domingo, octubre 25, 2009

Arrebato de perdonar

Ha habido veces en que he estado dispuesta a perdonar, en que escucho su voz y sé que la extraño, en que me encuentra su risa y recuerdo cuando yo la provocaba. Entonces, un impulso súbito de acercarme y confesar que no importa, que carezco de todo orgullo propio, un arrebato de perdonar.

Pero pronto recuerdo que no hay interés en mi disculpa, que no existe la mínima intención de recibirla, de recibirme… y me quedo aquí, con mi orgullo aparente, con mi soledad evidente.

Tal vez es obra de una sabiduría superior, una gracia medieval, que impide la enmienda de la amistad, pues probablemente nunca fue tal. Y así en el silencio son estériles las diferencias, no pueden nacer las peleas… tampoco las sonrisas… no surge nueva vida, pero tampoco heridas de muerte.

Su timbre suena en mi aire, y a veces me dan ganas de perdonar; sin embargo, en mi soledad estoy a salvo, aquí estoy a salvo.

miércoles, octubre 14, 2009

Admiración

Lo admiro. He de reconocer su grandeza en brindarle valor a lo deleznable. Contrita me quedo ante mi reacción primera de desdén hacia la estúpida. Pero él es probo al ver virtud en su pobreza de todo menos de lo obvio. Él es probo. Él es grande…

Tal vez carecer de inteligencia y pertinencia es una virtud. Tal vez le deja espacio ese vacío para la belleza.

Y tan magnificente es el espíritu de él que no sólo admira aquel ser que, tal vez erróneamente, desprecié, sino además lo pretende y canaliza sus sonrisas a proliferar las de ella, aboca sus esfuerzos a la comodidad de ella, que nada perturbe, ¡que nada perturbe!, que nadie inmute su vacío rebasado de encandiladoras linduras…

viernes, septiembre 18, 2009

Conjuro de amor

Con esta mano que acariciaste paciente dedo por dedo, en esta noche de luna llena, derramo la certeza de que volverás. Tú no lo sabes, pero volverás, para aprender a amar, y hasta que tus pasos no te traigan a mí todos tus caminos serás monótonos, sin pena, sin dicha, sólo sonrisas y lágrimas, ningún gesto reflejará la verdad de tu alma y ningún espejo tu identidad, sin poder conocerte ni entregarte jamás. Tus pies se cansarán, las piernas blandas, no existe en el mundo cama que pueda brindar a tu cuerpo reposo, y el alivio sólo llegará cuando tu mente recuerde mi nombre y me busques y me encuentres. Volverás, y el alivio se convertirá en sopor, y el sopor en hermoso y reparador sueño.

Con esta boca que te enseñó placeres tibios, en esta noche de luna llena, grito que me amarás. Porque yo vivía mis días y tú los mezclaste con los tuyos, porque te ofrecí risas y tú me pediste un te quiero, porque te pedí compañía y tú planeaste un futuro, porque me conformaba con tu voz preguntando por mi estado, y tú me regalaste sorpresas sólo posibles en cuentos de hadas… por eso me amarás, porque ahora, mientras te vas, y mientras te alejas sin que se te oprima el pecho, sé que no estás listo para eso, pero volverás, porque tú mismo escribiste el conjuro y elegiste mi voz, y ahora que te tapas los oídos, la luna danza conmigo y nos reímos porque siempre has dado el primer paso, porque siempre eres tú el que busca mis labios y el que sin previo aviso se congela asustado diciendo no te amo, dejándome con los brazos estirados. La luna lo sabe, una estrella se lo contó, la estrella que te trajo y que reconocí en tus ojos alumbrados de pestañas de sol. La Estrella de los Solitarios no se equivocó, ella sabe que eres tú, y yo sé que volverás, porque este es tu conjuro de amor, esta es la magia con la que teñí tu cuerpo, con mi lengua cada rincón.

Volverás niño, volverás cuando seas hombre, cuando lo hayas vivido todo siendo siempre un visitante, porque yo soy tu tierra, porque en mi vientre está el fuego que calentará tus manos, porque ya has conocido la profundidad de mis ojos almendrados, porque has provocado el gemido intenso y la lluvia de felicidad, porque puedes correr toda tu vida, pero volverás, porque necesitas aprender a amar, porque nunca imaginaste mujer de uñas fuertes y caricia de mar, porque jamás escuchaste vociferar teamos a un huracán, ni saboreaste besos dulces en el desierto inmenso, en el sentimiento eterno.

En esta noche de luna llena, con estas manos y esta boca mía, esparzo la luz blanca del conjuro que tendrá tu pecho atado, dejándote vivir en libertad siempre sediento, y cuando te hagan hombre los tambores del tiempo, volverás por el sorbo de vino de mis caderas que te embriague de la valentía que necesitas para desanudar los lazos de cargas añejas, ajenas. Sólo entonces tendrás la fuerza para admitir que hace años me elegiste para amar.

En esta noche de luna llena, existes tranquilo mientras te olvido, y a mi me tranquiliza la Estrella con un guiño, recordándome el único motivo por el que te dejo ir con un suspiro: el conjuro que llevas en la piel, en cada lunar, un conjuro de amor con mi nombre… tú no lo sabes, pero volverás.

jueves, septiembre 03, 2009

Dilema de hospital

Tengo que hacerlo, pero no sé si estoy preparada.

Sé qué veré en la habitación 24 a la vuelta del pasillo, me han narrado todas sus alucinaciones y descontroles corporales, me han mantenido informada sobre la forma en que lentamente se transforma en todo lo que siempre temió, no será ninguna sorpresa, mas no creo estar preparada…

Y surge el dilema y los sentimientos encontrados: verla una vez más, quizás por última vez, o conservar su recuerdo digno.

Estoy sentada y miro el pasillo por el cual desaparecieron mis papás. Debo reconocer que fue un alivio que el número máximo de visitas fuera dos, y casi una satisfacción renunciar a entrar primero. Miro el pasillo eterno, y sé que tengo que cruzarlo, sé que tengo que ser fuerte y ser el apoyo para la mamá, que tú a la distancia no le puedes brindar, te prometí estar de pie, muy firme y derechita a su lado, pasara lo que pasara, pero me tiemblan las piernas ahora que veo cómo vuelve por el pasillo el papá: viene a cederme el turno de ver a nuestra abuelita amarrada a una cama de hospital, creyendo que tiene veinte años y que se va a casar, pidiendo que le saquemos las manos de los bolsillos que tiene tan apretadas que no se puede mover, llorando porque cree que la agarraron a palos en el patio.

Miro el pasillo eterno -aunque podría asegurar que el papá se acerca a toda velocidad-, y pienso que debo cruzarlo, porque probablemente ella no logre hacerlo nunca más… dos semanas dijo el doctor…

No quiero que no recuerde mi nombre, no quiero que dude si me quiere o no, no quiero ver el vacío en sus ojos y la confusión en todos los gestos de su rostro, ¡no estoy preparada! Podría negarme a entrar, podría decirle a mi papá que no puedo, que él acompañe a mi mamá, y así conservar el recuerdo de esa abuelita cariñosa y buena para reírse, de esa Belita que amaba con todo su ser al Tata… ¡No estoy preparada! Sin embargo, ella no me esperará a que lo esté.

No hay dilema que resolver, pienso, mientras mis tacos hacen eco por el pasillo eterno. Un último respiro para despedirme de la imagen tierna que tenía, antes de entrar a la habitación 24.

miércoles, julio 29, 2009

Tu más preciado secreto

Una vez más estoy aquí envidiando a una niña
débil, afortunada y linda
que tiene a tu mano derecho.
Y aunque yo puedo tener todo tu cuerpo
y los placeres que él sutil puede crear,
envidio a esa niña, porque puede crecer,
pero yo no puedo volver atrás.
Atrás, donde obligué a mi niñez a huir, a morir,
donde mi único juego era pretender ser mujer.


Cuando fui niña no me quisiste, y ahora que ya no lo soy,
sólo te enamoras de pequeñas indefensas.
Por eso yo la envidio, porque aunque yo soy tu más preciado secreto,
ella es tu más absoluta verdad.

Perdimos nuestro momento, querido, lo dejamos pasar;
yo nunca volveré a ser una niña
y tú nunca podrás vivir tus días
con alguien que se sepa cuidar,
necesitas ser más fuerte que tu amada por tu maldita inseguridad,
yo necesité hacerme más fuerte para defenderme de las malditas burlas.


Hoy sólo nos queda este amor muerto,
que ya tuvo principio y final,
hagamos el amor una vez más,
Nos lo debemos,
como capítulos que nos saltamos para avanzar.

En esta cama eres el más fuerte,
tan hombre, tan intenso en tu besar,
te aferras a mí con ese deseo que me debes,
con esas ganas de haber sido el primero,
y yo con mi entrega sumisa porque quise tanto que lo fueras.


No importa nada el futuro,
El tuyo es con esa niña, el mío con otro:
nuestros labios se buscan por el pasado,
nuestras manos se aventuran por lo que debió pasar
y nuestros cuerpos se unen por hacer justicia a la historia de nuestro primer amor,
que por miedos infantiles nunca sucedió.

jueves, julio 09, 2009

Para cuando vuelvas

Para cuando vuelvas quedan guardadas cada una de nuestras fotos en un cajón chico,
y con ellas todos los besos que les di en tu ausencia.
Y cuando vuelvas volveré a dormir con el peluche tibio
que me regalaste un día de sorpresas.

Para cuando vuelvas reservo el último suspiro de mi perfume fino
y no compraré otro para que no confundas mi cuello.
Para cuando vuelvas mi mejor vestido
y los aros de plata que me obsequiaste un catorce de febrero.

La sinceridad de mis gemidos
quedará reservada para cuando vuelvas,
y sólo entonces amor y placer sonarán como una única palabra.
Mi cuerpo será sometido a la escasez y a la fuerza, a riguroso masoquismo,
para estar bella para cuando vuelvas,
vuelvas a casa.

Para cuando vuelvas dejaré las visitas a todos los lugares bonitos e interesantes,
mientras tantos mis pies me llevarán solo a los que sean imperantes,
¡la rutina una forma de vida!,
y la sorpresa de tu retorno la esperanza de mi monotonía.

Callaré mis miedos y pausaré mis sueños,
pero seguiré viviendo
para estar aquí para cuando vuelvas;
y entonces te lo contaré todo,
la boca que hoy miente estar bien te confesará a gritos locos
que tuvo pánico a la soledad y a lo irreversible de tu decisión,
y que me prohibí llorar cada lágrima
para cuando vuelvas liberarlas todas en tu abrazo arrimada.

No he botado el boleto del cine
ni el vaso de dulce de leche cream,
porque aún bebo de su recuerdo,
y reemplazo por silencio los improperios
que te mereces por tirar nuestro amor por el suelo
y los convertiré en hermosos versos
que recitaré en tu oído cuando vuelvas.

Para cuando vuelvas escribo estas líneas,
para que cuando estemos juntos las leas y te rías.
Y si nunca vuelves, al menos quedará este texto,
testimonio de cuánto te quiero,
y la belleza redactada de cómo en esta espera ingenua, tonta esperanza, me muero.

viernes, mayo 29, 2009

Él y Ella

Él peleaba con su lengua para que lo dejara decir más veces más rápido te adoro, te adoro, te adoro, te adoro mientras sus ojos y los de ella no se tocaban únicamente porque existían sus narices.

Ella pugnaba con sus labios para que la dejaran modular más veces más rápido te quiero, te quiero, te quiero, te quiero y no se notara que estaba conciente de pronunciar palabras que significaran menos.

domingo, mayo 10, 2009

Desaparición o Espejismo

¿Dónde estás, mi amor? No pudiste desvanecerte en el aire, nadie puede, y nadie puede extirpar un sentimiento de forma tan radical, como si jamás lo hubiera sentido.

¿Qué clase de hombre-témpano, de mente malvada, puede tomar una decisión de término sin que se le oprima el pecho, sin titubear un momento, sin meditar, ¡al menos!, una segunda oportunidad?

