domingo, octubre 14, 2018

Buenos Aires, II


He ido descubriendo que Buenos Aires es una ciudad que se bebe lento y a tragos cortos, como el café muy caliente. Es intenso y fuerte como un expreso bien preparado. Fue ingenuo de mi parte querer conocerlo todo de una vez, sería quemarse la lengua y perder la oportunidad de saborearlo bien. Quedaré con gusto a poco, lo sé, como rápido se acaba el breve expreso, obligándome así a pedir otro, a volver por más, a ahuyentar el sueño sólo por el placer de disfrutarlo otra vez.

                Cuando preparé mi viaje, me pareció que no había mucho que ver, nada tan deslumbrante: una catedral, los tribunales, el congreso, un teatro, un cementerio, un obelisco, y poco más, como todas las ciudades… bueno, también una casa de gobierno de un color poco común y Caminito, que sí parecía bastante único, pero me preguntaba dónde estaba la magia de la que todos hablaban. Sólo una vez recorriendo entendí que no se trata de lo que ves, sino de lo que sientes, de lo que te das el tiempo de vivir y habitar en esa ciudad.

                Sin embargo, Buenos Aires es traicionero, es publicidad engañosa que te susurra al oído un tango, que te cuenta cuentos Borges, Cortázar y Sábato, que te invita a una escenografía perfecta para el romance y la locura, y que te permite creer que tú puedes ser la protagonista de ese montaje, que cualquiera de esos atractivos argentinos -deliciosa mezcla entre italiano y latino- puede ser el galán misterioso, apasionado, tan masculino, casi violento al compás de Gardel, con esta atmósfera bohemia que deja el puerto entre la neblina del cigarro y el rojo de los labios en la calidez soberbia de un Malbec.

                Los shows, las presentaciones callejeras, no son más que un eco nostálgico que repite en coreografías aprendidas lo que tal vez, alguna vez, fue; lo que probablemente, hace mucho tiempo, algún loco como yo, fantaseó e inventó. La ciudad repite eternamente esa ilusión, que enloqueció a varios, que tal vez nunca existió, pero que sigue atrayendo a cientos como un hechizo, a quienes ingenuamente ansían encontrar el sentimiento de Piazzola, la sensualidad de los movimientos atrevidos, la pierna arriba, su boca en mi cuello cuando entrego al cielo el rostro, su mano sosteniendo mi espalda en el límite mismo de lo adecuado, casi descarado, nuestras caderas tan cerca. Nadie fantasía con la penetración, aunque la desee, sino con todo lo que lleva a ésta, y Buenos Aires hace una promesa que no puede cumplir. ¿Dónde están los hombres que representa el tango? ¿A quién le ocurren las historias que inspiran ese qué se yo? Buenos Aires es una gran obra de teatro, con personajes disfrazados, ¡un divino espectáculo!

Pero no te confundas, esta ciudad es para los románticos, lo que Disney para los niños: te hace creer en la magia, que todo es posible, que alguien, ahora mismo, al verme sola escribiendo acompañada por mi doble expreso, se levantará de su mesa y se me acercará. Valiente y descriteriadamente, se sentará junto a mí, y con sus ojos verdes resaltando en su piel trigueña, me dirá:

¾     ¿Cómo te llamás, linda?
¾     Valeria, ¿y tú?
¾     Facundo. ¿De dónde sos, belleza?
¾     De Chile.
¾     ¡Ah, chilenita, qué bien, bienvenida!
¾     Gracias.
¾     ¿Y qué hacés? ¿Andás con alguien?
¾     No, de paseo nada más, vine sola.
¾     ¿Cómo sola? ¿Por qué?
¾     ¿Por qué no?
¾     Porque te puede pasar algo.
¾     Eso es exactamente lo que quiero: que me pase algo, que me pase alguien, que me mires y te atrevas a acercarte, que quieras mostrarme la capital de beso en beso.

Esa era la prueba de fuego: un chico normal después de eso saldría corriendo, me tomaría por loca o puta.

Él respiró profundamente y puso su mano en mi pierna, antes de decir mirándome:

¾     ¿Vamos?

domingo, mayo 27, 2018

Es hora de vino tinto


Es hora de vino tinto. Del vino tinto de la vendimia de mi corazón roto.

Me bebo mi propio dolor, en esta copa sangrienta, mientras hago un brindis con mi soledad.

Es hora de vino tinto. Es hora de brindar. Es hora de abrir los ojos.

Hace tiempo que no dolía así, así físicamente. Me hace sentir viva mientras muero, te concedo eso. Me hace sacarte de la cabeza y pasar al cuerpo, donde son posibles las anestesias de los vicios, del vino tinto, de la sangre de mi amor derramado en vano.

Me dueles, ¿sabes? Me dueles físicamente en el pecho, en ese mismo pecho que se le hacía pequeño a mi corazón del asombro, de la sangre caliente alborotándose por sentir la tuya en mis uñas, en mi piel, tu sabor en mi lengua, tus manos violentas, tu deseo oscuro.

¿Sabes? Ni siquiera te culpo, yo soy responsable de este dolor, me lo he provocado yo. Yo y mi insistencia, mi estúpida e ingenia ilusión, de que aún quedaba fuego en las cenizas, una pizca de calor. Pero las cenizas eran sólo yo, mis alas, mi cuerpo carbonizado, del que otra vez deberé renacer. Mas ya no quiero ser fénix, ¿sabes? Quiero ser alondra, quiero ser canto y primavera, aunque tenga sólo una vida y una muerte, aunque me mate el invierno y su primera helada, saber que al menos construí un nido de amor.

Dicen que mañana es otro día, dicen que al menos te debo agradecer la honestidad, que debe significar que de alguna manera soy importante para ti. Vaya premio de consuelo tu consideración, permíteme darte las gracias por la decencia, que al parecer ni con eso debiéramos contar. Pero también una pensaría que el brillo de tus ojos y la sed de tu cuerpo por el mío, tu voz gritándome “eres mía, eres mía, ¡eres mía!”, significaría que soy importante para ti; pero vamos, ¡¿qué sé yo?! Ave ingenua, ¿cuántas veces aún debo arder?

Dicen que mañana es otro día, quién sabe, tal vez mañana ya no me importe el amor, y con alas renovadas me aventure por otros cielos, donde sea hora de vino blanco, un dulce Chardonney, brindando por la fortaleza de emprender vuelo una vez más.

lunes, enero 15, 2018

Nombres

Abrí la llave, y como quien prepara un conjuro, un mágico brebaje, vertí los ingredientes: sal de mar, burbujas, algunas esencias. Prendí una vela, puse música acorde, traje mi copa de Amaretto Di Saronno y los cigarros, y cuando estuvo todo dispuesto, el agua tibia, me desnudé y sumergí en la fantasía del relajo, en mi propio estereotipo de amor propio y paz. Al fin, un momento sólo para mí, sin deberes, sin apariencias, sin más juicios que los míos.

Juego con la espuma y dejo a mi cuerpo que se sienta liviano, mecido por el agua. Intento que mi mente haga lo mismo, pero todas las canciones hablan de amor…

Y entonces, llega a mí una avalancha de nombres, de hombres, de historias que ya tuvieron final. De pronto, esta tina se transforma en un mar intranquilo, y como olas, me embisten sus recuerdos.

Esa manera en que Patricio me decía “Buenos días, bonita, te he pensado todo el fin de semana, estoy ansioso por verte, todos se van a dar cuenta de cómo me brillan los ojos cuando llegas, es que no puedo dejar de mirarte, mi bonita”, con una ternura que sorprendía a mi niña herida, que entibiaba mi corazón y despertaba mis ganas de jugar, de saltar, de abrazar a ese hombre con el que podía ser débil y vulnerable.

