preciosos animales de pelaje brillante. Alex pareció estar a punto de desmayarse, finalmente abatido y derrotado, cuando el encargado le informó que yo no podía montar porque vestía falda, y era requisito llevar pantalones.
-Alex, no te preocupes, buscaremos otra cosa que hacer –intenté animarlo.
-¡No! Esto es lo único que has querido hacer.
-No es verdad, lo hemos pasado muy bien –ahora yo también empleaba desenfadadamente el plural-. Olvida los caballos…
-¡NO!
Me asusté cuando salió corriendo con su cara encolerizada y los ojos decididos.
Me quedé sola, sin tener claridad hacia dónde me debía dirigir, y notando de pronto que el sol se acercaba a su coronación con el horizonte. No me entristecí, era algo que esperé todo el día que sucediera. Sonreí amargamente al ver que desde un principio tuve razón y al decidir que albergaría sólo lo bello de la jornada. Mi única preocupación era encontrar el camino que me llevara con mis padres.
Cuando, con mi escaso sentido de la orientación, elegí el rumbo más probable, escuché una voz jadeante que gritaba mi nombre. Era Alex que corría a toda velocidad en mi dirección, o al menos, eso me pareció.
-¡Ya lo tengo, Coni! –me dijo al pasar junto a mí y seguir su carrera hasta un auto azul.
No sabía qué pensar. Me dio rabia, pena, agobio y alegría su retorno y su exacerbado entusiasmo, irrespetuoso del duelo que yo acababa de vivir para volver a mi soledad. Lo seguí caminando con precaución, lo vi abrir el auto y sumergirse en la maleta buscando algo. Cuando llegué a su lado me ofreció triunfante unos enormes pantalones de jeans, que debían ser de su padre.
-Puedes cambiarte en el auto, juro que no espiaré. Pero debes apurarte para que alcancemos a pedir un caballo antes que cierren el establo.
Mi expresión debió ser una mezcla de horror y estupefacción. Definitivamente se había vuelto loco, y yo no podía articular palabra ante la visión de mi ridícula imagen con esos gigantescos jeans tratando de subirme al equino.
-¡Vamos, Coni! Te juro que no miraré, voy a tapar la ventana con una manta-. Sí, estaba loco, y había malinterpretado mi preocupación.
-No, olvídalo, me voy a ver horrible con eso.
Él se rió, como si fuera una broma mía o como si estuviera exponiendo banales argumentos. De alguna forma que aún me es un misterio, logró convencerme y meterme dentro del auto. La loca ahora era yo.
Me saqué la falta y me puse los jeans con resignación, asumida como un condenado a muerte, aceptando mi destino y preparándome para el ridículo público. Cuando salí del auto, el rubor en mis mejillas contrastó con la fría brisa marina, que había invitado a todos los posibles testigos a buscar refugio en los salones o departamentos del Club de Campo. Éramos solo Alex y yo.
-¡Perfecto! –sonrió, me tomó la mano y corrimos al establo. Su sonrisa no era irónica.
Creí que moriría de vergüenza cuando intentaba subirme al enorme caballo con una mano afirmando las riendas y con la otra mis nuevos pantalones para que permanecieran en su lugar, transpiraba como si estuviera en el infierno: algo trágico iba a pasar, o me caía del animal estampándome contra el suelo, o se me caerían los jeans dejándome en calzones frente a Alex y al instructor que, muy divertido por la escena, me ayudaba a subir. Este era el momento perfecto para la burla, pero Alex estaba muy serio evaluando el éxito de su solución.
Finalmente lo logré, escapé de mi inminente visita al abismo de fuego, y celebré con una sonrisa. Pero a pesar del esfuerzo, el paseo a caballo es de lo que menos me acuerdo, y la última imagen que tengo de Alex es su nerviosa petición de mi número de teléfono para que nos volviéramos a ver. Recién entonces entendí que no era una broma, que nunca quiso dejarme en ridículo, y me sentí culpable por haber desconfiado de él todo el día, el único día.
Volví con mis padres, y en casa me esperaba una terrible noche en el baño, vomitando el fino almuerzo del lujoso restaurante del Club de Campo. Tal vez no era tan fino y son los ojos infantiles los que exacerban las percepciones. Tal vez el recuerdo de Alex también está exacerbado por el mismo factor, pero luego de trece años aún anhelo verlo y decirle que me arrepiento de no haber ido a su parcela cuando a los pocos días me invitó por teléfono, que aún busco la libreta donde anoté descuidadamente su número y que perdí en una mudanza, que aún lo busco.