¿Dónde estás, mi amor? ¿Dónde las manos alborotadas, imantadas a mi piel? ¿Dónde las risas nerviosas, espontáneas? ¿Dónde tu demanda de mi tiempo, la exigencia de ver mi rostro y dormir junto a él? ¿Dónde el arrebato de raptarme, de venirme a buscar, de darme un beso, de tener derecho absoluto sobre mi cuerpo? ¿Dónde la malicia tierna, la mentira hermosa, el plan secreto para provocar la sorpresa en mis ojos, el ahogo en mi boca? ¿Dónde tu devoción por la belleza de mis ojos? ¿Dónde tu dedicación, dónde tu intención de aprender a amarme? ¿Dónde la certeza de que este es el momento perfecto, de que la vida insiste en juntarnos, de que ella conspira y maquina para que seamos una bella historia de amor? ¿Dónde? ¡¿Dónde?! ¿Dónde está? ¿Dónde estás, mi amor?

Tal vez fui yo… Tal vez espanté la esperanza, arruiné el plan maestro de la vida. Porque cuando vi tus ojos brillando con la misma intensidad, el mismo fulgor que los míos, me arrojé, abracé la belleza y la posibilidad, no esperé un segundo, no comprobé si era un espejismo o si era real, me lancé sin miedo a morir, ansiosa de ser feliz… ¡Lo siento! ¡Soy así! Y estoy aquí, ¿y tú? ¿Dónde estás?

¿Dónde estás, mi amor? ¿Dónde estás? En el futuro, quizás.

domingo, abril 19, 2009

A ti te trajo una estrella

Y cuando tus ojos se abrieron brillosos tras emerger de la piscina,
llenándome toda la cara,
supe que era verdad lo que creía:
a ti te trajo una estrella.

Debes haber escuchado alguna vez la leyenda de las Tres Pascualas,
las hermanas que se ahogaron en el lago de Concepción
por la pena de enamorarse de un mismo y traicionero amor…
Dicen que la luna se compadeció
y que sus almas subieron al cielo en forma de estrellas,
desde donde aún esperan
que vuelva el hombre que las besó
a cumplir su promesa,
formando el también conocido como Cinturón de Orión.

Pero no creo que hayas oído la leyenda de la Estrella de los Solitarios,
que brilla intensamente en línea recta bajo la hermana del medio.
Esa es el alma de un campesino amigo de las tres Pascualas, que siempre las amó,
esperanzado de que alguna de ellas le correspondiera su sincero sentimiento
que mantenía en silencio
como un secreto.
La leyenda cuenta que murió de pena junto al lago,
solo y desconsolado,
por no haber podido salvar a ninguna de las tres del suicidio.
La luna le permitió estar cerca de ellas, con el más intenso brillo.

Dicen que si tu corazón está herido y en soledad,
puedes pedirle a la Estrella de los Solitarios
a las doce de la noche del último día del año
que te traiga un amor sincero
para estos meses nuevos,
y que la pena quede sólo como un recuerdo,
junto a los meses viejos.
Y dicen que al poco tiempo,
te envía a la persona correcta,
porque él la vio desde el cielo…

Yo le pedí, mientras estallaban los fuegos artificiales,
que ahogara en el lago mi pena,
que si podía
que me enviara al amor de mi vida,
pero que me conformaba con su soledad brillante,
con mi corazón en paz.
Y entonces al poco tiempo te vi llegar,
y permutaste mis lágrimas por sonrisas,
alegrándome los días,
esperanzándome la existencia…
alegué coincidencia,
pero ahora que iluminas la cara mía
con sólo abrir tus pestañas crespas,
debes tener en los ojos el mensaje del astro,
que me indica que fue el Solitario:
a ti te trajo una estrella.

jueves, abril 02, 2009

Tenue

La tenue luz de la calle, que intrusa se asoma por la ventana, a penas te acaricia la espalda. La habitación en penumbras y tus dedos ciegos dan a luz una melodía que llevará mi nombre.

Yo te observo, y me dejo amar por el piano que toca toda la piel de mi cuerpo con su música, mientras el tuyo se mueve involuntariamente para crear, para dirigir solemne diez soldados con órdenes estrictas de consentirme. O eso quiero creer…

La tenue luz a penas te acaricia la espalda, pero yo no logro verte titubear. Tus manos se deslizan por terreno conocido, logrando el sonido deseado a oscuras, sin errar, casi molestándote cualquier atisbo de luminosidad, a punto de gritarle a la tenue que no te toque más.

Yo tampoco necesito ver para la certeza inequívoca de lo deseado, pero sí para osar la cercanía en un movimiento, somos un nosotros y al mismo tiempo, terreno desconocido, país extranjero, ajenos… Tus manos jamás me harán canción, las mías nunca te harán poema.

La tenue luz a penas te acaricia la espalda, el piano me acaricia toda y yo no logro tu caricia. Es evidente en plena oscuridad. Sigue tocando esas teclas, amanecerá igual.

domingo, febrero 22, 2009

¿Qué es lo debido?

Todo a su debido tiempo, dicen,
pero también los he escuchado aseverar que el tiempo es relativo.
¿Qué es lo debido,
si hay noches que parecen años y meses que saben a suspiro?

Él tiene que ser lo debido,
y el tiempo sólo un capricho
de esa eterna niña
que nos ve a todos envejecer: la vida.

Él tiene que serlo, ser lo debido
o un perpetuo castigo,
porque la niña sigue cruzándolo y sacándolo de mi camino,
embaucándome con un momento de felicidad
para que después el latigazo de su nueva desaparición duela más…
o para que cuando finalmente se quede, yo lo sepa valorar.

¿Será que esta vez sí se quedará?
¿O será que esto no es el juego planeadísimo de la sabia,
sino sólo un montón de coincidencias sin más sentido que el la obsesiva racionalidad le logra dar?

Y si esto no es más que una casualidad,
me alegro de que existan tales
porque bien se quede o se largue
para mí él es lo debido
y cuando se me escapa de la boca un te quiero mi niño
me queda en los labios sabor a destino.

domingo, enero 11, 2009

Sólo léelo y devuélvemelo

Nunca pude verle completamente, sólo el reflejo de labios finos y un mentón firme que me mostraba cómplice, como un secreto incontable, el reflejo de la ventana a su derecha. Sentada tras él, me enamoré de la posibilidad de protección de su espalda ancha y el fino cuello claro me llevaba a un cabello castaño que podía adivinar suave. Un audífono adornando su oreja izquierda, perfecta, y mi mano diestra tan cerca de ella, apoyada en la manilla de su asiento. Pasamos por un túnel y él no sabe que aproveché la oscuridad para rozar su camisa celeste a cuadrillé, que ha tenido el placer de su piel.

Mira el paisaje, sólo edificios y gente, y yo lo miro a él mientras gira su ángulo de visión, regalándome el conocer sus pestañas largas que protegen ojos cuya tonalidad y lágrimas tal vez siempre me sean un misterio, porque tal vez nunca pueda verle completamente y saber si es posible que un rostro atractivo acompañe esa espalda imponente e ideal, un día cualquiera, en una micro más, dentro de la rutina de la gente normal.

En un bostezo se denuncia la magnitud de sus manos que cubren una boca muda a mi existencia tal vez para siempre, irreversiblemente. Tal vez…

En fin, ¡que se quede con su rostro!, conocimiento que me será prohibido a perpetuidad; él tampoco nunca sabrá bellezas de mí, la hermosura de un poema dramático, de mi intento desesperado por alcanzar los trancos de sus pasos antes de que me robara sus rasgos el cierre irremediable de las puertas del metro, antes de poder estirarle mi brazo y entregarle esta hoja que tiene en su última línea mi correo y una petición: “Sólo léelo y devuélvemelo, por favor”, bajo riesgo de perder lo único que tengo de ese hombre: un boceto imaginado, un retrato hablado de su perfil, para mí la más absoluta verdad de ese hombre, del que, sin jamás verle completamente el rostro, me enamoré.

miércoles, diciembre 24, 2008

Carta de despedida

Mi amor:

Ahora que terminaste el trayecto más complicado del camino, ya puedo soltarte la mano; no hay más riesgo de tropiezos, ya no me necesitas. Sé que me pediste que no hiciera esto, que no te acompañara si cada paso me hería el alma, pero no iba a arriesgarme a que tu soledad te dejara inválido, preferí correr contigo sangrando y sonriendo.


Hoy el sendero se te presenta mucho menos escarpado, y yo tengo que retomar el mío, donde al fin podré olvidarte... permíteme esa paz. Porque el amor brilla aún en nuestros ojos, nuestras manos aún se buscan, nuestras voces insisten... y eso sólo lo opacará la distancia, distancia enorme entre tu camino y el mío, entre tu vida y la mía.


Te deseo lo mejor, espero que seas muy feliz, ojalá el paisaje de tu sendero tengas flores, risas y color sol. No te preocupes por mí, porque volveremos a estar juntos: nos veremos en el cielo, mi amor.

viernes, octubre 24, 2008

Tus chaquetas

Ya casi no te amo a ti, pero amo tus chaquetas. Conozco la textura y el olor de cada una de ellas mejor que tu piel. En ellas todo el invierno se posaban mis manos, mi rostro... ellas me acogían en su rugosidad; es lo más inmediato que tenía de ti.

Yo contigo era sonrisa, y ahora que soy sólo mi nombre y la evocación de tu rostro se me prohíbe difusamente, prevalece el cariño que me daban tus chaquetas y cada roce casual.

Ya se acerca el verano y no las usarás, déjame acostarme con ellas, porque sé que cuando despierte aún las tendré a mi lado para una caricia más.

lunes, septiembre 29, 2008

Cumpleaños

Abres los ojos un día más, se cumple un año más de existencia, y eso lo hace especial. Toda la jornada en la exaltación de tu persona, esperando que el mundo recuerde un número entre trecientos sesenta y cinco.

El regocijo del nacimiento, a medida que se acumulan las horas, encuentra el ocaso en la angustia de la indiferencia, del olvido… Una y otra boca dijeron feliz cumpleaños al pasar, nadie aún planea una fiesta sorpresa, se suman velas y cada vez son menos los que entonan la melodía previa al soplido. Cada regalo evidencia que nadie sabe lo que quieres; sonríes por cortesía y por la cómica imagen que tienen de ti… ¿será que ni los que se molestaron en asistir a tu celebración te conocen?

Empieza la cuenta regresiva de tu día especial, que sólo podía serlo si los demás se proponían hacértelo tal, y tu felicidad, como en calidad de recién nacido, depende de las atenciones de terceros: el cumpleaños no es un festejo, es una prueba de fuego a la amistad, al cariño.

Mañana también abrirás los ojos, y entonces, que ese amanecer sea especial, sólo dependerá de ti.

sábado, septiembre 13, 2008

Un par de audífonos

Bocas moviéndose sin emitir sonido y cabezas asintiéndole a la nada rítmicamente, todos escapando de la cacofonía de la ciudad -o de sus pensamientos- para reemplazarla por reguetón, una canción romántica o el Rumpy.

Dedos en el pasamano siguen una música para los espectadores imaginada: ¿síntoma de locura o consecuencia inevitable del avance tecnológico?

En los oídos de Santiago un par de audífonos y, en la imaginación, el videoclip que puede ser la vida, el vocalista en el que te puede convertir un mp3.

Todos los santiaguinos cantan y bailan, pero sólo para sí mismos y en silencio.

jueves, agosto 21, 2008

Como una pesadilla

Era una noche que empezaba sin parecer precederle un día. Y eran mis ojos sobrevivientes de un húmedo descontrol, con graves secuelas para sus proporciones. Era un amor y millones de detallados sueños, pero era una voz que se había robado la del protagonista de todos ellos; tiene que haber sido eso… porque dijo cosas terribles.

Eran palabras nuevas en la boca que tanta dulzura me dio, aseveraciones a mi mente impensadas, desgarradoras puñaladas. Era una pesadilla, pensé, y no esquivé los golpes, asumiendo que la sangre era un producto de mi imaginación. Era horrible. Y fue peor. Porque mi propia voz me fue alquilada, a cambio del regocijo amargo de la venganza; tiene que haber sido eso… porque dije cosas terribles.

Éramos los que se amaron tanto, poseídos por un espíritu maligno, desesperados, haciendo daño, echando a la basura años. Era el fin.

Todo era como una horrible pesadilla. Pero ya desperté. Ya desperté.

sábado, agosto 09, 2008

Dicen que Dios es amor

Con un suspiro ahogado reprimo en un pecho vacío mi angustia, y me someto al capricho irónico del amor... o de tus designios, mientras él se somete a ti.

Dicen que eres amor, y mi amor lo aleja de seguirte hasta el cielo eterno. De pronto, perdí mi nombre y me transformé en Pecado, Tentanción para un hombre débil. Y yo feliz renuncio a mi nombre, mas no a su mano, y entonces lo llenas de culpa y se siente manco.