Esa manera en que Javier me tomaba en sus brazos y en la cama me decía “Eres una loba, eres una fiera, eres mía, eres mía”, con una pasión que habría derrumbado el mundo entero entre mis piernas, apagando la luz del sol con un gemido y el suspiro final.

Esa manera en que Marcos me miraba hasta el más profundo dolor del alma y me decía “Eres perfecta, eres perfecta, tu cuerpo, tu inteligencia, tu independencia… Maga, hechicera, ¿qué me has hecho que todo me recuerda a ti?”, haciéndome sentir admirada, aceptada, vista realmente, descubierta detrás de mis máscaras y escudos.

Esa manera en que Etienne me cuidaba y desplegaba París para que me acogiera en su belleza y me decía “me encanta tenerte aquí, estas noches en que he dormido contigo, realmente he podido descansar, me das paz”, haciéndome sentir especial, importante, un verdadero trofeo que orgulloso presentó a sus padres, a sus amigos y paseó por toda su región natal de Bretagne.

Esa manera en que Roberto parecía el hombre perfecto para mí, todo lo que siempre merecí: inteligente, alto, guapo, exitoso, independiente, soltero, sin hijos, gerente general de una empresa a los treinta y dos años, con un maravilloso acento español, con interesante conversación, y me decía “soy muy orgulloso, vas a tener que decírmelo nuevamente, pero esta vez, te tengo que creer que lo dices de verdad”, con su exigencia que despertaba en mí unas ganas de someterme a sus pies y rendirme, sintiendo que al fin había encontrado quien podía llevarme a salvo y protegerme.

Esa manera en que Villanueva me buscaba aun cuando lo dejé ir, aun cuando no tenía cómo contactarme, me encontró, y cada cierto me decía “Hola guapa, hoy me acordé de ti, ¿qué haces hoy?”, que me hacía sentir como una mujer que deja marca, huellas profundas, inolvidable.

Los nombres, hombres, recuerdos, olas reventando en la orilla de mi vientre húmedo, sube la marea y siento el impulso de nadar hacia ellos, de volver rauda a esos momentos en que las canciones cobran sentido, ya no siento hambre, ni sed, ni siquiera ganas de fumar, sólo de intentarlo una vez más, de sentirme la mismísima isla del tesoro a los ojos de esos marineros que zarparon de mis corrientes, cuyas palabras me hipnotizaron como cantos de sirena, tan bellos, tan melodiosos en sus labios, que me hicieron perder el rumbo, directo a la tormenta, con tal de sentirme niña, amante, perfecta, cuidada, afortunada, especial. ¿Y qué pasa si esta vez sí? ¿Qué pasa si esta vez no naufragamos y me dicen lo que quiero oír? Tal vez ya ha pasado la tempestad y, en mejor clima, podemos navegar hasta el horizonte…

Tomo el celular, y en un arrebato irreprimible quiero llamar a Patricio. Entonces, como un rayo penetrando el mar, recuerdo que el mismo que me decía “bonita, eres el tesoro que tuve la suerte de descubrir, le has dado un sabor distinto a mi vida, me has hecho volver a sentir”, el que me enseñó a cocinar pie de limón y siempre me dejaba una dulce sorpresa en mi escritorio cuando podíamos vernos en el trabajo, el que se quedaba mirándome y acariciándome el rostro como si yo fuera una aparición, una especie de princesa que él no creía llegar a merecer, él, Patricio, es el mismo que no luchó por nuestro amor. El mismo que ante la complejidad de tener que compatibilizar su tiempo con su hijo y conmigo, ante la primera pelea, decidió por ambos terminar lo que apenas comenzaba; el mismo que cuando le dije que me iría, ni siquiera intentó detenerme. Mediocre. 

Dejo de lado el celular. 

Y lo vuelvo a tomar, sintiendo un deseo intenso de llamar a Javier. Entonces, como un motín, recuerdo que el mismo hombre que llegaba a mi departamento casi corriendo ante mi invitación y que, al yo abrir la puerta, me capturaba en un beso contra la pared, tantas noches de piel, clavando su mirada en mis ojos, rasgándome la piel aferrándome a él y me decía “eres la mejor, ¿por qué eres la mejor en todo?”, tan hombre, tan masculino en su tacto brusco y suave a la vez, él, Javier, es el mismo que luego me dijo: “sí, te quiero, pero quiero más mi libertad”, destrozándome toda esperanza, casi sentí el sonido de mi corazón al quebrarse, ¡maldito!, no me bastaban tus noches, yo merecía tus días también. Es el mismo que tuvo miedo a enamorarse de mí. Cobarde.

Mis dedos buscaron impacientes el número de Marcos. Entonces, como si se partiera el mástil de mi barco, recuerdo que el que plasmaba poemas describiéndome como un fruto primaveral, y me exaltaba como la protagonista de una novela milenaria, él, Marcos, es el mismo que sólo ante mi pregunta directa me confesó que estaba casado y tenía dos hijos, el que semana tras semana me hacía esperarlo, para luego cancelar por alguna contingencia o panorama familiar. Sinvergüenza.
Etienne es el mismo que nunca me pudo hacer sentir nada en la cama. Roberto es el mismo que nunca más me invitó a salir. Villanueva es el mismo que sigue eligiendo a su novia.

Todos los nombres, todos los hombres, así como me deslumbraron y llevaron a sentir como una estrella en el cielo, luego decidieron dejarme en la más absoluta obscuridad, como un vestigio de la tempestad, casi ahogándome en la inclemencia del oleaje, apenas arrastrándome para alcanzar la arena. Los mismo, son exactamente los mismos.

Y, súbitamente, como un haz de luz que se abre paso entre las nubes, la verdad, la certeza. Ya no es autocontrol, ya no es estrategia, ahora sinceramente no los quiero llamar. La idea de dejarles un mensaje, carnada para ver si pican, se me hace una traición, imperdonable ultraje hacia mí misma, masoquismo, autoflagelación. Como si yo fuera un nombre, un hombre más, otro que promete y no cumple, otro que ama y olvida, otro que pide y no da, uno más que se acerca tanto y luego abandona. Y ya no es culpa de ellos, ya no serían ellos los bandidos, los piratas; si los vuelvo a llamar, si me volviera a aventurar en esos mares, sería yo la que se expone al desprecio, al silencio, sería yo la que voluntariamente se tiraría borda abajo, y contra toda razón, negara la irrefutable evidencia de que no me han amado, que pueden haberme visto, valorado, deseado, incluso apreciado, pero que no me acompañarían jamás a surcar los océanos hasta el atardecer.


Entonces, como un conjuro y acto de amor, apagué el celular, tomé la toalla y salí de la tina.

sábado, octubre 28, 2017

Para ti, mi lector secreto, que sé que estás ahí, observándome en silencio, que te bebes mis palabras mientras te ahogas con las que no te atreves a decir; para ti esta exhibición, este descaro, que podría ser más perfecto, como críticamente debes estarlo analizando; sin embargo, es, existe, y te lo regalo.

¿Podrás recibirlo sin cuestionarlo? ¿Podrás disfrutarlo sin buscarle el misterioso significado? ¿Podrás dejarte acariciar por mis palabras y llenarte los ojos de esta exhibición sin asumir de mi parte ninguna intención?

Hace un tiempo ya sospechaba tu presencia, tu mirada contemplándome desde su escondite, podía sentir tu atención en mi ausencia. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que me viste, desde que realmente me viste dejando caer el velo y desde que te asomas, te preguntas qué bellezas, qué locuras hay ahí.

Detrás del velo, en la desnudez de la verdad, existen tormentas y marejadas, hay sueños e historias, manos de seda y labios con sabor a Chadonney, una pasión desgarradora, tulipanes rosados y una guitarra, ¡vaya festín he preparado!, y una mesa vacía, un hogar hermoso que nadie habita.