Se busca a Alex. Si alguien sabe de él, le ruego contactarme. Te busco, Alex. Si te has reconocido en estas líneas y aún está en pie tu invitación, por favor, contáctame. Juro que esta vez iré con mis propios jeans.
jueves, febrero 24, 2011
El globo
Cada domingo la Avenida Pedro Montt se viste de colores llamativos, globos, chayas y cintas, y en la huella lineal del pavimento desfilan personajes de asombro para todos los infantes: grandes carabineros, con imponentes atuendos verdes, que han cerrado el tránsito para llevar cabo la esperada fiesta; payasos con exageradas sonrisas rojas y risotadas tronantes; malabaristas con pelotas de goma, diávolos, clavas, aros; mujeres gatunas que en las veredas convierten, con maquillaje, a niñas gatunas; parvularias que entregan tizas e incorporan a quien quiera pintar el suelo; caballeros dueños del sabor del cielo en forma de algodón de dulce rosado; señoras amas de la fragancia de la felicidad que transportan en sus carritos rojos y venden como cabritas…
Alonso sentía esa fragancia y sabía que le era ajena, su boca se le hacía agua por cielo y sabía que era demasiado gris para algo tan rosa. Siguió recorriendo la Calle del Niño, haciendo caso omiso de lo deseado, en busca de un lugar que le permitiera disfrutarla sin requerir necesariamente de los padres que no lo acompañaban. Sintió un fuerte golpe en su abdomen que lo obligó a agacharse, y sólo alcanzó a notar el cuerpo de un niño que arrancaba entre gritos desgarradores. Cuando al fin pudo alzar su cabeza de nuevo, la tapó rápidamente con sus manos y se arrojó al piso, pues una persona de mil metros avanzaba en pasos largos, lentos y monstruosos con unas piernas cuatrocientas dos veces más grandes que las suyas.
-Es un hombre en zancos, hijo, tranquilo – es lo que trataba de explicarle el progenitor a su heredero mientras lo consolaba en brazos, pero a Alonso nadie le podía dar a entender qué eran los zancos ni qué hacía tamaño gigante en un lugar para la entretención de niños, así que permaneció escondido entre sus brazos, rezando que desaparecieran monstruo, padres, madres, hijos, vendedores, payasos, chayas inadecuadas que dificultaban su respiración en conjunto con el polvo del pavimento… hasta que se vio obligado a abandonar su posición, pues así se lo solicitaba una obesa señora con delantal a cuadrillé verde que con una voz feliz le preguntaba si estaba bien y si quería pintar con los otros niños.
Al fin tiza en mano y arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y no sabiendo qué dibujar. Había unos trazos blancos en el piso formando una casa, obra de un niñito rubio de ojos azules; pero Alonso no podía imitarlo, porque él no tenía un hogar. También vio un retrato que pretendía reflejar una mamá, un papá y a la autora de manos blancas y vestido rosa; pero Alonso no podía imitarla, porque él no tenía una familia. Por último, se fijó en el movimiento alegre que realizaban los dedos de un morenito gordito bien vestido que ya terminaba un gato pelirrojo y felpudo que jugaba con una bola de lana; Alonso supo que podría imitarlo, porque él sí tenía una mascota: un perro fruto del coito indebido entre una labradora y un pastor alemán, llamado tiernamente “Quiltro” y asediado despiadadamente por pulgas amigas.
Al fin tiza en mano, arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y sabiendo qué dibujar, estaba Alonso, ensuciando el pavimento con un desproporcionado ser de cuatro patas que jugaba con basura, cuando llegó por el aire un agradable silbido. Al parecer no fue el único que lo percibió, pero sí el único que no entendía su real significado. La totalidad de los niños abandonaron inmediatamente las tizas por las que se peleaban y los dibujos en que emplearon tanta dedicación, para salir corriendo en violenta estampida al encuentro con el sonido dulce. En un par de segundos, Alonso se quedó solo, lo perdió todo, tiza, perro desproporcionado, posibles amigos… Pero en un par de segundos más, observó cómo volvían corriendo, ya no violentamente sino eufóricamente, con un globo que les vendió quien silbaba y les compró quien los cuidaba.