Misericordioso, déjame amarlo,
yo no puedo prometerle el paraíso ni el perdón de todo lo malo,
sólo un beso y un abrazo,
y tiembla de nuevo mi pecho mientras él deja ir mi mano,
y ya casi no respiro mientras se acerca a tu sendero iluminado,
no le alcanza la luz de mis ojos pardos,
y me quedo aquí, sola, con mi amor por él estorbando,
Dios mío, ¿por qué llenas el amor de requisitos y obstáculos?
Dios mío, ¿por qué no podemos abrazarnos sin ser condenados?
Dios mío, ¿en qué momento me volví un pecado?

miércoles, julio 02, 2008

Princesita hermosamente triste

Princesita hermosamente triste, de sonrisa eterna, de mirada disfrazada de altiva, por favor, descansa. Descansa del encantamiento de ser siempre perfecta, de estar siempre bien, no fue una pesadilla, dragones endemoniados te desgarraron por dentro, y aunque ya se hayan apagado sus fuegos, la herida, que no modificó la belleza de tu cuerpo, sigue quemando tus sueños.

Princesita hermosamente triste, regálate los diamantes líquidos de esos ojos que pretenden olvidar lo que vieron, deja que broten, brillarán en tu rostro con deslumbrantes destellos, con una sonrisa de verdad, romperán el hechizo y tu condena a la perfección. Regálate los diamantes y viértelos majestuosos en tu vientre, de donde nacerán ángeles alados, no serás perfecta, pero serás feliz, princesita hermosamente triste, serás sólo hermosa, porque el único fuego que prevalecerá es la calidez de un amor sincero del principito al que le confesaste la falsedad de tu mirada altiva, la muerte de tu risa… al que te permitiste amar.

¡Y que el rey y la reina lo sepan! Enviarán raudos unicornios morados que volarán a rescatar tu pena, reina serán algún día, tan bella, y el reino entero preferiría que fueras una pordiosera, venderían el castillo y sus siervos para conseguir tu felicidad a cualquier precio, por eso, princesita hermosamente triste, descansa, no temas dormirte en tu lecho, que los principitos sinceros despiertan a las princesas con un beso de amor eterno.

jueves, mayo 01, 2008

Un hombre, un beso

Los hombres son besos. Besos dados, vencidos, caducados, o besos por dar, negar, disfrutar, arrepentir. Eso son los hombres, cada uno que pasa es un potencial besador, un sí o un no, una sonrisa o una lágrima, y todos besos que diste, que quieres dar o que quieres evitar.

Un hombre, un beso. Labios que se han de olvidar para toparse con otros que con esperanza se creen mejores, pero no hay nadie mejor, ningún hombre es peor, son todos besos, intercambio de saliva y sus consecuencias.
Un hombre, un beso. Y el día que encuentre uno de esos especimenes escasos, seré feliz. Seré feliz cuando halle un hombre que sea abrazo.

martes, abril 08, 2008

Expíame

Primer amor maldito, ¡ya no te amo! Pero cada cierto tiempo tu rostro aparece súbitamente entre pensamientos descontextualizados, y me acosa, se fija como un presentimiento, sin razón aparente tu nombre se queda junto a mí y me pregunto cómo estarás, si has superado tu pena, si has encontrado un sueño… Mas junto a mí hay otro amor que sí amo y que no merece que te piense tanto… Te borro, te olvido nuevamente y sigo viviendo; no obstante, la vida es traviesa y cruza por mi camino hombres con un extraordinario parecido a ti… una vez vi por ahí caminando tus lentes, en una micro viajaba tu perfume, en un pasillo esperaba tu peinado excéntrico… y yo un asombro sincero; luego miedo. ¿Qué hace tu recuerdo mezclado en mis días, maldito primer amor? ¡Ya no te amo! Ya no te odio… Entonces, ¿qué haces aquí?

A veces es tal la insistencia tuya de aparecerte que quisiera buscarte y al fin saber si estás bien; si no me estuviste llamando inconscientemente como pertenencia tuya que, lamentablemente, soy. Sin embargo, desisto, es inútil, todas estas cosas me pasan sólo a mí, sólo a mí se me tropieza tu nombre, porque tú fuiste mi primer amor, pero yo no fui el tuyo. No te guardo rencor, en serio, ya te perdoné, ya no te odio, ya no te amo, y no te reprocho que penetrarme esa primera vez haya sido para ti sólo una vez más y placer, en serio, a mí también me gustaría recordarlo así, pero no puedo, ¡maldita primera vez! Como un conjuro me tiene encadenada a ti, condenada a recordarte, a ver tu fantasma, al impulso ridículo de ir a cuidarte… ¡Maldito primer amor! ¡Ya no te amo! Deja de atormentarme, yo lo di todo y mis piernas abiertas… yo sé que tú también diste algo, pero ya necesitabas otras piernas; y entonces te di mi perdón y mi venia. Por eso, te pido por favor, que me dejes ir, rompe el hechizo, no me llames más, ya no quiero ser tuya: quiero ser mía. Por favor, déjame ir, levanta la condena, expíame de la culpa de haberte dado aquella maldita primera vez con un gemido ahogado, por ser mi maldito primer amor idealizado.

jueves, abril 03, 2008

La historia de un Tú y un Yo

Había una vez… una señorita que le encantaba disfrazarse y jugar. Vestía los más extravagantes trajes y refugiaba sus travesuras en las más detallistas máscaras. Ella sonreía porque muchos sonreían con ella, atraía miradas, tuvo amigos y amores y amigos que se volvieron amores, caían en su boca besando la noche… pero ninguno permanecía en sus brazos llegada la mañana. No entendía por qué.

La señorita amaba incondicionalmente, perdidamente, pero nunca fue correspondida, porque ellos besaban a una persona que no existía, ¿cómo iban a amar, si al mirarla sólo veían una máscara vacía?

Un día conoció a un caballero fuerte, ganador de varias batallas, indiferente a todas las que no le merecían causa. Heroicamente llegó a salvarla el día que no se disfrazó: tragedia total, desnuda todos supieron cómo herirla, se miró al espejo y no supo si era realmente una señorita… ¿quién era? Un montón de lágrimas, preguntas y amor truncado: eso era. Él la abrazó hasta que su rostro ingenuo sonrió con sonrisa propia. Y fueron felices.

El abrazo aflojó entonces. El fuerte caballero ya no tenía fuerzas para seguir protegiendo, dijo misión cumplida y se fue. La señorita lo buscó, sin caballo y sin espada, salió tras él.

-¿Dónde estabas? ¿Por qué te fuiste?
-Porque las tormentas caen sobre mí, no te empaparé con ellas.
-No, no lo harás, porque yo secaré cada gota. No puedo evitar que llueva, pero puedo ser tu refugio mientras escampa.

Y entonces hubo muchos diluvios y sequías, pero descubrieron que las historias de amor no tratan sobre caballeros que rescatan señoritas, sino sobre personas que acompañan mutuamente sus días… y los días cambian de clima. Si este amor sobrevivió un verano, un otoño, un invierno y una primavera; entonces sobrevivirá la vida entera.
Erré el cálculo.
Esta historia,
este tú y yo,
terminó.

sábado, marzo 22, 2008

La ley del hielo

Te niegas a regalarme tus palabras. Omites mis ojos que se regocijan al leerlas, no porque me guste lo que significan, pues igualmente podrías estar construyendo el infierno, pero si lo haces con sábanas suaves y velas de luz tenue ¡quiero quemarme ahí!

Sería un placer volverme cenizas en tus letras, maldito pirómano, lo sabes. Y tu estrategia para salvarme ha sido la escasez. Dedujiste apresuradamente que en mi estado menesteroso terminaría por consumirme el olvido, que no recordaría ni un solo vocablo, que me torturaría la desaparición del motivo por el que te amo y me entregaría al mundo vagabundeando, sin siquiera preguntar por qué: ¡el lenguaje, un carajo! Yo había realizado la misma deducción, y cuando me disponía a sufrir por ya no recibir el regalo de tus palabras, un nuevo placer me embargó: me regalabas tu silencio.

Ignorarme es mayor desafío que simplemente contestar con un monosílabo altivo. Ignorarme requiere el cuidado de convencer a tu realidad que no existo, la delicadeza de evitar que nada tuyo me beneficie, y me amas desde el frío, que también quema. Me regocijo ahora con tu silencio, no por lo que significa, pues igualmente podrías estar deshaciendo el cielo, pero si lo haces con grúas incesantes y con explosiones de atardeceres ¡quiero sepultarme ahí!

Sería un placer volverme nada en tu silencio, maldito enmudecido, quiero que lo sepas. Como el beso de dos amantes que no se dieron, es sólo la intención de hacerlo lo que quema por dentro, con labios congelados se regocijan, como yo me regocijo al saberte con dedos congelados, creyendo que te olvido, mientras avivas el fuego.

martes, marzo 11, 2008

Anoche

Anoche amé a otro hombre. No estaba a mi lado, pero en mi oído su voz me pidió que lo amara… y lo amé.

Anoche me suplicó con esa voz quebrada de los hombres que suplican y la vida se les hace un hilo que habla, que se humilla, que se sincera, que es de verdad… que, por favor, lo amara. Le regalé un te amo inocente, de lo contrario mi propia vida se apagaría por la culpa de quien asesina a un animalito que confió. Eran sólo palabras las que le di y cuando se las pronuncié me sorprendió sentirlas realmente. Él también se sorprendió. Y desesperó.

El animalito se volvió feroz, rugía y manoteaba con sus garras el vacío, su soledad. Estaba furioso, qué artimaña o truco, qué hechizo o brutal actuación desempeñaba la mujer en la que confió. ¡Traición! Tuve miedo; enmudecí. No me asustaron sus gritos: temblaba por mi susurro.

Cuando dejó de vociferar la exigencia de una explicación, me pidió que se lo dijera de nuevo.

-No.
-¡Dímelo!
-No.
-¡¡¡Dímelo!!!
-No. Y vas a aprender a no gritarme.
-Aprenderé cada una de las cosas que te hacen feliz y las haré diariamente, pero, por favor, dilo una vez más.
-Matías, te amo.

Me confesó el detenimiento de su corazón por un momento, nada cursi, simplemente un fenómeno biológico que no sufría hace tanto, y luego, súbitas ganas de llorar. Al recuperar la delgada fibra que le quedaba de voz me preguntó con sincera curiosidad mi mecanismo empleado, la fórmula que lograba remecer su pecho con una aseveración que él pidió como se pide un plato de un menú y que sabía no sólo falsa, sino que imposible por la certeza de la pertenencia de mi amor a un hombre que le precedía, y, despreciando su conocimiento previo, creerla verdad, jurarla verdad.

-No sé.
-¿Cómo? Sólo dime cómo puedes mentirme así.
-No estoy mintiendo –afirmé con una tranquilidad que desconocía poseer.
-¡Mentirosa! ¡Tú no puedes amarme! ¡No me amas! ¡Tú lo amas a él, al Superman!
-Sí, lo amo, es el hombre de mi vida; pero no te he mentido –la calma aún teñía mis palabras.
-¿Y entonces?
-Sólo dije lo que me pediste que dijera.
-¡Se lo he pedido a doscientas! Menos del diez por ciento accede, ninguna me hace sentir más que la vibración en los oídos. Pero tú… Dímelo.
-Te amo.

Callamos un momento. Supe que lloraba.

-¡Te amo, te amo, te amo, te amo! ¡Yo también te amo! Ayer no lo sentía, tal vez mañana tampoco lo sentiré, pero déjame decirte que te amo y no tomes en cuenta mis palabras. Te amo demasiado.

Era un hombre de nuevo, e imposibilitada de tocarlo, lo abracé, y amé toda la noche a un hombre herido, que no era el mío, pero que necesitaba saber sobre la existencia de su capacidad para amar… nuevamente. Su herida no me inspiraba lástima, sino un amor profundo que quise hacerle sentir posible de un emisor femenino con cualquier nombre, por casualidad esa noche fue el mío. Le entregué mi voz entera para evidenciar que los te amos pueden acompañar su nombre y estremecerlo… nuevamente. Le dije que descansara, que yo sin poder hacerlo le acariciaría el pelo hasta que cayera en sueños y que despertaríamos con un dulce recuerdo en los labios de una noche de amor. Yo lo amé, no fue imaginado. Yo amé a otro hombre.