Dime, lector secreto, ¿qué haces aquí? ¿Por qué recorres estos parajes descalzo, pisando con cuidado para no hacer ruido? Sé que, en el fondo, quieres ser descubierto, sé que la prudencia te aconseja mantener siencio y luego, te traiciona el deseo, pero, ¿qué deseas? Cuando corres, ¿de qué escapas? Cuando me miras, ¿qué esperas encontrar? Cuando me lees, ¿qué sientes?

Yo puedo pasearme por aquí, modelar por una iluminada pasarela, desplegar gala de sonrisas, brillantes piernas, tibias caricias de mi pelo entre los dedos, conjuros en los ojos, hechizos en mis suspiros. Puedo ser el mejor espectáculo, pavonearme con una seguridad arrolladora, bailar como una llama que ilumina la habitación, puedo, y de hecho, lo hago, quiero, lo disfruto, por el solo placer de subirme a la mesa y hacerme notar. ¿Puedes tú contemplarme y beber tu whiskey en calma, mientras ese fuerte sabor quema al bajar por tu cuerpo? ¿Puedes olvidar tu inteligencia y confesar? Yo te regalo estos vocablos, esta exhibición, no son palabras al viento, han sido escritas, proclamadas en alta voz, paridas con un lápiz e irreverencia, con la más absoluta de las impertinencias; no obstante, estoy tranquila, pues tú has sido imprudente primero, transformando una reunión en una cita, con tus detalles y la rosa. Ahora, dime por qué, y no digas curiosidad, porque ya sabes lo que le hizo al gato; no digas no sé, porque no te creería; no digas es mejor que me vaya esto ha sido un error, porque de ellos se aprende...

¿Qué podemos aprender esta noche, mi querido lector? ¿Cuántos idiomas para poder describir la realidad? ¿Cuántas copas antes de que derramemos en la mesa la verdad?

Vamos, despeja la garganta, que es tu turno de hablar.

domingo, agosto 07, 2016

Color sol

Estamos en la terraza del último piso del hotel seleccionado para que me pudieras visitar mientras te visito. Me baño de esa tibieza color sol anaranjada en la piel, con gotitas brillantes de agua que aún no se absorben tras emerger de la piscina, y tú, desde la sombra contemplándome, fumando un cigarrillo, analizando si ponerte de pie o no, con miedo de si romperás la fantasía o de, si no lo haces, perder el momento.
Disfruto de pasearme en toalla, contemplando la vista y bebiendo una copa de vino; tú mirándome libidinoso y yo jugando a no saber cuánto te mueres por penetrarme. Jugando a que somos dos amigos literarios, y que simplemente viajé a tu país para compartir algunos textos, conocer tu ciudad y ese famoso atardecer.
Me inclino hacia ti, como para comentarte algo sobre el hotel, alguna banalidad, alguna duda logística, algo como “¿subirá mucha gente a la terraza a estas horas, o estaremos solos?”. Tú me contestas aprovechándote de la soledad, levantando mi toalla y agarrando con tu mano amplia mi trasero bronceado. Pego un leve gemido, me gusta sentirte poderoso, impaciente a mi cuerpo, y te pregunto:

-¿Me vas a mostrar la ciudad, o no? –paso mi lengua por tu cuello y me incorporo, porque también me gusta hacerte sufrir.
-Te voy a hacer el amor en esta terraza –me dices con rabia, mientras me alejo y vuelvo a cubrir con la toalla.
-¿Y si llega alguien?
-Nos verá.
-Lo dices como si fuera algo que enriqueciera la experiencia. Lo dices como si de verdad fuera a pasar, como si hubiera alguna manera en que me pudieras conquistar – y me voy riendo al dejar caer esas palabras.
-Preciosa, ya estás conquistada y sometida. Que no te des cuenta aún es encantador.
-¿Ah, sí? Al único que veo aquí impaciente de perder los pantalones eres tú –respondí ofendida y desafiante. Apagaste el cigarro y te levantaste al fin, y sin dejar de mirarme a los ojos te acercaste hasta que la distancia entre tu boca y la mía se pudo medir en suspiros.
-¿Ah, no? A la única que veo aquí sin pantalones, que tomó un avión y viajó a otro país para conocerme eres tú-. Me tomaste bruscamente por la cintura con tu mano derecha, haciendo volar las gotitas que aún humedecían mi cuerpo, y con tu mano izquierda apresaste mi cuello, obligándolo a aproximarse hasta el beso. Forcé para zafarme, molesta por la osadía, por la intrepidez, por el descaro… por la verdad… Solté la toalla, te saqué la polera y el sol contempló tibio nuestra exhibición.



Como puedes ver, las cosas que no han pasado entre nosotros ya han pasado de algún modo.

viernes, enero 15, 2016

Mis amantes

Anoche un alma parecida a la mía me recordó algo que hace tiempo había aprendido, algo que por dolor dejé de hacer, y que transforma la mera existencia en vida: tener un amante. ¡Hay que buscarse un amante! #JorgeBucay no podría haberlo dicho mejor, más claro...


Recuerdo un tiempo, que parece tan lejano, en que yo tenía muchos amantes, y mis amigas me preguntaban de dónde sacaba tiempo para salir con todos. Recuerdo que vivía cansada, pero era un cansancio del bueno, de ese que te hace sonreír y levantarte entusiasmada porque hoy tendría un encuentro con uno o varios de mis amantes. Dormía poco, sonreía mucho, y pocas veces me he sentido más viva.


Últimamente he sido infiel, he estado cansada y triste, pero de ese cansancio que no se pasa descansando, por más fines de semana que me permito pasar en cama viendo Netflix no abandona mi cuerpo, y el dolor se asienta como un peso titánico, colosal. Y entonces, me miro al espejo y recién recuerdo aterrada que soy joven aún, ¿cómo sobreviviré si a mis 28 años siento que hubiese vivido 100, cómo seguiré adelante si estoy tan, tan cansada? Ahorro toda la energía que puedo para levantarme de lunes a viernes e ir a trabajar, los findes de semana salgo sólo si es el cumpleaños de alguien muy importante, un matrimonio o una despedida, a veces, ni siquiera así. Salgo a comprar para que tengamos todo lo necesario en nuestro búnker y seria todo. Por eso, me pregunto, si ahorro tanta energía que antes utilizaba en mis amantes, ¿por qué sigo pobre, menesterosa de ella?


Y gracias a un par de almas buenas, recordé lo que ya sabía, recordé que la energía se genera en la medida en que se utiliza, y que la pasión de los amantes es el mejor generador, ¡pura adrenalina!


Y yo les he sido infiel, a todos mis amantes los he abandonado, excepto a uno que sólo puedo visitar una o dos veces al año: viajar. ¿Cómo pude haberlos dejado? De puro cansada me alejé, pero los extraño a todos: la literatura, el teatro, la guitarra y el canto, mi saxofón, la fotografia, el deporte, Visionarios, hacer ayudantías, organizar jornadas y eventos... Me cuesta creer que soy la misma Valeria que en el colegio era capitana de volleyball, directora de una compañia de teatro donde escribía, dirigía y actuaba las obras que presentábamos, participaba en el taller de debate, tocaba saxofón en la banda del colegio y era presidenta de curso, manteniendo el promedio más alto de la generación. La misma Valeria que en la universidad tomaba más ramos de los reglamentarios, hacía ayudantías de liderazgo y de recursos humanos, participaba en el taller de teatro y en la sociedad de debate, jugaba volleyball o iba al gimnasio, estaba en la directiva de Visionarios y lideraba una organización universitaria llamada Voz UAI.


Oh... tenía tantos amantes... Ningún hombre me ha hecho sentir más viva, más plena, más segura y más enérgica que mis amantes. Porque los amantes no son necesariamente personas, son pasiones, que te sumergen en el amor propio, el amor más duradero.