Era un juego desatado. Cada niño había elegido un color, y perseguía por toda la calle a quien tuviera el mismo; se cambiaban globos, se disputaban en mortal duelo, se convertían en ranas y en príncipes azules, se reían y volvían a correr. Alonso debió levantarse del piso para no ser aplastado, y para no presenciar cómo todos disfrutaban de algo a lo que él no podía acceder. Vagó por las veredas, intentó silbar. Y cuando las risas de los niños con globos fueron más fuertes que el aire que pugnaba por hacerse sonido desde su boca, se apoyó en un árbol viejo para que su cuerpo no cayera al piso de tanto evitar que lo hicieran sus lágrimas.
Una hoja se abalanzó desde las cansadas ramas al contacto del niño, y Alonso se asombró de lo grande que era esa cuasi-redonda hoja de un verde desteñido, que combinaba con los colores de un otoño próximo. Volcó su mirada hacia el árbol, y encontró una última hoja debatiéndose entre caer y equilibrar: estaba seca, hacía tiempo que no pertenecía al anciano tronco, mas no quiso abandonarlo, tal vez por falta de propósito para volar, o por falta de una corriente de aire satisfactoria para llevar su gran magnitud. Alonso la tomó delicadamente del tallo, y la observó. Tembló unos momentos, pero luego, con una gran sonrisa, se largó a correr entre los niños luciendo su globo plano. Nadie cayó en cuenta de que no estaba hecho de plástico ni de que no poseía aire dentro.
Debió detener su veloz andar, pues él tampoco parecía poseer aire dentro, y su mirada se tropezó con unos ojos que ya no podían mirar de tanto líquido desconsolado que emanaba de ellos. Se aproximó a la niña de la vereda y le ofreció su globo:
-Pero eso que tienes ahí es una hoja, y yo quiero un globo.
-Pero eso que tienes ahí es una lágrima, y yo tengo una sonrisa.
domingo, enero 23, 2011
Moloko
jueves, enero 13, 2011
Transición
miércoles, octubre 27, 2010
Voz
domingo, septiembre 26, 2010
El plan
domingo, septiembre 05, 2010
El fin de la espera

No me arrepiento ni de los besos ni de las caricias que te di, tampoco de haberte negado que hiciéramos el amor, porque era el punto justo de entrega, el reflejo físico de nuestros sentimientos: cariño y pasión, que aún no llegan a lo más profundo. Y fue muy lindo, sentir nuestra desnudez abrazándose, como si fuera lo correcto, lo más natural del mundo, los besos y los movimientos espontáneos tan coordinados, como sabidos desde siempre, coreografía de almas gemelas…

Me preguntaste por qué te amo. Y enumeré: porque tienes los ojos más hermosos que he visto, porque eres tan inteligente y a la vez tan ingenuo, porque tocas piano y guitarra, porque te gusta bailar, porque juegas cartas, porque eres más alto que yo, porque a mi familia le encantas, porque haces sorpresas, porque me haces sentir linda y especial. Entonces me retaste. Dijiste que no podía siempre necesitar de otro para validar que soy linda y especial, me dijiste ¡ya lo eres!, no me necesitas a mí para eso. Y tus palabras me tocaron como el reflejo de un espejo y te di la razón. No obstante me quedó dando vueltas la pregunta, ¿por qué te amo? No amo una sumatoria de cualidades, amo la certeza de que seríamos buenos compañeros de vida, de que podríamos envejecer juntos sin aburrirnos, de que podría amarte hasta el fin de mis días.

Te pedí que te quedaras conmigo, querías, lo sé, pero tenías un compromiso, un cumpleaños que compartir con ella tal vez… Y entonces lo vi. Vi en tus ojos hermosos la desconexión, la señal de que no tienes prisa, de que no estás listo para volver. Ay, mi niño, no sabes cómo me dolió ver en tus ojos que no, que nuevamente no. ¡¿Qué demonios pasa contigo que no creces, que no maduras de una vez?! ¿Qué demonios pasa conmigo que no te olvido de una vez?
Si fueras un poquito más valiente, un poquito más hombre… si me quisieras un poquito más… Mis palabras te tocaron como el reflejo de un espejo y me diste la razón: si tan sólo un poquito más… Etapas distintas de la vida, dijiste, y yo pensé ¡pamplinas! Pero es verdad, sólo me queda olvidar.