Pero eso fue anoche.

sábado, marzo 01, 2008

Futura hija mía

Futura hija mía:

Junto con saludarte, me dirijo a ti para pedirte encarecidamente que no nazcas.

Estoy conciente de que mis palabras pueden ser impertinentes y mi petición muy difícil de conceder; no obstante, he de insistir en ella por tu propio bien. En la presente expongo mis razones.

Tengo dieciocho años y soy el sueño de mis padres: tu llegada prematura me despertaría a media noche, ¡a plena noche!, y sería arrojada con desdén a la oscuridad donde me acecharían los fantasmas de todo lo que no alcancé a ser. Si llegas, no alcanzaré a ser, tendrás como madre un ente incompleto, un amanecer que vio interrumpido su proceso de gestación. Mi amanecer será nocturno, la luna me volverá la espalda y nunca más un lecho me recibirá para el amor por haber concebido en mi último placer mi propia frustración. Te ruego, niña, no nazcas. Aún puedo ser algo… algo que tal vez no sea sueño, pero tampoco pesadilla eterna de noches sin cama.

Entiendo que quieras nacer, aquí tenemos cosas lindas: sonrisas, animales, poemas y dioses. Es cierto cuando dicen que la vida es una mierda, pero alguien me dijo que la mierda es abono para las flores más bellas. Lamentablemente, mi niña, yo no soy flor, soy de esas plantas muy verdes que, habiendo nacido en primavera, no tienen pétalos, y por eso envidian todos los aromas, despreciando el propio. Niña, yo no soy flor, no soy mierda… soy sólo un proyecto de sueño… ¿cómo se supone que florezcas si no tengo jardín, sólo una cama? ¡No puedes florecer entre sábanas!

Por favor, te ruego, no nazcas. De antemano, muchas gracias.

Tu madre.

viernes, febrero 22, 2008

Puerta, ventana e infinito

“Donde se cierra una puerta, siempre se abre una ventana”, dicen… pero yo habitaba entre paredes, muros altos hechos con ladrillos de requerimientos, exigencias, ¡ahora, ahora! ¡Tiene que estar listo ahora! Ladrillos fríos y hostiles que impregnaban en mí su pigmento terroso… paredes perfectas e infinitas:

-Abre la ventana.
-Pero es que yo tenía una puerta.
-Abre la ventana.
-¡No! ¡¿Por qué?!
-Por la ventana también entra el sol.

Y el infinito llegó: sentí la brisa emanando de una ventana a medio abrir.

Me puse de pie, caminé los pasos que faltaban, salí del laberinto que me inventé… y respiré. “Al fin terminó”, pensé.

Al fin lo terminé.

sábado, febrero 16, 2008

El día del padre de Panchita

Tras la insistencia de los comerciales televisivos, las propagandas visuales, las promociones de rebaja y las preguntas de conocidos sobre qué regalarían este año, llegó el día del padre.

Francisca tenía sólo seis años y dos pesos en su monedero de juguete. Quería comprarle un set de herramientas a su adorado papá, pero en la revista de precios recibió la revelación de que, aunque se hubiera privado ya un par de veces de comprarse la golosina diaria, no podría darse el gusto de envolver en papel fluorescente lo que ella quería para su progenitor.

Esta angustia la invadió toda la noche de vísperas. Acudió a su hermana mayor en busca de consejo, pero había salido a una fiesta; probablemente ella ya había hecho la compra tras privarse de varios dulces… Acudió a su madre en busca de consuelo, pero recibió una sonrisa condescendiente:

-No te preocupes, hijita. Sólo regálale un abrazo, un beso y él estará muy feliz y agradecido –y la misma madre le regaló a su hija un abrazo apretado y un beso en la frente, pero la niña estaba lejos de sentirse feliz por la angustia y agradecida de la pobre solución.

Así debió irse a la cama, mas no a dormir. No podría, la culpa no la dejaba, ¡¿por qué fuiste tan golosa, Panchita?! Pucha, por esas torpes calugas ahora mi papá se quedará sin regalo y yo me quedaré con caries. Y ni siquiera estaban tan ricas… estaban muy duras… pero el chocolate del otro día sí que valió la pena… No, no… ¡Rayos! ¿Y cómo va mi papá a construir una mansión para mi mamá, un auto para mi hermana y una cuna para mi muñeca si no le regalo el súper set de herramientas para aficionados?

La intención de Francisca era permanecer toda la noche en vela con el fin de idear un plan maestro; sin embargo aún no poseía la habilidad de su hermana y cayó en su habitual profundo sueño.

Las risas sinceras de su madre en los oídos y el rayo naranja de luz en su ojo, devolvieron a la pequeña a la realidad. ¡Válgame! ¡¿Qué hora es?! ¡LAS ONCE DE LA MAÑANA! ¿Qué hago, qué hago, qué hago…? Las risas volvieron a inundar la casa, las de la madre, las de la hermana, las del padre… Estaban todos reunidos, tal vez ya celebrando el día del jefe de familia y disfrutando de los espectaculares regalos… Mi hermana le debe haber regalado un yate, porque mi papá siempre dice que el mar es lo más lindo que hay, que no es sólo agua azul, y por eso mismo ella sintió el deber de ayudarlo a darse cuenta de que está en un error, que sí es agua azul… Mi mamá le debe haber regalado un reloj mágico que nunca esté atrasado y que cuando él se despierte tarde, retrocede el tiempo para evitar los retos de su superior…

¿Por qué reían sin ella? ¿Por qué no la habían esperado para tomar desayuno y abrir los regalos? ¿Acaso sabían que ella había priorizado los dulces antes del regalo de su padre? Panchita se quedó un momento más en cama, podía fingir aún dormir hasta que las risas cesaran, hasta que la celebración y la ceremonia de apertura de regalos hubieran finalizado. Fingió dormir, trató de realmente hacerlo. Pero el rayo de luz entre las nunca bien cerradas cortinas insistía: Francisca, levántate, levántate, obséquiale a tu papi al menos el abrazo y el beso del que habló tu madre.

La niña se levantó. Y mientras se lavaba los dientes antes de bajar al comedor, se sentía pequeña y avergonzada por no proveer un regalo en el día del padre, ni una mansión, ni un auto… Ni un yate, ni un reloj… Ni una mísera caluga… ¡Ni medio martillo para el súper set de herramientas para aficionados!

-¡Feliz día, papito! –gritó Francisca entregándole al festejado un arrugado papel cerrado con uno de sus elásticos para el pelo.
-Gracias, hija, no tenías por qué moles… –pero la sorpresa y sobrecogimiento de Don Juan Luís Rojas no le permitió terminar la frase: su hija le regalaba un clavo que encontró cuando bajaba la escalera y ahora lo miraba con la más linda y radiante cara de satisfacción.
-¿Te gustó, papá? ¡Con él podrás construirle una mansión a mi mamá para que vivan para siempre, y un auto a mi hermana para que llegue a la hora que quiera, y una casa de muñecas para mí, y un yate para ti y el mar!

Don Juan Luís trató de no llorar: Panchita tenía razón, con esas cosas pequeñas podía construir su vida.

viernes, enero 25, 2008

Desvanecimiento

Miro tu foto que es nuestra foto pues en ella figuramos ambos sonrientes y próximos, y me parece inventada, trucada, ¿cómo decirlo?, imaginada, ficticia… nunca sucedió.

Me cuesta unir en un todo lo que expone la fotografía, las palabras que me cuenta el teléfono y los recuerdos que almacena mi aparato cognitivo con un dulzor cargante… ¿era realmente tan, tan lindo? Dicen que… no, sostengo que el transcurrir del tiempo hace exagerar los hechos… En fin, no puedo hacer que toda esa información converja hacia un mismo punto: tu nombre, tú, a quien amo. ¿Y cómo he de amarte si ni siquiera logro asimilar ya tu ser como una única entidad? Te desvaneces, te vuelves pedazos, fragmentos que se me irán perdiendo como ya perdí aquel de la certeza patente de tu incapacidad de vivir sin mí, o al menos de vivir con sonrisa y sin mí. Me angustió al comienzo, mas te desvaneces y hay trocitos que perdí y ya no logro recordar en qué consistían; de repente encuentro algunos tirados y otros en altares, y me percato de que había olvidado que me importaban, que existían: te desvaneces. Y es un alivio.

Pero mañana te manifestarás en tu totalidad y me parecerás aún más majestuoso por el milagro de la recomposición. Tantas veces citado el ejemplo del jarrón roto que aunque ensambladas nuevamente todas sus partes nunca será lo mismo… pero tú serás lo mismo, porque nunca te quebraste, y me parecerás magnífico, pues para mí ya no eras más que trozos fracturados sobrevivientes a un desvanecimiento tenue, imperceptible pero efectivo. ¡Te desvanecías! ¡Mera materia mutante evaporándose! Y mañana te presentarás sólidamente… ¿cuánto me demoraré esta vez en desgarrarte en unidades más pequeñas, que pesen menos, expiren más? Es tan largo, lento y tortuoso el proceso de transmutación… no importa, te desvanecerás y esparciré las partes del todo, estarás por doquier y en ningún lugar cabalmente, tu conformación perderá coherencia y tu sustancia valor: te desvanecerás. Y será un alivio.

Entonces confesaré la conservación de un sólo fragmento, cualquiera, un codo, un suspiro, un lunar, que ubiqué bajo mi almohada, y al desvanecerte perdurarás tan fugaz, liviano, bello e inconsistente como un sueño que al despertar olvidaré.

lunes, enero 21, 2008

Suena, por favor

I

El reloj acercándose a la media noche y en el velador, mi celular. Tentación apocalíptica, diamante sin protección, ingenua en brazos de un Don Juan, pecado original, chocolate olvidado en el mesón… mi celuluar…

Tan fácil, tan cerca. Sólo tendría que estirar el brazo, marcar los números que de memoria sé y…


II

-No llore más, mi niña, si va a volver, él la ama, va a volver…
-¿Y si no vuelve, mamá?
-¡Sí va a volver! Usted ponga el corazón duro no más y no lo llame. Cuando la empiece a extrañar, volverá.


III

No terminaba de abrir ambos ojos y mi mano rauda interrogaba bruscamente al teléfono móvil para que confesara por lo menos una llamada perdida.

Me sumergí en una refrescante ducha donde me lavaba las pesadillas de la noche ya muerta y me jabonaba con las que tendría que vivir un tercer día, apuré las gotas impaciente y aún destilándolas en toalla encendí el computador. Sin violencia ahora pasé a rogarle al celular que sonara. Suena, por favor, suena.

Una vez vestida y desayunando frente a la pantalla monté incansable guardia: un monito gris insistía en su color y sobre él se tatuaba un no conectado.

Mientras me ponía el pijama me di cuenta de mi metamorfosis en vigilante de mi propia prisión. Espectadora.



IV

Su vibrar contra el velador de madera me alertó y tropecé levemente antes de alcanzarlo y contestar.

-¿Vamos a bailar?
-No, gracias.

Desactivé la opción vibrar y dejé los ringtones personalizados.


V

Otro cigarro más y en aquelarre otro salud más. Humo y risas femeninas envuelven cualquier cosa y lo deforman. Cada cierto tiempo chequean si estoy bien; yo sonrío tranquila. Otro cigarro más, alguien vuelve a llenar mi vaso, todas hablan sobre cualquier cosa y evitan el tema; yo silencio. Un mareo lento, circular, me distrae. Todo se mueve, no me quejo, asumo los efectos secundarios de las drogas anestésicas de esta noche; yo inmóvil.


VI

-Gracias, mi amor, eso era todo lo que necesitaba –y sin contestar, colgué.

Volvió a sonar.

-Lo siento, mi vida, no puedo contestarte, lo sabes, pero gracias por llamar –dije en un susurro alegre abrazando el celular mientras aun sonaba. La felicidad era mía: me llamó.

lunes, enero 14, 2008

Terminar

Terminar… terminar pensé que era sólo eso, terminar de dar besos en la boca al saludarse y empezar a darlos en la mejilla; terminar de caminar de la mano y empezar a hacerlo por el propio camino –tal vez esa mano pueda estar cómoda también en el bolsillo-; terminar de recurrir a esa persona ante la aflicción y empezar a tratar de sonreír solito; terminar de compartir alegrías -que no se dividían en dos- y empezar a brillar individualmente… terminar. Sólo eso, terminar: dejar de hacer cosas. Pero no basta, terminar no es sólo dejar de hacer cosas, dejar de dar cosas: es quitar muchas.