Doy gracias a Katherine por compartirme este texto de #JorgeBucay, por recordarme que no necesito más horas de sueño para tener más energía, necesito más pasiones que me quiten el sueño para darle sentido a mi vida.


¡Así que llámenme promiscua!, pero volveré a buscarme más de un amante, empezando por la literatura, la guitarra y, en cuanto mi cuerpo se recupere, el gimnasio.



http://www.leonismoargentino.com.ar/RefBuscarAmante.htm


miércoles, agosto 13, 2014

¡Adiós, Papito! Nos vemos en el cielo

    Gilberto Olivares, o Richard Gere, como se solía presentar muy humildemente,  es un hombre con dos almas: el alma de la fiesta, y un alma de niño.

      El alma de la fiesta porque es técnicamente imposible que pase desapercibido en reuniones sociales, siempre se ofrecía para animar cualquier evento del trabajo o familiar, le encantaban las luces y los escenarios, pero sobre todo la música. Muy pequeño empezó a tocar guitarra para poder cantar las canciones de Cat Stevens, luego fue el piano, la armónica, la flauta, el pandero, el acordeón… Qué coqueto que bailaba cueca, qué orgullosa que me sentía de compartir vueltas en ocho con un bailarín tan agraciado… ¿Y lo vieron bailar rock&roll con mi tía Vicky? Era digno de una película. Donde fuera que lo invitaran a canturrear llegaba con su guitarra y sus doce archivadores con canciones, porque se sabía sólo tres de memoria, y aprovechaba de contar los chistes que había escuchado y anotado en su celular para que no se le olvidaran.         

Y el alma de niño, escondida detrás de ese carácter fuerte, salía a borbotones para quien supiera escuchar. Escribía cuentos para niños, adivinanzas y sobre todo canciones infantiles, con seis volúmenes de “La Acuarela del Tío Gilberto”. Le encantaba el teatro y sobre todo los disfraces, tanto así que ayudó a su familia a fundar la tienda de disfraces de “El Duende Cajellero”, donde modeló varios de los trajes. Tiene la colección más impresionante que puedan imaginar de juguetes, más de mil figuritas de monitos de caricaturas. Aunque no es lo único que coleccionaba, supongo que surge de su deseo infantil de tener un museo, porque coleccionamos también monedas y billetes antiguos, estampillas, radios antiguas y victrolas, figuras de caballos, botellas azules y botellas de vidrio antiguas, conchitas de mar, adornos de bronce y autos de juguete. Siempre quiso ser como Walt Disney, a quien admiraba por construir un mundo de fantasía, y no se daba cuenta que efectivamente sí era como él, que sí construía a su alrededor un mundo donde todo era posible si trabajábamos duro para lograrlo.

Sin embargo, no voy a exagerar en mis palabras, sé que este hombre de dos almas podía tener una forma bien desagradable de decir las cosas, sin filtro, con una honestidad brutal, absolutamente incapaz de guardarse su opinión, y al mismo tiempo con una capacidad impresionante para poner nerviosa a la gente, para narrar las situaciones de tal manera de tener la razón y para ser más exigente que la voz de la consciencia. Ni se les fuera a ocurrir tener la televisión prendida mientras conversamos o interrumpirlo sin dejarle terminar su punto… La verdad es que podía ser bien pesado e impertinente, pero casi todas las veces hacía suyos los problemas que le contaban y trataba de buscarle una solución, ayudar de alguna manera. Y si era exigente, era porque quería que todos sacaran lo mejor de ellos mismos, que se superaran.

Cuando supimos que tenía cáncer, el 9 de agosto de 2011, les dije a mi papás: “Este es el plan: vamos a ser todo lo felices que podamos, todo el tiempo que podamos”. Y así lo hicimos, nos dedicamos a salir, a ir a comer a bonitos restaurants,  a ver películas, a asistir a conciertos, a leer muchos libros, a darnos el tiempo de tomar un café cortado, a tener muchas tertulias de vino y guitarra, de chistes y canciones. Nada se dejaba para mañana, la vida la vivíamos a propósito y  compartíamos cada instante, nos regaloneábamos, nos dábamos gustitos, nunca nos íbamos a dormir sin decir buenas noches.

              Pero lo que más hicimos para cumplir nuestro plan fue viajar. Mi papá siempre decía que una de las cosas que más le gustaba hacer en la vida era viajar. Así que en diciembre de 2011 envié a mis papás a Buenos Aires, en febrero 2012 nos fuimos al sur de Chile, en abril de ese mismo año viajamos a Disney gracias a Andrómaco, y en agosto conocimos la inigualable Isla de Pascua. En enero del 2013 fuimos a Río de Janeiro y Buzios, y en agosto al Cuzco y Machu Picchu. Tenemos miles de fotos de tantos bellos e inolvidables momentos.

              Fue una época extraña, porque era por un lado, el peor momento de nuestras vidas por esta desgarradora enfermedad sin cura, y al mismo tiempo, el mejor momento de nuestras vidas porque disfrutamos como nunca, las palabras cariñosas no se guardaban para después y las disculpas se pedían en menos tiempo. No sé si dejamos de tener otros problemas o las cosas que antes nos hacían problema ahora parecían simples y superficiales, todo por la urgencia de ser felices, ahora ya.

              Y cumplimos el plan, ¿cierto, mami? Me encargué personalmente de convertirme en la hada madrina de sus cuentos y nos dedicamos a cumplir sus sueños… Quedaron algunos sueños sin cumplir, como ver la parcela convertida en un parque, como ver el departamento que me compré terminado, como ver construida la casa de Manott, como ver crecer a su nieta… Sí, quedaron algunos sueños sin cumplir, pero estoy segura que aunque viviera hasta los cien años se iría con sueños sin cumplir, no porque no luchara por cumplirlos, sino porque no paraba nunca de soñar.

              Cumplimos el plan. ¿Y ahora? ¿Ahora que mi papito ya no estará? Bueno, ahora el plan es el mismo: ser todo lo felices que podamos, todo el tiempo que podamos, teniendo sueños que inspiren el futuro, pero viviendo el presente.

Siempre le preocupó la trascendencia, decía que él no se podía morir sin dejar una huella, un legado, y creyó dejarlo en las canciones que escribió y compuso, no sólo infantiles, también folklóricas y baladas. Pero su trascendencia va más allá de lo artístico, está en sus mensajes, en todas las personas que tocó con sus palabras mostrándoles otra manera de mirar, en todos a quiénes inspiró con su ejemplo de fortaleza, perseverancia y de disfrutar la vida a pesar de los problemas, de no dejarse abatir.


              Mi papá me enseñó que no es valiente quien no tiene miedo, es valiente quien, a pesar del miedo, sigue adelante. Mi papá me enseñó que no es fuerte quien no siente dolor, es fuerte quien, a pesar del dolor, sigue adelante. Así que no puedo prometer que no sufriré, de hecho, tengo miedo y esto me duele como  nunca nada me ha dolido, el dolor es incluso físico, pero sí puedo prometer que seguiré adelante. Él nos ha dejado muchas enseñanzas, nos dejó preparados para que podamos seguir adelante.

martes, junio 24, 2014

Adiós, Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez me enseñó que en la literatura todo es posible,
como que las niñas que desobedecen a sus padres se convierten en tarántulas con cara triste, 
o que un hombres viejo tenga alas y se debata si es ángel o gallina gigante.

Me enseñó que en la literatura nada es ridículo,

Ni títulos interminables como "La increíble y triste historia de cándida Eréndida y su abuela desalmada", ni que se desmantele y queme un pueblo por el rumor de que algo terrible va a pasar...

Me enseñó que el arte no surge con palabras bonitas, sino con la belleza de la creatividad.
Me enseñó que una novela no es buena necesariamente si recuerdas la historia, 

es buena cuando recuerdas qué sentiste al leerla.
Me enseñó que el único límite de la literatura es la imaginación del escritor.