Debo admitir que me enterneció tu infantil respuesta: “¿y qué pasa si me olvidas y yo vuelvo a conquistarte?”. Tal vez ya no esté aquí. Y espero no estarlo, no esperar más el milagro ni regalos planetarios, no quiero que vuelvas porque a las estrellas se lo he rogado. Quiero seguir con mi vida, quiero ser feliz, quiero que algún día alguien quiera hacerme feliz. Y ese no eres tú. Tú sólo disfrutas de la felicidad que yo te doy. Y no te culpo, asumo mi responsabilidad, te he malacostumbrado, malcriado, mi niño bello. Pero ya no más, ahora viene el castigo severo. No para ti: para mí. Porque no soy tu madre, no es mi rol enseñarte. ¿Quién soy yo para educarte en el sentimiento? Yo amo así, ¡tan intenso! Pero no quiere decir que sea lo correcto. No debo esperar a que aprendas, debo aceptar que nunca se te encenderá el corazón con el fuego que entibiará mi hogar. Debo olvidarte y resignarme, debo aceptar que con tu fuego moriré de frío. Yo necesito más. Yo necesito amar a un hombre, no jugar con un niño.

“Cuando las cosas están cerca no las quiero, y cuando están lejos las echo de menos”… ay, maldito afán masculino… pobrecitos ustedes, así es imposible la felicidad. Y yo me iré lejos, si logro hacer tripas el corazón, no para que me eches de menos, sino para buscar una especie más sana de amor. Porque de eso sé, sé de amar, no de miedos, no de cobardías, no de huídas al sufrimiento. Saber de amor es saber de dolores, y sufrimiento es una medallita de oro que llevo orgullosa en el pecho, porque me permitió la plenitud de la vida, respirarme la primavera, beberme el invierno todo, ser una con la existencia y fuerte con la adversidad, nada da miedo cuando llevas amor por dentro… Y tú tienes tanto miedo a sufrir, que me hace pensar que no tienes una gota en tu sangre de ese sentimiento. Así no vale la pena, prefiero que te quedes con ella y sean moderadamente felices en su existencia cómoda. Yo, aunque me quede sola, peregrinaré peleando batallas, dejando mi sangre en los campos, amando a la flor y a su prado, iré por la vida como los héroes, y moriré joven con un cuerpo embellecido por cicatrices, porque no recordamos en nuestros libros a los que viven más, sino a los que viven mejor, y yo llevaré en mis viajes un cuaderno donde escribiré el testimonio de mis ojos que presenciaron la vida. Cuando muera, podrás leerla para conocer cómo se veía.
Porque eres un principito y yo no soy princesa, no tengo torre ni quiero construirla para esperarte sola y paciente en ella. Yo soy hechicera, que combina esencias, que baila con largas faldas y sus pies en la tierra, que bendice, que maldice, que llora, que ríe, que corre, que vive, que hace lo que esté a su alcance para lograr lo que quiere. Soy hechicera que puede sacar su espada y matar, soy hechicera hermosa que puede llorar con la belleza de un atardecer. Y tú eres un principito que gusta de lo que no puede tener, que rechaza lo que tiene, ¡te amo! Pero he de olvidarte, porque en mi peregrinaje necesito la compañía de quien me cuide aún no estando en peligro, de quien luche por mí aún teniéndome a su lado.

Te deseo lo mejor, tú deséame suerte y fuerza para desterrar el poema de tu nombre que versé en mi corazón.
jueves, agosto 26, 2010
El día después de mañana
domingo, agosto 22, 2010
La última noche y mañana
Mañana me lo va a decir, al fin me lo va a decir. He esperado casi un mes por una respuesta y mañana la tendré… tal vez si yo hubiera esperado más, ésta sería positiva… Pero ya decidió, y está bien, sólo hace lo que encarecidamente le pedí: “¡bésame o rómpeme el corazón de una vez por todas!”. Esta noche debo prepararme.
Sólo tengo esta noche, porque mañana me lo dirá, dirá que no quiere hacerme daño, que soy una gran mujer, que ya encontraré a alguien que me merezca, alguien mejor; dirá que siga adelante con mi vida, que gracias por todo, pero que no me ilusione, que lo intentó, que no funcionó… tal vez me ofrezca su amistad como consuelo, algo que forzosamente deberé rechazar porque evitará mi presencia de todas formas protegiéndome de vanas esperanzas…