Quitar lo regalado, quitar lo compartido, quitar lo prestado, lo cotidiano… Quitar derechos -eximir deberes-, quitar secretos, quitar verdades y remplazarlas por silencios, por risas corteses, por versiones incompletas, por lo justo y necesario.


Terminarlo todo es quitarlo todo y empezar sólo con lo justo y necesario.

viernes, enero 11, 2008

¿Quién me regala perlitas?

¿Quién me regala perlitas?
Las mías las perdí ayer,
o hace un par de días
en una pieza tibia
donde no volveré.

Se deben haber desprendido de mis orejas cuando me saqué el chaleco…
o tal vez cuando me abrazó…
o cuando jugaba con mi pelo…
o cuando caímos riendo en la cama y en el sillón…
o cuando nos besábamos compulsivamente en incontrolable jaleo

¿Quién me regala aros de perlitas, por favor?
Las mías se deben haber quedado en una pieza tibia
En el suelo por algún rincón
o entre los montones de ropa tirada, perdidas
pasando entre las pelusas desapercibidas

¿Será que el habitante de esa pieza las encuentre algún día?
¿Será que las guarde como un tesoro?
¿Como un recuerdo o como un estorbo?
Como mi presencia abandonó su vida
Las perlitas abandonaron mis orejas dejándolas vacías
sin adorno

Ahora me dejo el chaleco puesto
No quiero abrazos, ni juegos, ni pelo
No quiero camas, ni sillones, ni jaleo
Quiero que alguien me regale unas perlitas
Porque he olvidado las mías
Cuando abandonaba esa pieza de prisa
Sin un beso
ni una despedida

martes, enero 08, 2008

Llévame contigo en este sobre

Franco:

Llévame contigo en este sobre, déjame cuidarte yo, despega este último avión sin las penas del ayer… Esas se acabaron hace mucho. Te equivocaste, hermanito: no, no estamos iguales; no, no somos los mismos. Me aventuraría a decir que el cambio es para mejor. Y aunque no se note en lo superficial y nuestras sonrisas sean las mismas, aquí hemos sufrido mucho, y la pena enseña. No te quedes con penas viejas, ellas ya te enseñaron lo que podían, ahora date cuenta que tu papá no es el mismo, es mejor; que tu mamá no es la misma, es mejor; que tu hermana no es la misma, es mayor. Yo sé que quieres cruzar la cordillera, cerrar los ojos, ser lo más feliz posible y que cuando vuelvas todo esté igual… pero no lo estará. Por eso llévame en este sobre, quiero acompañarte en tu vida y mostrarte que no hay que huir de la pena, ni evitar lo desagradable, quédate, enfréntalo, aprende.

La distancia no es tan difícil como la pintan: uno se queda con las palabras bonitas, se evita todo los problemas molestos de la convivencia y la rutina. Y cuando al fin nos vemos, la reunión es una fogata donde tú me cuentas las anécdotas interesantes de tus historias, y donde yo te narro los capítulos destacados de lo que me ha pasado a mí. Un simple intercambio de novelas. Y te confieso: tengo miedo. Miedo a que cuando en dos años más vuelvas definitivamente, sigas viviendo a distancia, por evitar lo desagradable, como los evitas a ellos.

Las cosas más valiosas que he aprendido en estos dos años no han sido pasándolo bien, y yo quiero ser esa hermana que esté cuando me necesites, no sólo en amenas fogatas. No me evites a mí, yo no le tengo miedo a la pena, porque llorando y amando se supera. Le tengo miedo a la soledad. No puedo prometerte esta sonrisa de pendeja feliz, que te he ofrecido estos días de tu visita, como un estado constante. Voy a ser desagradable, pero te prometo ser tu hermana y que mis ojos, espejos de los tuyos, te seguirán esperando y apoyando a los papás –con los que hemos crecido tanto entre cigarro y cigarro- hasta que tu vida y las nuestras se puedan escribir en un mismo libro.

Llévame contigo en este sobre, porque tú te quedas conmigo en todo lo demás.

lunes, diciembre 31, 2007

El descanso

El descanso deseado por todos fue mío, en una playa tibia con brisa fresca, ruido alegre y tranquilidad; pero yo te extrañé.

El escape anhelado por todos fue mío, en dos horas de distacia de la ciudad, aire puro e inexistencia de rutina; pero yo te extrañé.

Extrañé despertar a tu lado, como nunca lo he hecho. Extrañé nuestra casa que aún no tenemos. Extrañé cuidarte como el marido que no has sido. ¡Te extrañaron tanto los hijos que no hemos tenido! Te extraña mi vida cuando se aleja a kilómetros de nuestro futuro juntos... La playa un maldito cuadro bien pintado carente de las paredes que lo sostengan; inútil decoración de una ceremonia que por exceso de juventud no se realiza. La rutina un maravilloso sueño, ¿qué descanso más puro que el aire exhalado en tu suspiro al final de la jornada, llegando del trabajo que aún no consigues como el profesional titulado que todavía no eres?

Ya mañana vuelvo a la ciudad y se me hace más hermosa que el mar, pues te alberga en sus olas de gente donde cada uno es un grano de arena. Yo seré un grano de arena más, y tú conmigo, pero nos extraña tanto la playa que conformaremos en el futuro, que el me voy despidiendo de este descanso y cambio el beso de la brisa marina por el que imagino en tu boca mientras se gastan las dos horas.

jueves, noviembre 22, 2007

Música de fondo

¿Llegará algún día ese día donde la música suave murmure en los silencios disfrazada de sonrisa? La sola espera arquea mis labios… ¿cuándo adornará los momentos como sólo una mano sabe adornar otra?

La imagino a veces acariciando mis párpados en su renuncia desganada al día, o consolando la evidencia de alguna verdad. Si llegara, sabrá ser más que anillo fino y brillará invisiblemente en embriagante compañía del instante vivido, compartiendo cualquier cosa tiñéndola de precisa, preciosa.



Murmura sutil, no espero, las manos lo siguen siendo aún en la desnudez.

miércoles, noviembre 07, 2007

Quema

Y cuando nuestras manos ya no se puedan tomar, nuestro amor será más que manos. Y cuando mi memoria comience a olvidar los lunares de tu piel, estaremos más cerca que nunca. Y cuando la angustia se apodere de nosotros por el tener que frustrar un nuevo beso, encontraremos alivio en la existencia de tal angustia. Basta que exista. Existe ese beso nuevo y lo guarda Allah, y nuestra piel fría espera tomándose más allá de las manos, espera aliviada en angustia y en este frío intenso donde antes nos regalábamos tanto calor…

Y cuando todo eso suceda, recuerda que el hielo también quema. Allah se puede llevar el fuego, pero nos seguiremos quemando en la distancia tan cercana de un amor nevado, que es hermoso porque no necesita manifestarse para tener la certeza de ser real, intensamente va quemándonos desde el frío del abrazo no dado, y las cicatrices en mi piel son tu nombre; no necesitas escribirlo con las manos, porque somos más que manos, somos quienes esperan para que el amor sea más que amor… que sea vida con sabor a dos.

viernes, noviembre 02, 2007

Buenos Aires

No conozco Buenos Aires. Es como una especie de cuento de gángsters para mí... de esos que se inspiran en algo real y luego se deforman y magnifican y trascienden y son perfectos...

No conozco Buenos Aires, pero me suena a media luz, blanco y negro, secreto, un tibio calor, siempre envuelto en humo de cigarro con un leve olor a alcohol... vino preferentemente... No sé por qué.

No conozco Buenos Aires... pero me gusta imaginarmelo así, pensar que vives en una especie de película antigua donde los sentimientos son más intensos -aunque de los mismos temas de siempre-, donde las palabras son rebuscadas y las meditaciones profundas...

No conozco Buenos Aires... pero me inventé uno.

martes, octubre 09, 2007

El pasillo

Y ahora son pasos seguros los que resuenan en las baldosas oscuras de ese pasillo expuesto y enjuiciador. Mas ya no hay juicio: ya ninguna cara reconoce la mía al pasar.

Ese lugar es tan mío, y ahora soy tan ajeno… ¿Qué hago aquí? Mis pasos suenan más fuerte, porque saben que independiente del motivo pueden estar aquí, aquí en esta pasarela que conecta las salas que ya no me dictan clases y los baños que ya no me refugian de nadie.

Las baldosas siguen sintiendo mi peso, y la búsqueda se vuelve tan pesada… ¿Qué hago aquí? Aquí no hay nada de lo que buscaba, nadie a quien culpar, nadie a quien pedir perdón, ¡nadie! Todos egresaron y yo he vuelto porque este lugar es tan mío, pero ya no tiene nada de mí… ¿Qué vengo a buscar? Este lugar está absolutamente vacío de esos ruidos diarios, risas y otros, repleto de ruidos nuevos, de caras… ¡Hay tantas caras aquí! Sus cuerpos son todos iguales, casi podrían confundirme y hacerme creer que son a quienes yo busco, sus cuerpos también eran así… Pero no, es imposible, porque esos perdidos están muertos en el pasado, ¡en este mismo lugar! ¡Aquí estaban! Los busco, pero no están, era precisamente aquí, pero en años muertos, todo vacío, y esas vidas nuevas con ruidos propios me parecen tan lejanas, quieren confundirme, pero es imposible, son otras caras…

Y quiero exigirle a este lugar que me los entregue, ¡entrégalos! Porque en otras salas he aprendido cosas nuevas y otros baños no han tenido que esconderme, ¡tengo tanto que decir! Y nadie a quien le hagan sentido mis palabras… Pensé encontrarme aquí, poder tomarme de la mano, contarme lo que habrá más allá del juicio y aconsejarme, decir tranquila, todo estará bien, pero esa quinceañera está muerta también y ahora que puedo ayudarla es muy tarde… Aquí todos tan llenos de vida en este cementerio de niños, fantasmas invisibles a sus rebosantes habitantes, macabro espectáculo a mis ojos que ya son muy adultos para llorar, no otra vez, no en este pasillo otra vez… Vine a hacer las paces, y contemplo la herejía del ruido nuevo en campo santo que debiera descansar en paz, aquí debiera haber tanto silencio, ¡más respeto por los muertos! Pero nadie entiende, porque los nombres que busco no tienen cadáver, tienen planes y futuro, ¡pero esos no son a quienes busco! ¡Yo busco a los quinceañeros! ¡A los muertos! Es que tengo tantas cosas que decirles…

Mis seguros resonantes pasos deben alejarse ahora, pero dejaré estas flores aquí.

viernes, septiembre 28, 2007

Una denuncia

Tengo una denuncia que hacer: el deseo ha sido manipulado a lo largo de la historia.

En un principio hubo dioses, y a ellos atribuían los hombres todo lo que acaeciera con ellos y con el mundo. Eran seres de escasa voluntad, ignorancia, que se sentían sometidos a voluntades mayores y divinas. Si deseaban era porque los dioses así lo habían dispuesto, no porque dentro de ellos el deseo estuviera llamando, y asumían un destino supuestamente preestablecido.

Entonces dentro de los griegos surgieron los sofistas. Herejes, les gritaban algunos. Pero cuando las instituciones de Grecia empezaron a corromperse, surgió la ética. Y entonces la manipulación.

Postulo que el deseo fue manipulado primeramente en Grecia. Aristóteles planteaba que “(…) lo que explica el movimiento es siempre el deseo ya que puede mover contrariando al razonamiento y el razonamiento no puede mover si no hay un deseo que lo acompañe”[1]. Se entiende el deseo como un motor, pero un motor caprichoso y ciego, que se aboca a los fines, a los objetos, sin mayor explicación. Es este comportamiento impredecible el que incomoda a la estructurada Polis, y entonces se idean propuestas para controlar el deseo, siempre latente amenaza del orden. Y la propuesta de Aristóteles es la Virtud Moral. Una costumbre, un hábito de tender al “bien”, una domesticación del deseo para “desear los fines correctos”… Quien se deja llevar por el deseo es socialmente rechazado, la polis toda censura el deseo, es cómplice de la manipulación de éste. ¿La estrategia? Potenciar la inteligencia. La inteligencia se entendía como la facultad del hombre para escoger los medios adecuados para realizar aquellos deseos bien deseados. Aristóteles afirmaba que el deseo debía ser educado desde la infancia, para que no fuera un esfuerzo ser virtuoso, buscar el equilibrio y tender al bien, el bien superior, el bien de la Polis. Había que educar en enkratés. Suena lógico pensar que si inculcamos el pensamiento a nuestros hijos de que deben sacrificar la satisfacción presente para obtener una mayor gratificación de lo deseado a futuro, estamos formando personas que puedan enfrentarse muy bien a la vida, y que con templanza lograrán sus cometidos, cumplirán sus buenos deseos. No obstante, Aristóteles no se percató de que en esta bien intencionada manipulación, cohibía el motor mismo de la acción. Darle una carga negativa al deseo, fomentando el uso de la razón, ha precisamente desequilibrado el actuar humano durante siglos. Aristóteles falló en la esencia de la virtud, en buscar el medio.