Y fue uno de los que me enseñó, entre página y página,
que la literatura es mi verdadero amor,
que cada noche deseo la compañía de un libro antes de dormir para poder soñar,
que la trascendencia es que un libro lleve tu nombre en su portada,
y que la inmortalidad es que te lean incluso después de morir.

Gabriel, no por el premio Nobel, por la creatividad surrealista de tus palabras, te leeremos cien años, ¡mil años!, porque mientras existan escritores como tú, no habrá en mis noches soledad...

domingo, junio 15, 2014

Fulgor


Sus ojos aguamarina certeramente se clavaron en los míos, su tiro no dudó un segundo, no se desvió un milímetro, directo al blanco me iluminó, me capturó con sus ojos precisos, preciosos.

Giro levemente el ángulo para liberarme y pestañear, para sentirme dueña de mí misma otra vez, para recordar que el mundo es más que sus ojos, que no se ha detenido y que existen otros colores, otra realidad distinta que su ser, aunque parezca inconcebible, aunque se me haga despreciable la sola idea, aunque en sus ojos sintiera que no había más búsqueda sólo certeza y pertenencia, que al fin, que era él y era yo. 



Y entonces, mi mirada se topa con un nuevo destello, una luz enceguecedora, encandilante artilugio proveniente de su mano fuerte que casi me apunta, que me pareció me indicaba, me mostraba como un ataque, me sometía y rendía con su fulgor, casi caigo de rodillas, mientras el mundo entero se derretía: su argolla de matrimonio.

martes, abril 09, 2013

Punto de inflexión

Ese breve segundo en que decidió compartir conmigo más que palabras cordiales y bien intencionadas, más que bromas controladas, más que rutina y deber. Su voz fue luz y el contenido, secreto; algo íntimo y verdadero, pedacito de alma, cuerpo sin escudo, vulnerable.

Ese mágico segundo en que realmente lo vi y realmente lo escuché, y entendí lo hermoso que era. El privilegio de la confianza y la fortuna, la fortaleza de saber valorarla. El compromiso con su desnudez y el arrojo para protegerla, no con ropajes y finas sedas, con espejos, miles de espejos que lo exhibieran tan bello como yo lo vi, y le convencieran.

Ese bello segundo, punto de inflexión. Eres más humano ahora para mí.

lunes, diciembre 24, 2012

Carménère


Todo comenzó con un cuento que quizás le escribí. Continuó con los que él efectivamente escribió, robándose pedacitos de gente, exaltándolos, deformándolos. Se acentúa con textos antiguos que les escribí a hombres insignificantes que amé y embellecí con mis palabras. Y se evidenció con los poemas que él admira y sueña haber escrito.

Sus ojos amarrados a los míos y sus labios saboreando cada verso, queriendo que entibiaran mi piel, incrédula aún, no puede ser, debo estar imaginando esto, debo estar exagerando la percepción, un hombre adulto, inteligente, atractivo, amante de la literatura como él no puede estar seriamente tratando de aproximarse coquetamente a una chiquilla que nació cuando él estaba en segundo año de abogacía…

-¿Te das cuenta que es evidente que, si estuviéramos solos en este momento, estaríamos desnudos?

El restaurant enmudeció y sólo escuché el trinar de su copa al tocar la mía, despertándome del sopor de la vida a una realidad que ocurre mientras todos trabajan, comen y aman normalmente, que se desarrolla paralela y escasa, y que sólo sospechamos al gozarla en películas y novelas, como espectadores siempre.

Siempre, pero no esa noche de vino, donde fuimos personajes principales y único elenco.

Fui consciente entonces del juego de mi pelo, de mis dedos en la boca, de mi sonrisa provocadora, de mi escote perverso; de sus palabras como hechizos, de su cuerpo atlético, de su corazón herido, de la ironía como defensa, de su mano en la mía, de su sed intensa.

Y fui el vino, burdeo en mis labios, sin derramarse en los suyos, como una leve tortura de emperatriz. Entonces, él dejó de ser hombre y fue espejo, al mirarlo no veía nada más que mi reflejo, mi figura exaltada, mis pestañas de Cleopatra.

Todo lo atractivo de él era yo misma, y si tocaba su mano era por sentir mis dedos hábiles, si le dirigía algún elogio era sólo por escuchar mi voz, si confesaba mi corazón era sólo por convertirlo en mi esclavo. Y me vi.

Hombre, eres útil más allá de los placeres del cuerpo, eres accesorio que me muestra quién soy, quién puedo ser.

Sentí el Carménère de mi sangre, uvas en mi boca, el viento en mi vestido, la tierra sometiéndose a mis pies. Yo era dueña de ese lugar, podría romper las copas si quisiera, subirme taconeando a la mesa, desnudarme y gritar: espejito, espejito, ¿quién es en la tierra, de todas, la más bella?

-Quisiera alargar este prólogo para siempre –me dijiste, pero en mi pecho este era el clímax, no hay nada que puedas ofrecerme más fascinante que lo que ya me revelaste, y eso te hace mágico, espejito mágico.

lunes, julio 09, 2012

El tercer párrafo


Arriba de la mesa se me ofrece coqueto, tentándome frente a todos mis compañeros del taller; exquisito, dulce, irresistible. La humedad en mi boca aumenta y se me va el cuerpo a su proximidad: cedo a llevarme a los labios otro cuchuflí bañado en chocolate con esencia de frambuesa. Orgasmo comestible, pedacito de cielo hecho comida, el curita se dejará mis libros para absolverme de este pecado. Pero preferiría saborear sus dedos, que ellos me construyeran en un cuento o que simplemente me señalaran dónde ver a los peces plátano.

Arriba de la mesa ahora mis codos sosteniendo la  cabeza que lo escucha, buscando críticas inteligentes, cometarios sublimes, una interpretación profunda, alguna palabra ácida para que no me descubra. Ya leí su cuento en mi casa, tratando de reproducirlo en su voz de hombre, en sus pausas, en ese momento en que le falta el aire y sufre levemente para terminar la frase.

-¿Comentarios? –pregunta Luis, y siento que me desafía, que el silencio de todos los que me rodean me espera. Pero ya no soy objetiva, no logro distinguir si me gusta su prosa o el movimiento que realiza su boca cuando la lee en voz alta, y el veredicto puede dejarme en el centro del Coliseo, cuando el que se juega la vida y expone el alma es él.

-Me gustó tu cuento, de hecho, me gustó tanto que quisiera invitarte, esta noche en el happy hour, a una copa de vino, o a un café con piernas,  a una parrillada mitad papas  harinosas o a un velorio. Podríamos bailar cueca o plantar un árbol de flores rojas, te tomaría la mano mientras vemos la película que nos recomendó Gervasio o una violación en el video de seguridad que subieron a Youtube, me pondría un vestido de novia con encajes y me pintaría sombras azules en los ojos, la boca roja como cereza, o tal vez una túnica negra para que me confundas con la Mona Lisa y me quieras hablar, aunque titubees, aunque le hayas metido un balazo en la cabeza a un político influyente con la pistola que Anabel te prestó.

-Lamentablemente esta noche no iré al happy hour –me habría respondido si hubiese sido honesta en mi comentario ese viernes.

                Camino haciendo equilibrio en la cuneta y me imagino al espejo golpeándome con mi rostro sin dientes y un avión iluminándome de lleno con su foco. Tropiezo y fallo, queda el sabor de la derrota, pero me envalentono como si la culpa la tuviera el vino, y me decido, no envejeceré con la duda de si me hubieras acompañado a sacar de su casa al soberbio tipo que no quiere salir, de si perseverarías conmigo golpeando la puerta hasta derribarla para que pudiéramos ponerle riendas al cuello, amarrarlo a la mesa y darle de latigazos con tu corbata mientras lo atormentan miles de brazos que brotan como cisnes desde el mar.