Pasaron los años, y el hombre fue creando medios de transporte, fue conquistando, fue inventando armas, fue desatando guerras, matando gente. Si todo esto era producto de su “inteligencia”, que buscaba los “medios adecuados”, entonces no tenía ningún sentido. Este sentimiento de incoherencia, de desprotección ante la obra del hombre, origina a la corriente filosófica llamada Existencialismo. Ella se horroriza de su entorno, de su momento histórico, y simplemente lo niega. Es tal su rabia contra todo lo que ha hecho la inteligencia en desmedro del deseo, que niega ya cualquier concepto que pueda influirlo más: ni mundo, ni entorno, ni Dios, ni nada: el hombre y su deseo, ahora completamente escindidos. Es comprensible esta rebelión, este intento de salvaguardar el deseo. Sin embargo, termina por manipularlo de todas formas. Lo frustra al restringirlo únicamente al campo del individuo, o al de un pene y una vagina. El hombre está resentido, herido, y se vale del deseo, egoístamente lo establece como un estado de carencia, como una conciencia no cognoscitiva, como una turbación. Esto es lo que postula Sartre. “Una náusea discreta e insuperable revela perpetuamente mi cuerpo a mi conciencia: puede ocurrir que busquemos lo agradable o el dolor físico para librarnos de la náusea, pero, desde el momento en que el dolor o el agrado son existidos por la conciencia, ponen de manifiesto a su vez su facticidad y su contingencia, y se develan sobre el fondo de la náusea”[2]. Hay un deseo de cosas trascendentes que le cuenta a la conciencia lo que quiere. El cuerpo le cuenta a la mente. El ser en sí desea, y el ser para sí dispone. Y el ser en sí que desea, desea un cuerpo que lo haga ser conciente de sí mismo, y entonces el ser en sí y el ser para sí se fusionan en un yo. Es hermoso, en teoría. Yo puedo ser lo que soy en la medida en que mi conciencia adopta lo que mi deseo le pide, y se realiza en cuanto a otro. Por lo tanto, para Sartre, el hombre depende sólo de él y se hace responsable; se libera él mismo y su deseo, y en una mezcla perfecta entre el deseo, la conciencia y el cuerpo de un otro, combato la angustia que el mundo me ocasionó. Suena muy bien, pero lamentablemente, esta es otra manipulación por conveniencia, aislar el deseo del mundo es sólo el reflejo del resentimiento hacia éste.

“Lo que impide que la vida discurra y crezca es el lenguaje y el juicio moral.
El lenguaje de nuestra cultura divide el mundo en sujetos y predicados. Los sujetos existen como soportes de los predicados”[3]. Delueze apoya desde su punto de vista mi tesis de la manipulación. Admite que el mundo ha influido radicalmente en los deseos del hombre, pero también rescata la necesidad de éste en la satisfacción de sus deseos. “Juzgar inmanentemente es establecer qué es lo que conviene a cada potencia, qué la hace crecer, expansionarse. No existe el bien y el mal general. Pero sí que existe lo bueno (lo que conviene) y lo malo (lo que no conviene) para este o ese cuerpo. Cada cuerpo busca ampliar su territorio mediante sus devenires, a través de encuentros con aquello que le conviene. El encuentro con una persona, con un libro, con una música que me conviene es un devenir esa persona, ese libro, esa música cuando no los imito, sino que dejo que me invadan y que mi territorio se amplíe”[4]. Deleuze entiende la manipulación tanto a nivel social como a nivel individual que ha habido del deseo, por eso invita tan amablemente a desear, a crear realidades, a crecer. Él no entiende el deseo como los manipuladores, sino como la vida misma, llena de matices, donde se desean realidades, no cosas ni situaciones. Desear ya no es un peligro, porque el deseo se orienta al desarrollo de nuestra potencia, en conjunto con el mundo que me invade, y con el yo que fija su territorio. Si la invasión es excesiva, entonces “borrarse”, sustraerse un momento del entorno callando las voces para escuchar la propia. Si fijar el territorio se vuelve en sedentarismo, entonces “experimentar”, acceder e interactuar con aquello que te haga sentido. Deleuze reconoce la dificultad de vivir la vida, las influencias que han manipulado al hombre, mas no es pesimista, ¡se puede vivir! Se puede ser el huracán destructor o el feliz, pero la idea es moverse grandiosamente. La destrucción o la felicidad dependerá de cuán manipulado estás en tu deseo, ya sea por el mundo, o por ti mismo.







[1] Hernández Sanjorge, Gonzalo. Del Deseo como lugar del Sujeto; p. 2
[2] Sartre, Jean-Paul. 1943. El Ser y la Nada; p. 365
[3] Larrauri, Maite. El deseo según Deleuze. Editorial Tándem; p. 3
[4] Ídem; p. 6

domingo, septiembre 23, 2007

Una carta para ti

Mi amor:

Hay pocas razones, pero una acción: escribo una carta para ti. Hablamos hace un par hora, o menos; nos vimos ayer; nos veremos mañana; no estamos peleados, no estamos apasionados; no estamos incomunicados, puedo tomar el celular en cualquier momento; no estamos lejos, unas veinte cuadras sería tal vez exagerar... Pero escribo una carta para ti, porque te amo.

¿Recuerdas ese tiempo en que no nos amábamos? Es irónico, sin embargo, ese era el tiempo en que más románticos éramos. Me invitabas a lugares que me sorprendieran, yo me arreglaba mucho, me dedicabas canciones, yo inventaba juegos, me escribías mails, yo te coqueteaba... Fue un tiempo bonito, corto y romántico. Lo recuerdo con una sonrisa, mas no lo añoro. Prefiero esta tranquilidad hermosa de amarte y que me ames, prefiero la ausencia de esa duda nerviosa de si realmente estás feliz de verme, prefiero la sinceridad. Estupidez creer que planear estrategias para sacarte un beso y cuidar mis palabras para que no se revele cuánto me gustas es romántico. Eso no es romance. Esto es romance. Esto que estoy haciendo, esta carta que escribo, tu invitación a comer helado porque sabes que me encanta, el superocho que te llevo porque sé que te encanta, acompañarme a ver la teleserie, acompañarte a escuchar el partido, proponerme ir al cine a ver esa película que odias, aceptar ir a la parada militar que me aburre... Esto es romance, esto es burlarse de la rutina... y de eso se trata el amor. ¿O no? ¡Quién sabe! El amor lo inventamos tú y yo. Y otras parejas inventarán otros conceptos, y tendrán otros parámetros, y otros besos, y puede que sean mejores... Y en ese tiempo en que no nos amábamos me importaba. Me trastornaba la posibilidad de encontrar a alguien más, a alguien mejor, y que no lo viera por ya haberte elegido. No obstante, hoy te amo, y puede que sí, que haya gente mejor, y es muy probable que sí, que haya gente mejor, y ya no importa. Porque este amor nuestro que no merece estar en ninguna película, me hace feliz. Me hace feliz, y aunque pudiera encontrar algo mejor, ¡no quiero algo mejor! ¡Te quiero a ti! Y quiero nuestra historia, y quiero vivirla siempre, y quiero que sus sucesos calmos que no podré narrar en ninguna novela, y quiero esta tranquilidad de poder decirte sinceramente lo que pienso y no temer ser herida, y quiero crear una rutina contigo y que esa palabra no tenga carga negativa, y quiero redactar esta carta, una carta para ti, una carta de amor.

martes, septiembre 04, 2007

Por la duda

No va a venir. Nunca vienen. Después de dar la espalda y abandonar indignada la habitación, una siempre espera sentir ojos en el cuello, pasos acelerados tras los propios, en cualquier segundo una mano en el hombro que te obligue a suspender el alejamiento… pero no vienen. Nunca los ojos, nunca los pasos, nunca la mano, cualquier mano… por favor… porque no era indignación ni desesperación por alejarse, era simplemente una súplica muda de la más mínima muestra de anhelo por mi presencia junto a la tuya… ¡¿Es que no entiendes?! Tu mano no tendría que obligarme, el más leve roce y yo volvería a tus brazos, ¡porque nunca quise abandonarlos! No obstante, tenía que saber si a ti te importaría que los abandonara…

Pero no va a venir. Ya salí de la casa, ya caminé lentamente hasta el paradero, ya dejé pasar tres micros que me llevarían a mi destino… ya me habría alcanzado si hubiese querido…

No va a venir. Nunca vienen. De ahora en adelante creo que viviré con la duda de la importancia brindada por brazos ajenos a los míos.

sábado, agosto 18, 2007

Pide un deseo

Qué desesperación, mirar hacia dentro y ver algo que no te gusta. Qué desesperación, mirar hacia fuera y ver algo peor.¡Estorban los ojos! Eso pasa, si la gente los cerrara un momento, la humanidad podría aún salvarse al percibir aquellas cosas que son más importantes que la imagen.

Y hablando de imagen... ¿qué imagen tengo yo? ¿Qué imagen tienes tú? Yo no sé quién soy, se mezclan los sufrimientos, las máscaras de protección y los deseos frustrados, ¿qué te mueve ahora a tu destino? La casualidad tal vez... ¿y la voluntad? No. Ella se pierde por ahí, por ahí en algún error, en alguna persona, en algún invierno, en una cita a la que nadie llegó. Y entonces la rabia, la ira, los gritos, el miedo, el frío... y luego, la inmovilidad. El existir. No el vivir.

El deseo, ese es el problema. Nadie se da el tiempo de descubrir cuáles son sus deseos más íntimos que te llevarán a escoger las acciones que determinen el destino donde esos deseos se saciarán, y morir tranquilo, en la vejez con pelo blanco o no, con nietos o no, con paraguas-o-no, pero tranquilo.

¿Tranquilo? ¿Conoces ese estado? Te apuesto que eres uno más de esos que no identificaron sus deseos y de repente ya estaban en el colegio porque era el deber, en la universidad o instituto porque era el deber, enamorándose porque, puta, en algún momento te TIENES que enamorar, y trabajando porque nuevamente es el deber... ¿Y todas esas cosas que hiciste o debes hacer tienen alguna relación con lo que profundamente deseas? Tus acciones son sólo acciones, sin destino, juegas a la gallinita ciega y así vives y guías tus pasos. ¡Te apuesto! Y tú apuesta que yo también, y ganarás. ¡Vamos al casino! Ganaremos todas las apuestas, total ya sabemos mucho del azar: esa es nuestra vida.

Bebe un poco más, llora la vez número diez mil uno, vomita y toca fondo. Y antes de lavarte por decencia, mírate al espejo así, tal cual, con el vómito escurriendo y pregúntate: ¿Qué tiene esto que ver con lo que alguna vez deseé? Te apuesto que conozco la respuesta: nada. Recién entonces lávate si quieres, si no, da lo mismo. Apaga la radio, apaga la lluvia, todo, ¡apágalo todo! Que no haya interferencia, que ningún sentimiento predeterminado tiña esa búsqueda con un tono ajeno, este es el momento, cierra todo, abre aquello de lo que te quejas y que no conoces: tus deseos. No será fácil, te lo apuesto. Y cuando los identifiques, podrás guiar nuevos pasos, moverte hacia ellos, ni los huesos cansados podrán detenerte si ya sabes hacia dónde vas, dónde queda. Y entonces tomará sentido el colegio, la universidad, las matemáticas, el trabajo: herramientas, ¡herramientas todas! El bastón para caminar hasta allí, hacia el destino donde se sacian los deseos, ya no serás ciego, será perfecto. Te apuesto que entonces todo tomará sentido. Te apuesto que te costará un mundo tomar la decisión. Te apuesto que estar triste es más fácil que atreverse a buscar la solución. ¡Te apuesto! ¡Te apuesto! Vamos al casino... yo ya he perdido tantas veces, ya no creo en el azar, creo en mis deseos, que son tantos, y que no seré tan mediocre de al menos intentar saciarlos. Nadie puede llegar a la perfección, pero es mediocre ni siquiera intentar acercarse a ella.

viernes, agosto 10, 2007

Mechón de pelo

¿Y cómo ver la vida a través de un mechón de pelo? Trazos fragmentados, una película mal proyectada, interferencia… ¿Y cómo ver la vida sin ese mechón de pelo? La versión completa, ¡nitidez! Desnudez…Esta chasquilla molesta mis ojos, pica mi rostro, acalora mi piel, ofusca mi humor; no obstante, sería un acto suicida extirparla con tijeras frías, grandes, reflectantes, espejo malformador, juezas. Suicidio, operación kamikaze a una vida normal, sin velos, ¡pura realidad! Y mientras una gota cae en el vidrio empañado, esta chasquilla empaña mi enfrentamiento con el mundo… ¿Y por qué ha de ser un enfrentamiento? ¿Por qué hay una suposición intrínseca de enardecida batalla, por qué se asume la necesidad vital de armarse hasta los dientes con frenillos, hasta las orejas con aros, hasta los pies con tacos, hasta los cuellos con perfumes… hasta las frentes y ojos con mechones de pelo?

Y aquí estoy yo. Y ya no es una gota, sino dos, y el calor va evaporando la sustancia sobre el vidrio, veo un poco más, veo un poco mejor… Mas mi visión no afecta al vidrio, ni a lo que hay fuera de él, es un acto inválido, discapacitado… Al menos no suicida. Nadie aprende a hablar si nunca ha escuchado las palabras de otros, las realidades de otros, y el vidrio me muestra cada vez más su realidad, son cientos de brillantes gotas las que tropiezan en su lento descender, y yo no hago nada, sólo escucho, queriendo aprender a hablar…

Tiembla un poco mi mano, preguntas trilladas de ser o no ser, seguridad o verdad, esta chasquilla es mi escudo, dicen que se ve bien, se parece a la de otras, pertenece a un grupo de características definidas, fácil, cómodo casi siempre; pero todos los escudos pesan, y hay medidas más severas que los kilos.

Mi mano tiembla, toca el vidrio, esparce la sustancia, despeja lo poco que aún quedaba invisible, veo más, veo mejor… Y mi mano ahora está mojada, es el costo, los huevos rotos, está mojada y me da frío… ¡Imagina el frío en la desnudez! ¡La vulnerabilidad en la desnudez! El mundo tendrá una ventaja sobre mí, sabrá de antemano mis puntos débiles, los ataques serán certeros, la competencia un chiste, el resultado una masacre… Pero el mundo al otro lado de ese vidrio empañado es el mismo que ahora se revela gracias a las gotitas acusadoras, ¡el mismo! Sólo unos minutos más viejo.

Sigue temblando mi mano, de frío, de miedo… y luego será de parkinson. ¿Qué tan vieja esperaré a ser para ver lo que es? Enfrentamiento o sosiego, alegría o pura mierda, ¡pero ver! Este mechón de pelo me hace miope, daltónica, ¡defectuosa! Un guerrero no gana batallas por la resistencia de su escudo, sino por la destreza de su mano empuñando la espada.

Mi mano temblaba, pero yo ahora quería usarla. Tomé el mechón de pelo y lo aprisioné tras mi oreja.

sábado, julio 28, 2007

A veces soy normal

A veces soy normal. Conozco a la perfección el cómo razonar lógicamente. Podría decir que tiendo a la bondad. En fin, a veces soy normal.

Hoy no es una de esas veces.

Me son casi irreprimibles los deseos de hacer daño y traicionar. Quiero jugar con alguien que no se lo merezca y engañarlo con alguien que no valga la pena. Anhelo con un aire de vicio ser la causa máxima del padecer de quien creía en las buenas intenciones, y observar indiferente y plácidamente el cómo se tortura, se autoflagela, se disminuye y se obliga a diezmar su amor propio en pedazos desgarradores, el cómo desearía vivir llorando, morir sufriendo, y tratar de entender qué mierda hizo mal… porque tal vez fue su culpa, pensará… ¡no! ¡Definitivamente fue su culpa!, llegará a concluir, y yo guardar sepulcral silencio, pronunciar sólo un cínico “lo siento” y traumar a aquel ser que temerá siempre volver a amar, perjudicando así también a todo quien intente amarlo.

Me es prácticamente una necesidad, necesidad imperiosa grabar mi nombre con sangre y cicatrices perpetuas en piel ingenua… Entonces cada vez que su ser le sonría al sol, él iluminará las huellas que dejé, y le hará recordar que es demasiado bello sonreír para su estado menesteroso. Entonces cada vez que su ser se entregue abatido a la noche, ella encubrirá las huellas que dejé, y le hará recordar que ella cegó anteriormente otra evidencia pero el dolor prevaleció, y sufrirá por la pena actual y por la pena de mí.
Si sonríes, leerás mi nombre. Si lloras, te sonará mi nombre. Mientras puedas sentir, existirá amargamente en ti mi nombre; y mientras puedas sentir, sufrirás; y llevarás contigo ese sufrimiento como medalla de honor de una guerra execrable, orgullosamente llevarás, cual mártir, mi nombre, entonces, sólo entonces, tu vida tendrá un sentido: recordarme. Y yo nunca lo sabré. Pero habré saciado mi necesidad -hoy anormal- de hacer daño, y disfrutaré imaginándote.

viernes, julio 20, 2007

Eternidades

Me bajo de la micro repleta y quedo frente a un cielo y a un mar.

-¡Avisa antes, po’! –grita el conductor en furia ante mi solicitud sin paradero autorizado.

-¡Ay, mijita, me pisó! –parece que también se escucha cuando mi zapatilla abandona el último peldaño.

El anaranjado intenso, obsequiado a las nubes delgadas por quien ya se escondía, me petrificó al borde del mirador. Ahí me quedé: un atardecer.

-¡Qué lástima que él no esté a mi lado para disfrutar mejor esta belleza!

Y comprendí que, incluso en su ausencia, los colores que me tenían absorta entrarían por mis ojos. Mis ojos estaban ahí, no necesitaban los de él para que esa imagen fuera bella: disfruté.

El cielo se había sublevado, plagió un mural de Miguel Ángel. El mar callaba pues se sabía ladrón también de las palabras de Neruda para definir su propio ser.

Tan imponentes eran estas dos eternidades, que me olvidé que yo existía. La naturaleza parece más real en fotos que en su presencia: demasiado bella, demasiado perfecta, demasiado.

El naranjo intenso ya no poseía ese adjetivo calificativo y mutaba en rojo, en morado… Los verdes intrusos que contrastaban las nubes se tornaban celestes, azules… Un beso saldo a mi cara desvió mis pupilas del cielo, observé el mar: también se sabía admirable y quería recordármelo.

La sublevada ahora era la espuma que incitaba a que se elevaran más y más las olas, que empararan las piedras, que intimidaran la orilla.

El cielo menguaba. El mar parecía dichoso.

Salí de mi ensimismamiento para agitarme en conjunto con el mar. La noche era nuestra y el movimiento ondulante se violentaba, se excitaba… ¡Grita, grita! La ola rompía estruendosamente opacando a la nube, yo con la noche sobre nuestras existencias me sentí libre, bailaríamos todos en compases rápidos, ritmos exacerbados, movimientos apasionados… ¡Noche!, ¡Noche negra, bésame!

Y el estupor frenó mi impulso de alteración que me sabía a eternidad: ¿y el naranjo?, ¿y el verde?, ¿y el color regalado del sol?

¡Cielo, únetenos!

Pero el cielo ya había disfrutado el orgasmo con esos instantes cortos, con su belleza fugaz, con el atardecer brevísimo… Nos dejaba al mar y a mí en soledad: nuestra juerga era demasiado prolongada y extenuante para él, demasiado tangible…

Yo era el exceso. Él la sutileza.

Y comprendí por qué estaba admirando sola las eternidades.

sábado, julio 07, 2007

Mi vecino, el gigante

Yo vivía cerca de un gigante. Era mi vecino. Era tan grande y hermoso que cada vez que nos topábamos yo me obligaba a mantener mi cabeza gacha para no admirarlo; y cada vez que en su ausencia su nombre pretendía volverse suspiro, yo lo obligaba a no ser más que un conjunto de letras, letras grandes, pues era un gigante, pero sólo letras.

Los humanos somos seres de costumbre, y yo condicioné mi cerebro para abortar cada reflexión acerca del gigante que me constaba sería mi sonrisa permanente, pero yo era humana y él gigante, mi sonrisa era demasiado pequeña para provocar la de él, así que me prohibí pensar que podría ser sonrisa, era gigante, mi vecino, nada más. No lo amaba, nunca me permití el tiempo suficiente para terminar de enumerar sus virtudes y hacer irreversible mi profunda e inútil entrega. Así que nunca lo amé. Era tal vez demasiado grande para mí, y por eso me contenté pensando que seres igualmente grandiosos serían sonrisa para él.

A veces compartíamos un rato, y me otorgaba sus oídos cortésmente, que yo sabía no escuchaban mis palabras, y me dirigía sus ojos benevolentes, que yo sabía no veían mi figura, y me ayudaba dispuesto con sus manos, que yo sabía no me sentían, y me regalaba sus gestos, que yo sabía no tenían intención.

A veces compartíamos un rato, hablábamos de lo lindas que estaban creciendo las frutillas, de lo difíciles que estaban los tiempos bajo nuestro sol de cuento… Él me decía que comer honguitos era despreciable porque uno podía morir envenenado, y yo habría dejado de hacerlo por darle en el gusto y hacer que sus altos ojos brillaran más aún, pero, ¿realmente cambiaría en algo nuestra situación? ¿Realmente si yo no comiera honguitos habría bajado su ángulo recto de visión para verme viéndome? Otras veces él me contaba sus sueños magnánimos, sus aspiraciones gigantes, y yo quedaba deslumbrada, no podía más que confirmarle que las cumpliría, pero como enorme era todo en él, titánicas eran sus frustraciones y desilusiones… Yo trataba de consolarlo, de explicarle que la naturaleza de mi especie era muy lejana a su gigante corazón noble, pero nada mío surtía efecto en él, como nada suyo permitía yo que surtiera embrujo en mí.

En una de esas conversaciones que teníamos sólo por tenerlas y sin dejar que ninguna palabra pesara más de lo que el aire requería, me contó que se había enamorado de Pulgarcita. Gigante amaba a Pulgarcita. Y yo desesperé.

Mis brazos eran más largos que los de ella y podrían darle abrazos más apretados; mis labios eran más gruesos que los de ella y podrían en los suyos parecer un roce al menos; mi voz podría gritar más fuerte un te amo; mis piernas más grandes podrían caminar más distancias junto a él; mis manos más extensas podrían secar más lágrimas desconsoladas; mis sueños eran más idealistas que los de ella y podrían parecerse más a los de él… Yo desesperaba.

¡Pero Gigante! ¿Cómo es posible? ¡Tú mereces alguien mejor, alguien a tu alta altura! ¡Pero Gigante! ¿Qué has visto en ella? ¿Cómo la has podido ver, si es tan diminuta? ¡Pero Gigante! ¡Dime por qué! ¡Pero Gigante! ¿Realmente crees que con su pequeñez podrá satisfacer tu vida? Al menos yo podré satisfacer la suya, me dijo; y yo callé.

Mi gigante sonreía. Pulgarcita era su sonrisa.
Y el gigante realizó gigantes actos y conquistó el pequeño corazón de Pulgarcita. Y yo volví a mantener mi cabeza gacha en su presencia y seguí no amando al gigante porque continué en mi acto reflejo de desplazarlo de mi mente cada vez que sus virtudes se asomaran. Y el gigante se quedó con Pulgarcita. Y yo me quedé aquí, dejando a los gigantes para las fantasías y odiando a las pulgarcitas que admiro. Y yo me quedé aquí, todavía sin amar, pero ya conciente de que para mí sólo existen los humanos, nada más que humanos, corrientes, tamaño normal, como yo, una más, de igual a igual.

jueves, junio 28, 2007

La observación

Ella los observa a todos y yo la observo a ella.
Noto cómo sus pupilas se mueven decididamente
a un extremo y otro de su cavidad ocular,
cree no ser percibida percibiendo a otros,
pero yo la percibo.