                La Virgen de Fátima me recomienda que sospeche de la emoción, que no escriba hasta que muera, que borre los primeros tres párrafos, que me enfoque en las tres primeras líneas, que le dé particularidad y que no me explique, pero no puedo soltar el lápiz que llevo intermitentemente a mi boca como me llevaría cada uno de tus lunares, y te digo llega, llega, ¡llega!, ¿que no ves que están todos y tú no estás?, cruza la puerta de vidrio de la sala de reuniones, o el umbral del Café Escondido para pasarte este papel con mi número. ¿Servirá eso como detonante? Yo creo que bien valdría la pena acarrear cada una de las mesas de la terraza, aunque sude como un puerco, por la pura posibilidad de que me des un beso en la mejilla por error para luego arrancar, y aunque me llegara una patada en el hocico como a un perro, señalaré la verdad, nadie me puede decir que un animal no puede narrar y sólo un animal se calentaría con una niñita de siete años, pero yo me siento en el tronco junto a la playa o en la micro junto al ladrón que se subió sin pagar, y, con una flor en la mano o una semilla buscada de pueblo en pueblo, aguardaré el momento en llegues y yo te pueda decir:

-Te estuve esperando todo el día, toda la vida.

Hoy es la última clase del taller, la última oportunidad de tirarme a la piscina, y ya no tengo tiempo de comprobar si el tono celeste que vislumbro corresponde efectivamente a agua o solo a la pintura en el cemento. Por eso, como el hombre que botaba a las mujeres, debo estar preparada con un pañuelo de género en el bolsillo, pues aunque los Honorables Magistrados dictaminaran que no puedo verlo aquel día que antecede a la luna menguante a la hora crepuscular, encontraría la forma de ser omnisciente con foco en su tercera persona.

Esta tarde, antes de irme, le dejaré mi carnet de identidad, mi licencia de conducir, mi rut o mi patente, y esperaré su aroma de pino y arena en la cueva que ampara los espejos de mis miedos. O tal vez termine de leer este cuento y alegue que es mera ficción y estrategia narrativa, una simple tomadura de pelo al lector a quien hay que engañar.

Arriba de la mesa ofrezco coqueto mi número de celular, que lo anote quien quiera ser el protagonista de este cuento.

domingo, abril 01, 2012

Aprendizaje desgarrador

Sólo tres veces en la vida había visto llorar a mi padre, todas ellas por el dolor de la pérdida de un ser querido: un abuelo, una tía y su mejor amigo de juventud. Su rostro atractivo y fuerte adquiría expresiones que me costaba reconocer, poco naturales a fuerza de la costumbre de reprimirlas. Sólo lograba identificar el acto al evidenciarse las lágrimas bajando por sus mejillas valientes, que nunca eran más de cuatro o cinco, porque él ahogaba el instinto de desahogo en cuanto recuperaba el control de sus ojos.

Últimamente puedo adivinar el momento exacto de su angustia, identifico en la manera en que se pliegan sus labios cuándo se fracturará su voz y puedo pronosticar las lágrimas que precipitará con un suspiro reprimido. Ya he aprendido a reconocer el llanto de mi padre -qué conocimiento más desgarrador-, porque ya no puedo contar las veces que llagas húmedas han cruzado su rostro hermoso: la muerte que deberá enfrentar esta vez es la propia.

Y precisamente ahora mis ojos están más secos que nunca, ahora que se me anuncia el dolor más profundo de mi vida por la pérdida de mi ser más querido, las crónicas de su muerte anunciada él las escribe con agua, y yo reprimo el torrente de mi pena para no perturbar su caudal, para no morir ahogados disminuyendo el ya breve tiempo que nos queda por compartir.

domingo, noviembre 27, 2011

Sed

A veces siento como si me bebiera a la gente, como si succionara hasta la última gota de vida que tienen para saciar mi sed de compañía. Mientras bebo de ellos estoy en éxtasis, el mundo es perfecto y mi sonrisa brilla, la de ellos también, disfrutan de mis labios en su cuello, pero agoto su fuente vital y caen muertos, no queda nada, el cariño que pude haber inspirado me excita y lo chupo de sus cuerpos en arranques violentos hasta secarlos por dentro, como una drogadicta que no puede parar, como un vampiro siempre sediento.

Caen muertos, sus ojos me desconocen, sus corazones me repudian, su existencia entera no comprende cómo pudieron estimar a un demonio de naturaleza depredadora, monstruosa, y no queda nada; nada más que soledad.

La urgencia se detiene por momentos, pero vuelve pronto, provocándome, incitándome a buscar otra víctima. No quiero herir a nadie, pero no sé controlar el impulso irreprimible que me impide la paciencia, que lo desea todo inmediatamente, que clama la entrega total e incondicional sin preámbulos y que termina abortando prematuramente cualquier forma de afecto. La más herida soy siempre yo.

jueves, julio 14, 2011

Lo único bello de esta historia, es lo que yo escribí de ella.

sábado, julio 02, 2011

Un capítulo

Ya fue el adiós, y el alivio de haberlo dicho todo y de despedirse con un beso es de una belleza poética, tenue y tranquilizadora. Sin embargo, muy a mi pesar, la ilusión no se retiró contigo: aún te espero; algo me dice como consuelo que volverás… tal vez mi masoquismo. No obstante, no duele, como la incertidumbre o como la frustración de la expectativa diaria.

Ya fue el adiós, y estoy en paz. Te espero sin esperar, no me paraliza la vida el sentimiento ni me moviliza a buscarte la ilusión. Hoy me sobrecoge la dulzura de nuestra despedida y la tibieza que me acompaña en el pecho esboza mi sonrisa.

Que el círculo se haya cerrado tan prolijamente es un sueño cumplido, libertad para mi corazón. Sólo me pesa que haya tenido que tener un final, esta historia en la que aún había tanto que narrar, tantos capítulos que planeamos y que nunca llegamos a escribir. Tal vez fue lo mejor, menos recuerdos son menos recursos para sufrir cuando los protagonistas deciden vivir cada uno su propia novela.

Pero yo no olvido. Quedó pendiente nuestro paseo por Valparaíso. También ir a comer comida árabe y pedir sushi en abundancia. Incluso insinuamos un viaje a Brasil. Leer juntos, sacarte una foto, ir a bailar. Y lo más importante: decir que sí cuando me volvieras a pedir que me quedara a dormir contigo.

Quedó pendiente, pero ya fue el adiós, y es tiempo de vivir mi novela.

domingo, mayo 29, 2011

En tu departamento

En el departamento a oscuras, el ventanal que exhibía Santiago de noche parecía un cuadro luminoso. Bebimos Martini, sentados frente a frente, contemplando la sobrecogedora vista, y sólo las luces de la ciudad dibujaban tu rostro. Me puse de pie para robarle algo de protagonismo al paisaje y seguiste mi impulso, pero no dejaste de hablar de esos interesantes y profundos temas que me encanta escuchar excepto cuando se nos regala la soledad.

Me volví a ti y con un dedo en los labios predispuse tu boca para el beso que aún no ocurría. Luego tomé tus manos y las guié a tu pieza sin dejar de mirarte a los ojos, casi temiendo que se rompiera el hechizo y que Santiago te volviera a hipnotizar. Una vez junto a tu cama, solté tus dedos y con los míos me saqué la polera gris y desabotoné lentamente tu camisa a cuadros. Di un paso más cerca para que sintieras la tibieza de mi piel, abrazándome a tu cuello. El contacto te hizo despertar y, como recién entendiendo mi intención, con una mano aferraste mi cintura y con la otra mi cabeza para protegerla mientras tu rápido pero delicado movimiento me acostaba en la cama de blanco cobertor.

-Eres incluso más bello a la luz de la luna.