Es tan delgada,
su cuerpo toda una misma línea gris uniformada,
Liceo veintisiete creo leer,
pero su pelo también lineal puede confundirme los números al caer gravitatoriamente sobre ellos.
Liceo veintiuno tal vez.

Como si no creyera suficiente su estrechez de existencia,
no cambió sus ropas grises para apoyarse junto al gris muro
y desde allí, camuflada, escondida, espiante,
observarlos a todos, analizarlos a todos,
extirparles a cada uno sus virtudes y llevárselas en esos ojos que las convertirán en personajes perfectos e irreales de su cuento,
de su cuadro, de su canción...
no sé.

Y los observa y les despoja,
y la observo y juzgo.
¡Ladrona, ladrona! ¡Arréstenla!
¡Se las lleva, se las quita!
¡Ahí está! ¿Qué no la ven?
¡Que las devuelva! ¡Las lleva en sus ojos!
Ahí las esconde ahora, pero sólo por ahora,
porque después las publicará en alguna cosa que ella llame creación
y obligará a los usurpados a pegar derechos de autor
por sentirse identificados con sus propias virtudes,
historias, vestimentas, gestos, ¡vidas!
¡Quítenselas, que se las lleva!

Estúpidos...
Bueno, ignórenla y confúndanla con la pared si quieren,
omítanla, después se verán aplaudiéndola.

Su disfraz para mí es demasiado evidente
y sus ojos ladrones excesivamente descarados,
no la perdono.

Tú los observas a ellos,
y no sabes que así mismo te observo yo.
Aunque estemos en una estación de buses
a mí no se me hace normal que permanezca esa mochila a tus pies.
¿Por qué no la usas?
¿Por qué no te vales de su contenido?
Porque prefieres esos colores que te brinda el Liceo veintiuno
o veintisiete, u once o dieciséis
y que te hacen anónima.
¿Por qué muerdes tus uñas?
¿Por qué las reduces a muñones y las ingieres despreocupadamente?
Porque alimentándote de ellas conservarás esa delgadez
rectilínea y grosera,
vomitiva y reptílica
y que te hace anónima.

Dejas de observarlos a todos
y yo no renuncio a observarte a ti.
Finges ver la hora,
finges chequear tu pasajes,
finges preocuparte por los horarios de salida exhibidos,
pero finges.
Insistes en comer tus uñas y poco a poco te volteas,
me das la espalda.
Pretendes hacer cualquier cosa menos algo premeditado
y yo sé que recurres a tácticas sutiles para parecer
estar espontáneamente ocupada,
yo lo sé:
yo las ocupo.

No observas a nadie, y,
porque has tomado tu mochila y me has huido, ladrona,
yo no te observo a ti.
Sin embargo aquí me quedo escribiéndote,
robándote.
Eres mía.

Yo te observé.

martes, octubre 10, 2006

Yo le escribo a un hombre

Yo le escribo a un hombre.

Yo le escribo a un hombre que conocí mediante la palabra, que se dibujó con mayúsculas y tildes bien puestos, que me hizo saber su pensar con adecuadas comas y su sentir con vocablos simples en declaraciones rebuscadas. A este hombre al que le escribo lo conozco perfectamente, él se ha abierto como un libro -ya he dicho que lo conocí mediante la palabra-, un libro del que poseo la primera edición y el único ejemplar. ¡Oh, libro mío, he de leerte hasta memorizar cada página, cada párrafo! Mas no sus versos, porque este libro no rima, este hombre no es un cursi poeta, este ejemplar denuncia con la palabra, se denuncia, y así es como lo he conocido de manera tan acabada, el lenguaje guarda los secretos -el cuerpo no- Y YO SÉ LEER.

Yo le escribo a un hombre, hombre-libro, hombre-no-poeta, hombre-confesor, confesor que confiesa sus deseos y pecados tal vez mintiendo y de nuevo pecando, todavía deseando -¿deseándoME?-. Confesor que me confiesa, que me extrae la verdad, que me obliga a confesar, sin jamás pedirme que lo haga, sin nunca ofrecerme una salvación y un perdón, sin la mínima insinuación de una promesa al paraíso y la gloria… sin haber yo pecado… podría inventar que lo he hecho, podría fabricar infracciones a los diez mandamientos, podría realmente cometerlas… y él sería mi confesor y yo quien se confiesa y tendríamos una relación.

Yo le escribo a un hombre, un hombre-libro, hombre-único-ejemplar, hombre, hombre, la palabra, la palabra, te la leo, te recito, tus vocablos suenan tan bien en mi voz, pero no son ninguna música; tus vocablos se modulan tan bien en mi boca, pero no son ningún beso -¿besaME?-.

Yo le escribo a un hombre que conozco a la perfección, más que a la palma de mi mano, pues nunca he analizado mi mano, nunca he entendido tal dicho y siempre me ha preocupado el que exista gente que invierte su tiempo en memorizar el recorrido de los pliegues de su piel, los colores de las venas, la posición de los lunares que tal vez hay… es preocupante tal inversión… no han de ser hombres de negocios, y yo le escribo a un hombre que conocí mediante la palabra y a la perfección. Sé exactamente qué frases susurradas en su oído harían existir su voz; sé exactamente qué silencios gatillarían el gorgotear de literatura en sus manos; sé exactamente qué finales harían ver arte en sus ojos y sé cómo hacerlo olvidar que el arte importa. ¡Olvídate, hombre! ¡Olvídalo todo! ¡Olvida la prudencia, la adecuación, la coherencia, la cohesión! Olvida el arte de vivir y seré tu cultura. Olvida que hay que cuidar los sueños para no despertarlos y seré tu realidad. La palabra es hermosa, es infinita, inmortal, y tú también lo eres porque te conocí mediante la palabra y el medio te forma y terminas siendo el medio y eres hermoso, eres infinito, inmortal, eres palabra, por eso te ruego que la olvides pues no puedo hacerle el amor a una letra, masturbar un texto, amar una abstracción, asumir que eres una idea… Olvida y yo aprenderé otras cosas sobre ti, juro aprender a la perfección, como siempre… aprenderé con qué frecuencia respiras, aprenderé si mientras besas miras, aprenderé a reconocer tus mentiras, aprenderé la temperatura que soporta tu cuerpo antes de sacarse la ropa, aprenderé si tiemblas cuando tocas, aprenderé cómo me mojas, aprenderé cuánto escuchas de lo que hablo, aprenderé a montarme en el orgasmo, en tu regalo… Aprenderé si tu palabra se parece a tu ser.

Yo le escribo a un hombre bello que no deja oraciones inconclusas, dispara siempre un punto final… yo gusto de los tres suspensivos y no sé distinguir bien cuándo él pretendió un aparte…

Yo le escribo a un hombre que inventó un nuevo amor, inventó una nueva manera de amar, plagió un sentimiento ya existente, lo deformó, lo monstruoficó y lo encontré bello y lo amé. Es un amor original. Es un amor exasperante. Es un amor ligero, liviano, se lleva como un collar al cuello y todos perciben que te adorna mas no ven el ornamento -porque es inventado, porque es nuevo-. Es un amor lindo como una joya, inútil como una joya, duradero como el metal más noble pero sin su valor. Este amor es como un niño, tan liviano, tan frágil, que con sus colores nuevos, sus olores recientes, sus imágenes primeras, su belleza virginal brinca flotando con delicadeza al lado de nuestra vida, sin envejecer… también sin madurar. Se desliza a nuestro lado, nos hace reír con sus juegos, con sus travesuras demasiado infantiles para ser dañinas… para ser tomadas en serio… Este niño nuestro a veces se come toda su comida y se hace fuerte, quiere ser grande, hacer cosas de grande, y se desespera cuando nosotros, sus papis, le hacemos ver que aún no puede aspirar a tanto, que es muy pequeño, que se puede lastimar -su papá más que nada-. Y este niño, que es nuestro amor, se taima, patalea, ¡yo quiero, papá!, ¡yo quiero ser grande!, ¡no me trates como un pendejo porque no lo soy! Y en ese momento se da cuenta que sí lo es, porque esa palabra tan brusca, tan obscena no cabe en su boquita nueva… tampoco la palabra sexo… Y nuestro amor es un niño, y yo le escribo a un hombre -¿amaME?-.

Yo le escribo a un hombre que inventó un nuevo mecanismo de amor, un amor que se parece a un niño sutil; sin embargo, a veces deja de ser niño para mutar en oso, conservando su inocencia y ternura, adquiriendo su imponente majestuosidad. Este amor se me hace oso, y sé que al hombre a quien le escribo no le ofenderá la comparación, hay quienes emiten analogías con flores, atardeceres y otras bellezas obvias, no obstante, él no me juzgará en mi figura literaria porque al hombre el que le escribo es un hombre-no-poeta… no requiere cacofonías para ser poema, para ser arte, pero ya manoseé ese punto y acordamos olvidarle, olvidar el arte y sus derivados -¿manoseaME?-.

¡En fin! ¡Yo le escribo a un hombre! Yo le escribo a un hombre que fabricó sin intención conciente otro amor, y yo digo que ese amor se me hace un oso. Oso majestuoso, imponente, digno de respeto; nuestro amor es un invento, es nuevo, lo que no exime la solemnidad. Este oso no se toma a la ligera -aunque camine ligero-, cuando el hombre al que le escribo y yo nos congregamos en la palabra confesando, sin necesidad de advertencias, asumimos que es un acto serio. Serio y bello. ¡Qué lindos son los osos! Oso fuerte, desde nacido posee la potencia para derribar realidades -cosa que no hará hasta que lo estime absolutamente necesario-, y la conserva a medida que crecen sus pelos. Existen otros osos, pero cuando éste abandona su cueva, cuando desiste de invernar, todos los otros son restados, despojados, de su importancia… Simplemente este oso es más fuerte; simplemente su pelaje nos sume más en admiración; simplemente su natural magnitud amenaza con vencer al depredador -y al par si fuera imprescindible- y se confunde otra vez con el niño rebelde que quiere, que se impone, que te hace creer que puede, que puede, y tal vez podría, pero vuelve a ser oso y vemos cómo ruge, sin alcanzar a oír su rugido… sin alcanzar a ver si hubiera podido… Oso que inverna sin que se haga invierno, oso que se guarda en su cueva entre cordilleras y el hielo lo conserva, pero no hace frío, pero no es invierno, y el oso sigue siendo oso y el oso es nuestro amor. Oso que inverna, sin esperar una estación determinada para despertar, los rayos del sol y las gotas de la nube lo tientan por igual. Oso temporero que ruges sin sonido y con majestuosidad para luego desaparecer en tu albergue. Oso que inverna, oso temporero, oso desaparecido, y aún así, no te extraño. Este oso se autoexilia de nuestras vidas sin drama, sin pena ni gloria, sin lágrima, para invernar tiernamente, sin congelarse hasta la muerte y sin darnos la sensación de que ya no está, aunque ya no esté, sin volcarnos en la nostalgia de la ausencia… y vuelve a ser niño, porque así pasa con los niños, antes de nacer no se extrañan, no se aman, la familia se conforma por dos, un tú y un yo, y cada tú y cada yo lucha por el bien común. Pero la alegría de los progenitores al nacer el niño, es como la alegría de toparse con la existencia de la palabra… Y la desilusión al no leer lo deseado, como la pena de que el hijo no sea del sexo esperado.

Yo le escribo a un hombre, y recuerdo que, de hecho, es hombre, no oso a quien no poderle hacer entender, no niño a quien tener que entender, sino hombre, ¡hombre! Hay hombres que han inventado aviones para conquistar un sueño, Hitler casi eliminó una raza en pro de su sueño, Martin Lutter King movió masas porque tenía un sueño, y este hombre me regala un amor inventado, un amor niño, un amor oso y palabras… ¿por qué no me regala, simplemente, amor? Entonces es cuando sufro y me sumerjo en decepción y frustración: no estoy entre sus sueños. Por eso no ha inventado un avión, ni eliminado una cordillera, ni movido masas: no soy uno de sus sueños. Tal vez, cuando se topa con mis palabras, ingenuamente piensa que sí soy uno, me lo cuenta, me lo explica… ¡Pobrecito!, no se da cuenta, mientras me lee, que no soy sueño, soy fantasía… ¡Pobrecita!, no me quiero dar cuenta, que mientras mis palabras no se le escriben, son otras sus sueños, con otras cumple fantasías…

Yo le escribo a un hombre. Yo le escribo a un hombre… porque eso es todo lo que le puedo hacer.



05/01/06