Y me besaste por fin.


miércoles, mayo 04, 2011

Se busca a Alex

Busco a Alex. Si alguien sabe de él, le ruego contactarme. Desconozco su dirección, su edad, su apellido y, probablemente si estuviera frente a mí, no lo reconocería. Sólo conservo de él una historia, que ha entibiado mi corazón por años, y escribiéndola pretendo encontrarle.

Yo tenía diez años y ese día primaveral acompañé a mis padres a conocer un Club de Campo en Mantagua. Almorzamos en un lujoso restaurant y luego un monitor tomó mi mano para darle tranquilidad al caballero que intentaba convencer a mi padre de que comprara un departamento de tiempo compartido.

El monitor me llevó con otros hijos a un salón especialmente equipado para la entretención infantil, con la esperanza de que si pasaba un buen día, influyera en la decisión de mis progenitores. Era un lugar tan lindo como intimidante. Había habitaciones con televisores y videojuegos, mesas llenas de cuentos y libros para pintar, millones de lápices de colores y puzles, sillones donde estaba permitido saltar y paredes que podíamos rayar. Mesas de taca-taca, pimpón y, sobre todo, muchos niños. Eso, junto con una libertad impensada para mi edad, era lo más intimidante.

Yo solía ser una niña muy sociable, que se acercaba a cualquier infante desconocido para invitarlo a jugar. Mi desenvoltura asustaba a mis pares y casi siempre terminaba sola. El fenómeno escapaba mi comprensión, nadie parecía valorar la vergüenza, la posibilidad de rechazo y el riesgo que yo corría, por lo que pronto desistí de mi vano intento de hacer amigos y abracé la soledad de mi pieza, llena de muñecas, barbies y tacitas de té.

Fue entonces cuando conocí a Alex. Él me vio vagando por las tentadoras entretenciones sin ambicionar ninguna, y cuando ya me disponía a recorrer los jardines, rogando que el día terminara a la brevedad, me saludó:

-¡Hola! Me llamo Alex, ¿y tú? –nunca olvidé ese nombre que pronunció con una sincera sonrisa y destellantes ojos verdes.

-Coni.

-¿Y qué vas a hacer, Coni?

-No sé. Casi todos los juguetes están ocupados…

-Pero podemos ir a las actividades al aire libre –me sorprendió el plural que tan rápidamente empleó implicando un “nosotros”. ¿Sería una tomadura de pelo? ¿Quería hacerme una broma para reírse de mí con otros niños? No sería la primera vez que me pasaba… Decidí que era mejor estar atenta. –Hay bicicletas, paseos a caballo, piscinas con clases de nado, excursiones en el bosque…

Él parecía muy entusiasmado en su auto-designado rol de anfitrión. Yo tenía miedo.

-No sé dónde quedan –fue todo lo que logré responder.

-¡Yo te llevo! –y antes de que pudiera negarme por precaución, Alex tomó mi mano y me sacó del salón de juegos.

Su mano era grande, suave, tibia, regordeta y sudorosa, pero no me importó que humedeciera la mía, había algo en ella que me hacía sentir especial.

Alex me guió por todo el Club de Campo y me llevó a participar de todas las actividades programadas con una sonrisa incansable, pero no pude encontrar la mía, ni diversión en ninguno de los talleres al aire libre. A penas se percataba de que su elección no provocaba el brillo de la emoción en mis ojos, desistía, y sin perder entusiasmo, me llevaba a otro lugar. Tal vez la piscina habría sido un acierto, sin embargo, al no haber llevado traje de baño, no pudimos averiguarlo. Sólo nuestros pies y manos disfrutaron del agua mientras él hablaba. No recuerdo qué decía, no debe haber sido algo muy profundo ni importante, pero ocultaba el silencio de mi poco usual timidez y acompañaba mi frecuente soledad. Yo no quería hablar, tal vez mis palabras me despertarían, y prefería contemplarlo como a una entretenida película. Nunca se quejó de mi escaso entusiasmo a pesar de todos sus esfuerzos, probablemente veía el miedo en mi cautela y la gratitud en mi rostro redondo.

Las bicicletas definitivamente no fueron una buena idea, con repentina torpeza me enredé en los pedales, caí y me rasmillé las rodillas. Para mi sorpresa, Alex botó de un golpe su vehículo y se culpó a sí mismo mientras me ayudaba a ponerme de pie. Él estaba aliviado de no haberme perdido en lágrimas y pedía disculpas una y otra vez. Yo estaba roja como un tomate, pues solía ser muy buena ciclista: mi comportamiento era inusual, como todo ese día.

La última parada y su número triunfal era la cabalgata a caballo. Su cara de satisfacción y autocomplacencia era radiante y casi no cabía en sus facciones al escucharme suspirar:

-Esto es increíble.

Nos acercamos al instructor para solicitarle un paseo en los enormes y preciosos animales de pelaje brillante. Alex pareció estar a punto de desmayarse, finalmente abatido y derrotado, cuando el encargado le informó que yo no podía montar porque vestía falda, y era requisito llevar pantalones.

-Alex, no te preocupes, buscaremos otra cosa que hacer –intenté animarlo.

-¡No! Esto es lo único que has querido hacer.

-No es verdad, lo hemos pasado muy bien –ahora yo también empleaba desenfadadamente el plural-. Olvida los caballos…

-¡NO!

Me asusté cuando salió corriendo con su cara encolerizada y los ojos decididos.

Me quedé sola, sin tener claridad hacia dónde me debía dirigir, y notando de pronto que el sol se acercaba a su coronación con el horizonte. No me entristecí, era algo que esperé todo el día que sucediera. Sonreí amargamente al ver que desde un principio tuve razón y al decidir que albergaría sólo lo bello de la jornada. Mi única preocupación era encontrar el camino que me llevara con mis padres.

Cuando, con mi escaso sentido de la orientación, elegí el rumbo más probable, escuché una voz jadeante que gritaba mi nombre. Era Alex que corría a toda velocidad en mi dirección, o al menos, eso me pareció.

-¡Ya lo tengo, Coni! –me dijo al pasar junto a mí y seguir su carrera hasta un auto azul.

No sabía qué pensar. Me dio rabia, pena, agobio y alegría su retorno y su exacerbado entusiasmo, irrespetuoso del duelo que yo acababa de vivir para volver a mi soledad. Lo seguí caminando con precaución, lo vi abrir el auto y sumergirse en la maleta buscando algo. Cuando llegué a su lado me ofreció triunfante unos enormes pantalones de jeans, que debían ser de su padre.

-Puedes cambiarte en el auto, juro que no espiaré. Pero debes apurarte para que alcancemos a pedir un caballo antes que cierren el establo.

Mi expresión debió ser una mezcla de horror y estupefacción. Definitivamente se había vuelto loco, y yo no podía articular palabra ante la visión de mi ridícula imagen con esos gigantescos jeans tratando de subirme al equino.

-¡Vamos, Coni! Te juro que no miraré, voy a tapar la ventana con una manta-. Sí, estaba loco, y había malinterpretado mi preocupación.

-No, olvídalo, me voy a ver horrible con eso.

Él se rió, como si fuera una broma mía o como si estuviera exponiendo banales argumentos. De alguna forma que aún me es un misterio, logró convencerme y meterme dentro del auto. La loca ahora era yo.

Me saqué la falta y me puse los jeans con resignación, asumida como un condenado a muerte, aceptando mi destino y preparándome para el ridículo público. Cuando salí del auto, el rubor en mis mejillas contrastó con la fría brisa marina, que había invitado a todos los posibles testigos a buscar refugio en los salones o departamentos del Club de Campo. Éramos solo Alex y yo.

-¡Perfecto! –sonrió, me tomó la mano y corrimos al establo. Su sonrisa no era irónica.

Creí que moriría de vergüenza cuando intentaba subirme al enorme caballo con una mano afirmando las riendas y con la otra mis nuevos pantalones para que permanecieran en su lugar, transpiraba como si estuviera en el infierno: algo trágico iba a pasar, o me caía del animal estampándome contra el suelo, o se me caerían los jeans dejándome en calzones frente a Alex y al instructor que, muy divertido por la escena, me ayudaba a subir. Este era el momento perfecto para la burla, pero Alex estaba muy serio evaluando el éxito de su solución.

Finalmente lo logré, escapé de mi inminente visita al abismo de fuego, y celebré con una sonrisa. Pero a pesar del esfuerzo, el paseo a caballo es de lo que menos me acuerdo, y la última imagen que tengo de Alex es su nerviosa petición de mi número de teléfono para que nos volviéramos a ver. Recién entonces entendí que no era una broma, que nunca quiso dejarme en ridículo, y me sentí culpable por haber desconfiado de él todo el día, el único día.

Volví con mis padres, y en casa me esperaba una terrible noche en el baño, vomitando el fino almuerzo del lujoso restaurante del Club de Campo. Tal vez no era tan fino y son los ojos infantiles los que exacerban las percepciones. Tal vez el recuerdo de Alex también está exacerbado por el mismo factor, pero luego de trece años aún anhelo verlo y decirle que me arrepiento de no haber ido a su parcela cuando a los pocos días me invitó por teléfono, que aún busco la libreta donde anoté descuidadamente su número y que perdí en una mudanza, que aún lo busco.

Se busca a Alex. Si alguien sabe de él, le ruego contactarme. Te busco, Alex. Si te has reconocido en estas líneas y aún está en pie tu invitación, por favor, contáctame. Juro que esta vez iré con mis propios jeans.

jueves, febrero 24, 2011

El globo

En Valparaíso todos los niños hacen sus tareas. No me lo vas a creer, pero es así. Nadie se atreve a no comerse toda la comida o a no lavarse los dientes después de cada ritual alimenticio, pues nadie se arriesga a que se le niegue la autorización para asistir a la magistral Calle del Niño.

Cada domingo la Avenida Pedro Montt se viste de colores llamativos, globos, chayas y cintas, y en la huella lineal del pavimento desfilan personajes de asombro para todos los infantes: grandes carabineros, con imponentes atuendos verdes, que han cerrado el tránsito para llevar cabo la esperada fiesta; payasos con exageradas sonrisas rojas y risotadas tronantes; malabaristas con pelotas de goma, diávolos, clavas, aros; mujeres gatunas que en las veredas convierten, con maquillaje, a niñas gatunas; parvularias que entregan tizas e incorporan a quien quiera pintar el suelo; caballeros dueños del sabor del cielo en forma de algodón de dulce rosado; señoras amas de la fragancia de la felicidad que transportan en sus carritos rojos y venden como cabritas…

Alonso sentía esa fragancia y sabía que le era ajena, su boca se le hacía agua por cielo y sabía que era demasiado gris para algo tan rosa. Siguió recorriendo la Calle del Niño, haciendo caso omiso de lo deseado, en busca de un lugar que le permitiera disfrutarla sin requerir necesariamente de los padres que no lo acompañaban. Sintió un fuerte golpe en su abdomen que lo obligó a agacharse, y sólo alcanzó a notar el cuerpo de un niño que arrancaba entre gritos desgarradores. Cuando al fin pudo alzar su cabeza de nuevo, la tapó rápidamente con sus manos y se arrojó al piso, pues una persona de mil metros avanzaba en pasos largos, lentos y monstruosos con unas piernas cuatrocientas dos veces más grandes que las suyas.

-Es un hombre en zancos, hijo, tranquilo – es lo que trataba de explicarle el progenitor a su heredero mientras lo consolaba en brazos, pero a Alonso nadie le podía dar a entender qué eran los zancos ni qué hacía tamaño gigante en un lugar para la entretención de niños, así que permaneció escondido entre sus brazos, rezando que desaparecieran monstruo, padres, madres, hijos, vendedores, payasos, chayas inadecuadas que dificultaban su respiración en conjunto con el polvo del pavimento… hasta que se vio obligado a abandonar su posición, pues así se lo solicitaba una obesa señora con delantal a cuadrillé verde que con una voz feliz le preguntaba si estaba bien y si quería pintar con los otros niños.

Al fin tiza en mano y arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y no sabiendo qué dibujar. Había unos trazos blancos en el piso formando una casa, obra de un niñito rubio de ojos azules; pero Alonso no podía imitarlo, porque él no tenía un hogar. También vio un retrato que pretendía reflejar una mamá, un papá y a la autora de manos blancas y vestido rosa; pero Alonso no podía imitarla, porque él no tenía una familia. Por último, se fijó en el movimiento alegre que realizaban los dedos de un morenito gordito bien vestido que ya terminaba un gato pelirrojo y felpudo que jugaba con una bola de lana; Alonso supo que podría imitarlo, porque él sí tenía una mascota: un perro fruto del coito indebido entre una labradora y un pastor alemán, llamado tiernamente “Quiltro” y asediado despiadadamente por pulgas amigas.

Al fin tiza en mano, arrodillado en un grupo de niños como él, entre ellos furtivamente… y sabiendo qué dibujar, estaba Alonso, ensuciando el pavimento con un desproporcionado ser de cuatro patas que jugaba con basura, cuando llegó por el aire un agradable silbido. Al parecer no fue el único que lo percibió, pero sí el único que no entendía su real significado. La totalidad de los niños abandonaron inmediatamente las tizas por las que se peleaban y los dibujos en que emplearon tanta dedicación, para salir corriendo en violenta estampida al encuentro con el sonido dulce. En un par de segundos, Alonso se quedó solo, lo perdió todo, tiza, perro desproporcionado, posibles amigos… Pero en un par de segundos más, observó cómo volvían corriendo, ya no violentamente sino eufóricamente, con un globo que les vendió quien silbaba y les compró quien los cuidaba.

Era un juego desatado. Cada niño había elegido un color, y perseguía por toda la calle a quien tuviera el mismo; se cambiaban globos, se disputaban en mortal duelo, se convertían en ranas y en príncipes azules, se reían y volvían a correr. Alonso debió levantarse del piso para no ser aplastado, y para no presenciar cómo todos disfrutaban de algo a lo que él no podía acceder. Vagó por las veredas, intentó silbar. Y cuando las risas de los niños con globos fueron más fuertes que el aire que pugnaba por hacerse sonido desde su boca, se apoyó en un árbol viejo para que su cuerpo no cayera al piso de tanto evitar que lo hicieran sus lágrimas.

Una hoja se abalanzó desde las cansadas ramas al contacto del niño, y Alonso se asombró de lo grande que era esa cuasi-redonda hoja de un verde desteñido, que combinaba con los colores de un otoño próximo. Volcó su mirada hacia el árbol, y encontró una última hoja debatiéndose entre caer y equilibrar: estaba seca, hacía tiempo que no pertenecía al anciano tronco, mas no quiso abandonarlo, tal vez por falta de propósito para volar, o por falta de una corriente de aire satisfactoria para llevar su gran magnitud. Alonso la tomó delicadamente del tallo, y la observó. Tembló unos momentos, pero luego, con una gran sonrisa, se largó a correr entre los niños luciendo su globo plano. Nadie cayó en cuenta de que no estaba hecho de plástico ni de que no poseía aire dentro.

Debió detener su veloz andar, pues él tampoco parecía poseer aire dentro, y su mirada se tropezó con unos ojos que ya no podían mirar de tanto líquido desconsolado que emanaba de ellos. Se aproximó a la niña de la vereda y le ofreció su globo:

-Pero eso que tienes ahí es una hoja, y yo quiero un globo.

-Pero eso que tienes ahí es una lágrima, y yo tengo una sonrisa.